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sábado, 19 de marzo de 2011
El Eternauta y los Ellos: Un atajo desde la transferencia erótica a la resistencia simbólica
(Este ensayito tiene ya como cinco años durmiendo entre mis archivos)
ELLAS
Sorprende algún filósofo de la historieta al descubrir que esas mujeres perfectas del cómic norteamericano, del tipo Marvel, han resultado ser un reclamo erótico menos seguro que las cándidas muñecas del Manga o el Animé japonés. Estas chicas que eran para los artistas japoneses la imagen estilizada de la mujer occidental, de ojos gigantescos, invariablemente brillantes, capaces de meter penes gigantescos en sus diminutas bocas ganaron la batalla del deseo, dice nuestro anónimo intelectual, a sus competidoras americanas. La respuesta a esta sorpresa es bastante sencilla, sin embargo.
Las heroínas norteamericanas son siempre bellezas conflictivas, histéricas y manifiestamente predispuestas a tener problemas con sus amantes, incluso en los casos poco frecuentes en los que están dispuestas a realizar actos de índole aproximadamente sexual. Por su perturbada idiosincrasia se las intuye ajenas al hombre ordinario. Nos referimos a ese hombre arquetípico que redondea con paciencia su estómago a fuerza de estarse horas sin hacer nada salvo ingerir con pulso cervecero sucedáneos de alimentos pletóricos de grasas saturadas ocultas detrás de densos sabores azucarados, capaces incluso de ahogar el buen gusto del chocolate espeso; o acaso se atiborre de sustitutos salados de auténticos nutrimentos, capaces de hacer sentirse sosa a la mujer de Lot.
Así ve ese hombre ilusorio y real a la vez a la heroína de trajes ajustados: admirables, sin sonreír excepto cuando torcidamente expresan una ironía en sus rostros de ángulos trazados esmeradamente. A pesar de su belleza, sabemos que no son “Barbies” de hueca identidad: su cruel pasado las condena a refulgir en una demente incapacidad de ser felices. Comprendemos que pronto utilizarán su fuerza y sus poderes para la violencia, para la venganza, para la ira justiciera. En esencia, no se diferencian de sus enemigas o rivales, deben cargar con el masivo retorcimiento de su propio espíritu.
Sólo son heroínas y no malvadas gracias a la virtud de una narración tan simple que le basta con representar más intensamente las emociones de un bando para que creamos que ese es el lado bueno. Lo mismo nos pasa con los amigos, cuando hablan mal de la novia que los acaba de plantar: consideramos que tienen razón, pero es que sólo escuchamos esa voz del relato. La excepción a esta regla se presenta cuando hemos deseado a su ex novia con demasiada insistencia o cuando somos parte críptica de la ruptura.
En definitiva, las súper-heroínas no nos prometen nunca que las veremos sin esos trajes que marcan las curvas de una forma tan prodigiosa (curvas que no declinan ni estorban ni siquiera en el momento álgido de la batalla, que son inmunes al uso de esteroides y a la gravedad). Lo que nos aseguran es que sufriremos por ellas terriblemente, aun en el caso en que consintieran acostarse con nosotros.
Sufriremos porque planearán venganzas mientras intentamos quitarles la ropa que es en realidad parte de su cuerpo. Sufriremos porque resultarán ser frígidas, sin orgasmos, masoquistas o sádicas. Sufriremos porque serán letalmente pasivas en el mejor de los casos, y serán tan firmes en su dignidad que no se rebajarán a lamer los elementos de tamaño estándar que tenemos para ofrecer. Por el contrario, las muñecas de historietas orientales, que han vislumbrado la demencial obsesión por las curvas femeninas, nos dan exactamente lo que necesitamos: gritan de placer ante cualquier penecillo valiente que las mime un poco; se hamacan salvajemente pero con precisión y delicadeza; no pierden el tiempo planificando el porvenir ni resintiéndose por el pasado. Hacen, en una palabra, exactamente lo que nos gusta. Mejor dicho, lo que nos gustaría que fuera el molde de la vida sexual.
Nos gustan esas graciosas ninfomaníacas porque, admitámoslo, pese al glamoroso empuje de la perfección realista y de la imaginación seudo-perversa, la mayor parte de nosotros prefiere el sexo normal y sin grandes conflictos. Cantidad efectiva, y no una calidad imaginaria, es lo que nos tendría contentos. Las sadomasoquistas tendrán que buscar a sus amantes entre gente menos razonable que nosotros, los especímenes promedio.
Las chicas de las historietas japonesas no tienen súper-poderes, ninguno de los cuales suele ser muy útil en la cama, pero tienen indudablemente magia. ¿Cómo sería posible, de otra forma, que esas camisas de colegiala de corte algo recto y nada sugerentes escondan unos pechos descomunales que, además, desafían la gravedad sin necesidad de un traje de neopreno?
Eso en lo que al imperio de los sentidos se refiere, porque todavía más sorprendente es su inacabable energía y su vocación por efectuar a conciencia largas y definitivas sesiones de sexo oral, cuando es bien sabido que, en general, tales prácticas son más bien parte del juego amoroso que del placer en sí mismo. Pero, aunque en esas ocasiones no pueden gritar, nuestras muñecas parecen sentir el mismo placer al dar que al recibir y están, gracias a ello, siempre en el perfecto equilibrio del amor carnal desde el punto de vista del amante tranquilo.
La súper-heroína anda siempre metida en problemas, perseguida por su pasado, incapaz de decidir si prefiere a ese bienhechor de la humanidad, que la adora sinceramente en un silencio algo idiota, o a ese bandido que la desea hasta el asco y el odio, creyendo que la venera también. Nunca tendrá tiempo para nosotros. La chica Manga, en cambio, es esa jovencita deseosa de aprender, esa enfermera solícita, esa amiguita que tiene amiguitas que también quieren jugar con nosotros, esa secretaria aburrida y necesitada de aventuras pasionales. Nunca pensará en otra cosa que no sea en nuestra satisfacción.
¿Qué les pasa, a unas y a otras, para que adopten posturas tan diferentes? Y no nos referimos (sólo) a posturas amatorias sino, de forma más abstracta, a la postura que se toma ante la existencia en general y ante la vida erótica en particular. El problema está, sencillamente, en que han sido creadas para seres diferentes. Las heroínas son el reflejo de los héroes de acción, de las fantasías literarias con que se envuelven. Han sido creadas para ser compañeras de aventura, no de cama. Las chicas de ojos grandes, por su parte, son simplemente la expresión gráfica, artística, egocéntrica y sincera de los deseos de los hombres normalmente libidinosos de este mundo.
No es que queramos esclavas sexuales, sólo queremos el sexo tal como lo soñamos. Y nadie debe sorprenderse ni exclamar diatribas contra el machismo, porque el cómic erótico, o que juega con el erotismo, simplemente se dirige a esa porción de la población masculina que siente que su vida erótica es difícil, y que desearía que no lo fuera. Contrariamente al aura nefasta que rodea al consumidor de pornografía, recurrir al cómic erótico de forma habitual puede considerarse prácticamente un signo de sensibilidad hacia el disfrute acomodado y fácil. No es un motivo de orgullo, pero no parece que deba considerarse el noveno pecado capital (les dejo que averigüen ustedes cual es el octavo).
No se trata de desvalorizar o subyugar a la mujer, porque nos estamos refiriendo siempre a imágenes y representaciones gráficas; se trata de disfrutar de su belleza. Y si este disfrute es algo egoísta, eso es el resultado de ser una expresión sincera de las fantasías del autor y del consumidor. Pero no son fantasías que pretendan proyectarse al mundo, sólo compensan su impiadosa intransigencia frente a nuestros muy humanos deseos.
Es bastante evidente que, en la vida real, las cosas deben negociarse, hacerse parte de un consenso, debe haber renuncias y ofrecimientos, concesiones amorosas y sentimentales. En resumidas cuentas, se trata de alternar “Me gustaría hacerlo así” con “¿Cómo te gusta hacerlo?”. La obsecuencia de las chicas Manga es satisfactoria porque, precisamente, ni siquiera debemos someter nuestros deseos a consideración: como queremos hacerlo nosotros es como les gusta y se hace, y, además, con mágico beneficio mutuo, lo cual colabora a elevar nuestra autoestima deprimida por una existencia alienante y una autoconsciencia de devastadora sinceridad. Pero con las chicas Manga, como en el paraíso musulmán, no hay celos, reproches, hermanos vengativos, paseos inútiles, cenas caras. No hay concepciones ni necesidad de utilizar condones, porque no puede haber cosa más triste que una fantasía erótica que precise profilaxis. Sólo hay gratificante y natural sexo.
En cambio las heroínas... ¿Qué les pasa? Son tan hermosas que ni siquiera podemos soñar mujeres así. El artista debe crearlas a partir de parámetros precisos de lo que es hermoso y de lo que es mujer en el sentido más depurado de su expresión estética. Pero no debemos ensañarnos inútilmente, pues la cosa ya no tiene remedio. El problema no está en las heroínas. Ellas están bien (o lo estarán después de veinte años de psicoterapia). El problema lo tienen los Ellos.
ELLOS
El cómic Manga de aventuras se diferencia categóricamente de su par erótico. Ha hecho maravillas con el rápido discurrir de la sangre, con la tensión que desencaja los rostros, con el brillo de las espadas contra los fondos oscuros y nebulosos de las historias fantásticas donde el destino juega, en una contradicción casi siempre bien encubierta, una función tan importante como la destreza y el valor. Pero se trata, en definitiva, de un mundo muy diferente al del cómic erótico y sus heroínas femeninas no suelen tener el carisma de las heroínas norteamericanas.
Denunciada la naturaleza relativa de su existencia, su entidad referida a los héroes masculinos de acción, debemos en este contexto comprender la naturaleza social del cómic tal como lo conoció la segunda mitad del siglo XX. Porque nos enfrentamos aquí con un hecho sociológico que sacude los cimientos mismos de la filosofía de la historieta. Pocas actividades adultas son tan marcadamente masculinas, al menos hasta mi generación, como la fascinación por esa rama mixta del arte que combina literatura con dibujo, con pintura, con cine y con fotografía y cuyos productos han sido marginados incluso después de que la estética del cómic penetrara en las salas de arte a través de la pintura pop. El cómic y su multitud de vecinos estéticos es quizá por antonomasia el arte de las clases medias. En él se muestra lo que los sectores medios de las sociedades contemporáneas desean y sueñan.
Naturalmente que tanto niños como niñas suelen ser afectos a ciertas historietas, pero no se expresa en uno y otro sexo la misma fidelidad posterior hacia el cómic. Puede que se trate de un problema educativo o de una falta de demanda, pero lo que parece cierto es que a partir de la pubertad la proporción de varones afectos al cómic es abrumadora. Aunque carecemos de datos, también en el mundo creciente y avasallador de los videojuegos el sexo masculino parece estar más representado y no porque los departamentos de mercadotecnia no intenten ganar el mercado femenino.
Es lógico entonces que, cuando esa juventud crece y comienza a necesitar otro tipo de tratamiento para su mundo erótico interior, aparezcan productos que intenten ocupar ese nicho dejado por las dificultosas relaciones humanas, a las que la vida moderna ha obligado, con sus usos y costumbres, a mantener a la gente menos sexualmente satisfecha de lo que se desearía. Con todo, aun si la tendencia de la supremacía masculina en este campo se debilitara en las próximas décadas ello no invalidaría las reflexiones a las que someteremos al cómic, pues nos basamos en su historia y en sus hechos, y no en sus perspectivas de futuro, opacadas por las nuevas tecnologías que ya han derribado de su altar a los dibujos animados y las historias fantásticas que presidieron y decidieron la infancia de muchos de nosotros.
El cómic no ha nacido, seguramente, para restablecer el equilibrio erótico en los hombres necesitados de amor carnal. Pero su auge se ha manifestado directamente relacionado con estas necesidades, aunque de un modo encubierto. Los súper-héroes tradicionales, ya fueran destinados a su oficio por nacimiento (el arquetipo es Superman) o como producto de un trauma infantil (el arquetipo es Batman), comparten su destino de relativa soledad, de angustia vital pero, al mismo tiempo, cuentan para resolverla con habilidades o capacidades completamente ajenas a las que los lectores del cómic pueden tener. Que persigan, en cada caso, la justicia o la venganza (o la venganza disfrazada de justicia), resulta ser secundario. Lo importante es que representan en sus capacidades y en sus acciones la potencialidad del lector para disolver las propias contradicciones y, entre ellas, su posibilidad de ubicarse como objeto de deseo carnal, lo cual no está exento, en todo caso, de cierto carácter voyeur homo-erótico.
No hay superhéroe norteamericano que se precie que sea capaz de mantener una relación amorosa decente con una chica normal. Siempre le echan la culpa a su trabajo, ¡como si los súper-villanos abundaran! Por cierto que, por alguna razón, esos villanos de turno suelen tener algún mágico carácter afrodisíaco, que contrasta fuertemente con la naturaleza solitaria de sus castigadores. Es una velada afirmación de la moral puritana: los malos adoran el hedonista amor carnal, múltiple, sensual, mientras que el bien persigue incansable un amor ideal tan exaltado que sus culpas o problemas cotidianos parecen alejarlos de su posibilidad real. Esto es igualmente válido para los héroes oficiales de Norteamérica, que se caracterizan por portar en sus trajes a la bandera tricolor (Superman, la Mujer Maravilla. el Capitán América), como a los ocultos superhéroes que son también prófugos de la justicia ordinaria, y hacen el bien por las carencias de ésta o contra el gusto de ésta (Batman o el Hombre Araña, por ejemplo). Son, como advierte claramente el lector inteligente, auténticos ejércitos paramilitares de una sola pieza, la última línea de defensa del statu quo, los defensores del orden imaginario. Porque esa es la característica que imprimen con su sello los héroes norteamericanos del cómic: los superpoderes, la excepción, lo diferente, lo inusual, se encuentran al servicio de la normalidad, de la plácida corriente del tiempo fuera de todo cambio, del conservadurismo casi rural, casi medieval, casi obsceno, enclavado en cualquier gran ciudad o pequeño pueblo de los Estados Unidos.
También el cine de acción repite hasta el hartazgo esta letanía: hacen falta los desviados, pero sólo para que todo siga igual. Sí, son los superhéroes. Y de tal costilla, tal mujer. Los cuerpos esculturales no son otra cosa, en posesión de unas mentes pervertidas por el modelo de héroe-padre, que el contrapunto de la también modélica mujer media. Son ajenas a la familia ordenada, al descanso dominical y al coito unitario del sábado a la noche. Al mismo tiempo, las personas normales sólo tienen permiso para salir de su molde cuando algún enemigo ataca su forma de vida, un enemigo siempre exótico al onírico idilio estadounidense con su imagen de América. Si eso no ocurre, sólo servir al sistema cumpliendo su rol en la sociedad bien ordenada es tolerable, aunque esa misma sociedad sea cada vez más injusta y peligrosa para sus propios habitantes. Borges retrató las Crónicas Marcianas de Bradbury con encomiástica mordacidad al afirmar que, a través del relato de la conquista de Marte (que, a su vez, rememora otra impiadosa y muy real conquista), las Crónicas saben contagiar ese reverso atroz del sueño norteamericano que es su tedio.
ARQUETIPOS
Según surge del análisis previo, los superhéroes y sus acompañantes femeninas son agentes encubiertos de un conservadurismo radical. Pero este arquetipo no puede aplicarse a otros universos sociales. Por supuesto que la gran escuela norteamericana ha dejado profundas huellas estilísticas, tanto en lo visual como en lo narrativo, en todas las corrientes del cómic mundial. Su detallado sentido del movimiento y la forma tensa de la acción, por ejemplo, ha encontrado símiles e imitadores en todas partes, y no sin justicia. En boca de “El Cazador de Aventuras”: “¡Están bien dibujado, forro!” (Sic).
Pero anotemos aquí nuestro interés por aquellos que han resultado diferentes. En el gran cómic de acción japonés, por ejemplo, también se rinde culto a la fantasía heroica, pero se permite el lujo de acompañar a los héroes con viscerales cambios en el mundo. Detallados abismos de decadencia moral y fisiológica, con proliferaciones volcánicas de mutantes y monstruos, acompañan a las aventuras, rememorando la edad de oro de la ciencia-ficción. Es, sobre todo, un cómic en el que el héroe debe reconducir al mundo a una nueva normalidad, ya que la antigua, que el héroe norteamericano sólo debía preservar del cambio, ha sufrido daños profundos, que amenazan siempre con ser definitivos.
El superhéroe japonés, el mutante capaz de alterar el propio universo, el amo del destino, lejos de conservar un orden naturalizado, reconstituye el orden perdido sin conseguirlo nunca realmente. Es también un conservador, pero un conservador de lo pasado, un reaccionario. La forma de lo ideal se ha transferido a un incierto tiempo pretérito que para Superman era el presente de Metrópolis. La experiencia post-atómica quizá explique parcialmente esta singularidad.
De los dos tipos de héroes hallamos en el cómic europeo, pero nos concentraremos en un nuevo espécimen particular pues resultará ser un singular representante de una cautivadora realidad ideológica. Debe mencionarse sucintamente otra singularidad. El cómic conservador obliga a la reiteración, a la recurrencia, al tópico y, consecuentemente, a la irresolución. En términos narrativos esto se refleja en la composición de episodios que se calcan y reproducen. Es sencillo: si un villano desaparece derrotado –aunque generalmente se resisten a morir– debe aparecer otro, pues de otra forma el superhéroe, consumido por la cotidiana belleza de la vida norteamericana, debería jubilarse sin más. Cambian los poderes propios y ajenos, cambian los decorados, pero es una constante espiral que, bien mirada, sólo traza un círculo. Por eso también los superhéroes decaen y resucitan en cada generación: deben llenar las mentes de los mismos niños, que se cansan de los mismos colores y aventuras y no comprenden que, si un año veneran a Batman y al siguiente al Hombre Araña, no han de hacer más que seguir mamando la blanca leche de la autocomplacencia imperial estadounidense.
En el cómic japonés las historias no sólo pueden terminar, sino que deben hacerlo. El guión general gana peso sobre el episodio, pero no por eso se supera la reiteración. En Europa se detectan los dos casos, donde la excepción es el tipo excelente y complejo, tanto en lo ideológico como en lo estilístico, que es Horus-Nikopol, héroe sin igual creado por la virtuosa mano de Enki Bilal. Anotemos en esta línea nuestra admiración por su exquisito dibujo ultrarrealista y su uso maravilloso del color, del pigmento puro asociando su fuerza a la lograda textura del matiz acerado.
Nikopol sí que es un héroe extraño. Es un tipo compasivo que persigue el bien social, que viene de un pasado mejor, que es su presente (y el nuestro) de los últimos años 80. Llega para enseñar al futuro como debe vivirse, aunque él mismo no lo tenga claro. No tiene superpoderes propios, los hereda oportunamente de un dios loco que desea gobernar el universo sin negociar con sus congéneres divinos y sin aceptar la jerarquía de la tradición. Nikopol es un crítico sometido al orden, Horus es su alter-ego revolucionario. Ambos quieren cambiar sus respectivos mundos, su alianza es obligada y contradictoria. El humano quiere el bien, el dios neurótico le obliga a hacer el mal (que es, no muy paradójicamente, el único camino para que los humanos conozcan el bien). El humano adora la vida humana, el dios voraz que lo posee comete uno tras otro homicidio innecesario. El humano no quiere poder político personal, el dios posesivo lo obliga a tomarlo. ¿Cómo soluciona Nikopol tanta tensión? Recita a Baudelaire hasta que cree perder la razón.
La “Trilogía Nikopol” (La Feria de los Inmortales, La Mujer Trampa y Frío Ecuador) expresa tres alternativas ideológicas. En la primera entrega Nikopol se enfrenta al fascismo con las últimas esperanzas del socialismo revolucionario. Vence, pero a costa de perder a su dios personal y, con él, la razón (imagen del sentido de la lucha). Los ideales son salvados por su hijo, un clon personal carente de su neurosis pero, también, carente de divinidad. En la segunda entrega recupera la razón (el sentido), justo en el momento en que el dios loco retorna al mundo. ¿Cuál es su nueva misión? Reencontrarse con él para volverlo más humano y, de paso, darse un bien merecido atracón sexual con enfermeras y periodistas. Su pesada pierna de acero, nuevamente, no es un impedimento, pues el dios que lo controla está allí para ayudarlo a soportar su peso. Hay menos sangre, menos conflictos políticos (es decir, hay menos conflictos políticos con sentido). El mundo real está así: el muro de Berlín ya ha caído y el imperio soviético ve el fin. En la última entrega Nikopol y el dios loco entran en conflicto, han perdido el camino y con él, nuevamente, la razón. Nikopol ya no quiere ni siquiera intentar cambiar el mundo: sólo destroza por casualidad a una mafia multinacional y a un pedante ajedrecista-boxeador, en una hermosa metáfora de la demencia que supone la búsqueda de la perfección. Su desazón se refleja en su hijo, que de líder político pasa a ser un exiliado, un apátrida y, lo que es peor, un sujeto triste y sin salida ideológica personal. Ambos cometen un par de asesinatos injustificados y sin verdadera intención. El dios loco, por su parte, renuncia también a la rebelión y decide rendirse a sus pares, abandonando a su socio mortal a la locura de no tener memoria ni muerte. Le queda el poder de los dioses, eso sí, y la solución que encuentra es destrozar todo lo que parezca organizado, retornar al confortable caos primigenio donde no hay sentido y, por lo tanto, no puede haber conflicto. Nikopol termina su aventura recitando nuevamente a Baudelaire y gozando de una mujer que lo confunde con su hijo. Éste último, por su parte, termina su aventura en el destino que empezó siendo el de su padre: permanecer congelado en el espacio exterior durante treinta años. Magnífica imagen del eterno retorno y de la insensatez.
Si el cómic norteamericano es conservador y el japonés restaurador del orden, la trilogía Nikopol expresa la rendición intelectual ante un orden que termina por imponerse: “Quisimos ser racionales y buenos; el mundo, irracional, nos obligó a ser malos. Quisimos construir un mundo mejor; debemos resignarnos a lo que nos toca”. Es también una lectura conservadora, como la yanqui, pero de coloración pesimista. Conoce la destrucción, pero termina por admitir que toda reconstrucción es una recaída en el mismo mal, el mismo fascismo o la misma opresión, la misma carencia de opciones, el mismo hastío, el esplín de vivir escapando hacia ningún lugar. Mejor es abandonar la política (y también a su ex compañera, embarazada y con problemas legales), volver al sexo con una mujer treinta años más joven y a la poesía condenatoria de la auto-conmiseración, esa muerte de Baudelaire que nunca es mero vacío, sino muerte cargada en forma barroca de los indicadores estéticos de la muerte: carroña, hedor, putrefacción.
Hemos recorrido entonces tres caminos para llegar al mismo lugar: el héroe existe para hacer que las cosas sigan como están, sean como deben ser o se queden así sin importar lo que opinemos de ellas. ¿No hay salida, entonces? No la hay. No hay ninguna salida para los ganadores que se resignan a triunfar, les parezca ello bueno, necesario o malo.
Sólo hay salida para los perdedores. Y no conocemos a otro que haya salido del mal trance que Juan Salvo, un fabricante de televisores al por menor que se vio transformado dos veces en el héroe más impresionante de todos los tiempos. No vive en Metrópolis, Nueva York, Ciudad Gótica ni París, no conoce El Cairo ni el Frío Ecuador. Vive en un suburbio de clase media de Buenos Aires, conoce a todos los vecinos. No tiene superpoderes, ni ambiciones espectaculares. Sus triunfos son casuales, aislados, puede decirse que banales: su mujer es valiente y hermosa y le tocan buenas manos cuando juega a las cartas. No tiene ningún dios ni un destino que lo guíe o que lo ayude; no tiene mucho dinero, y si lo tuviera, no le serviría. No tiene una identidad secreta (¡Para qué!). Pero tiene un seudónimo. Juan Salvo es, para siempre, el Eternauta.
EL RESISTENTE
El Eternauta compuesto por Oesterheld comparte un signo narrativo con el cómic japonés y con la serie Nikopol (indirectamente, también con Superman): su mundo ha sido destruido. Pero Juan Salvo no luchará para reconstruirlo. No es que no quiera, es que no puede. Se salva por casualidad del exterminio y sólo sobrevive gracias a su ingenio, a su habilidad con materiales y herramientas, gracias al coraje del cobarde que debe proteger a sus seres queridos y que no encuentra otra solución que ser valiente. Debido a la necesidad de preservar la vida de su familia consigue mantener la calma y no caer en la desesperación. Se debe a los conocimientos y al valor de la gente que encuentra en su experiencia de resistencia y hace de esa experiencia la resistencia misma. No puede vencer, sólo escapar de la derrota. No es más fuerte que otros hombres, ni más firme, ni más valiente, ni más humano. Los sobrevivirá sólo porque tiene suerte. Porque debe, no porque lo desee, resiste a la invasión.
Superman tiene sus superpoderes estelares y su traje de lujo technicolor; Batman sus millones bien habidos y sus aparatitos de interminables usos; los héroes del Manga sus poderes mutantes, sus “katanas” relucientes del mejor acero, su predestinación a la victoria final; Nikopol tiene su dios interior. Juan Salvo tiene un traje de tela engomada, una máscara antigás de la primera guerra mundial y un rifle calibre 22 con escasa munición. Esa, amigos míos, es la diferencia de ser un héroe en el tercer mundo. En la vida real, el Che tampoco tenía mucho más cuando llegó a Bolivia.
El mundo de los demás es mejor o peor, el de Juan Salvo desaparece. Los demás actúan, se resignan a actuar o se resignan a que la acción carezca de sentido. Él reacciona y resiste, lo pierde todo. De paso, en otro plano, digamos que los demás suelen tener colores, mientras que tanto Solano López como Brescia (dos estupendos artistas que trazaron el Eternauta) se conformaron con el blanco y negro.
Vemos a Superman y a Batman en las portadas, mirando hacia el frente, al enemigo que habrán de batir con ciega seguridad norteamericana, o cruzando los cielos ajenos a todo posible Vietnam; los demás héroes-paramilitares, como los japoneses, miran con furia a sus enemigos o a su destino. Nikopol, el atildado y triste Nikopol, nos mira, ya sonriendo, ya relajado, como si estuviera posando, como si la cosa esa de estar dominado por un dios paranoico en un mundo espantoso no tuviera nada que ver con él.
La impresionante portada dibujada por Bolillo para una reedición del Eternauta original, de 1957 (Ed. Record; 1998), nos muestra varios cuerpos caídos, asesinados por la nevada mortal; entre ellos hay una mujer con un bebé. No hay concesiones al melodrama fácil. En el centro está Juan Salvo (no recibirá su seudónimo hasta el final del relato), tiene su traje de parches, sus guantes fijados con cinta aislante. En la mano sostiene una palanqueta de hierro y la escopeta le cuelga a la espalda. Pero lo impresionante es su mirada. A través del visor de su máscara mira al cielo con una furia sin contener. Es la ira de quien no se somete al invasor, la cólera del perdedor ante su destino, la indignación del derrotado que pese a todo resiste. Esos son los sentimientos que nos atraviesa desde abajo. Porque nos vemos colocados en la posición del vencedor, y no nos gusta.
No somos ciegos. La segunda edición de la historieta, estilísticamente revolucionaria e ideológicamente combativa, se publicó en un medio conservador, ya en 1969. Pero por eso mismo fue denigrada por los lectores y directores de la publicación, recortada y finalmente anulada. Los dos últimos tercios de la trama quedan reducidos a tres escasas páginas. Esta abrogación delata la intolerancia ante la nueva propuesta, pero también destaca la denuncia encendida presente en el guión.
Dentro de la historieta nada es irreal, sólo hay hipérboles y alegorías. Constantemente se lucha con otros vencidos, con esclavos que no pueden dejar de obedecer maquinalmente. A veces es la dominación ideológica o tecnológica, otras, el puro miedo encarnado en la “Glándula del terror”. En alguna ocasión es tan sólo la estupidez lo que impulsa a los esbirros de un poder amplio y tenaz que no tiene nombre. Sólo son los “Ellos”, empujados por una compulsiva necesidad de dominar el Cosmos. De pronto, cuando no tenemos más opción que traducir la metáfora, se comprende que el Eternauta está luchando contra Ellos, pero unos Ellos que son conocidos en un Cosmos que es nuestro cosmos. Parecen venir del espacio exterior, pero han llegado desde el espacio interior. Sólo un lector de historietas acomodado en el primer mundo podría omitir esta evidencia.
En la primera versión no es tan explícito lo que ocurre, en la segunda es transparente. Una radio deja escapar la única noticia que tienen los supervivientes de la nevada mortal: “Traición inconcebible grandes potencias... Sudamérica entregada al invasor para salvarse... lucharemos igual...”. No es una metáfora, apenas un pleonasmo dotado de una leve transferencia simbólica: los Ellos no son otros, son las grandes potencias, son sus superhéroes conservadores o restauradores, incluso sus héroes “progresistas” resignados a su propio triunfo social.
Son inagotables los recursos para mostrar la destrucción y la desolación. No caben dudas de que la delgada capa de normalidad que cubría el pasado no sólo ha caído, sino que se ha convertido en cenizas. La nieve mortal inunda las calles de muertos (calles con nombre, muertos conocidos y queridos), lanza-rayos asolan la avenida General Paz, nubes tóxicas emponzoñan la cancha de River Plate, gigantescos Gurbos destruyen la zona de Palermo y Plaza Italia. Liberados por la muerte, los esclavos descubren la belleza perdida en una cafetera y cantan canciones de cuna. La resolución del argumento es igualmente significativa. La base invasora está frente al congreso de la nación: es la dominación política, que sigue al control militar, cuando lo militar es, en realidad, metáfora de lo social y lo económico.
Con sus limitados medios y argumentos, con su escasa esperanza, con su dolor sin límite que termina en la maldición de errar por la eternidad y la desmemoria, el Eternauta vuelve al inicio sin concedernos ninguna ventaja, como una funesta profecía bíblica: conocer el futuro sirve para ampliar la acción de nuestro dolor, no para mitigarlo ni mucho menos para prevenirlo. Lo que fue, será. Lo que será, será peor; mucho peor.
Juan Salvo termina por no tener memoria de su viaje por la eternidad, del cual, por lo demás, tampoco sabemos mucho. Se intuye que el nombre no es más que una promesa incumplida de “aventuras” convertidas en episodios clónicos “El Eternauta en Saturno”, “El Eternauta contra los veganos”, “¡Lucha en Palmax 3!”, que afortunadamente no han existido. Son aventuras cuya naturaleza degradante Sartre ya descubrió en La náusea, La trascendencia descedente y autodestructiva que Huxley encontró en la regente de una casa de monjas ursulinas. A veces hay que agradecer que ciertas cosas, increíblemente buenas, lleguen a su fin.
Porque tener un fin, aunque sea apresurado, contribuye a darles continuidad en la memoria y el respeto. En cuanto a la perfección: el cómic no ha nacido para la perfección estética, aunque en la segunda edición abundan las obras de arte, tanto en imágenes estáticas como en secuencias. Son particularmente impactantes las imágenes estáticas que componen secuencias emocionales: un gato muerto que cambia de escala pero no de perspectiva es una imagen de extraordinaria potencia emotiva. No vamos a mentir: hay en nuestra opinión cómics norteamericanos que dominan mejor la estrategia visual, la continuidad de la acción, el control de la forma y la perspectiva anatómica. Pero el Eternauta resiste, porque la resistencia es su contenido esencial.
Y ahí seguimos: frente a las grandes potencias y a sus supermanes; frente a los progresistas del primer mundo, tibia bondad europea que es siempre y sobre todo europeísta, que no consiguen hacer nada por evitar aplastarnos; frente a los fenómenos paramilitares que parecen acompañar el triunfo del conservadurismo radical. Nosotros, cada uno de los desterrados de la tierra, somos pequeños eternautas (como Juan Salvo es un hombre entre tantos, ni un Clark Kent ni un Bruce Wayne). En nuestras propias casas debemos encontrar los medios para la resistencia, sin confiar en milagros aunque un milagro, al fin, pueda llegar. Trabajando para que, en todo caso, el milagro no sea necesario. ¡Gloria al héroe tercermundista, al Eternauta, que ata con alambre y cinta aislante su futuro, que amontona provisiones y abandona a los suyos para pelear sin ganas contra un enemigo superior! Ese adversario invisible que cuenta con esbirros y sicarios en todas partes y ejércitos en la vanguardia y en la retaguardia, en el cielo y bajo tierra. Estando todo el espacio ocupado por el enemigo, no es extraño que el tiempo fuera para Juan Salvo la única vía de escape y que el único medio para recuperar lo perdido fuera retornar al pasado y olvidar su fatídico destino.
El Eternauta es, con todos sus defectos, nuestro auténtico héroe nacional. Nuestros demás personajes de historieta, cuando no son estancieros conservadores disfrazados de indios, son niñitos voladores o cosas por el estilo. Tenemos antihéroes mucho más patéticos todavía, vividores, borrachos y sexópatas, como el inolvidable Isidoro. Existen, claro, Mafalda, Matías, Inodoro Pereyra y otras grandísimas creaciones de la historieta argentina que emulan en sus pequeños reinos llenos de excelente humor la resistencia feroz del Eternauta. El humor gráfico, en general, ha sido bien desarrollado en Argentina, pero creo que el Eternauta es nuestro único héroe trágico significativo. No necesitamos más.
Y es que tenemos limitaciones. En el tercer mundo, un superhéroe no puede dejar de ser un traidor. Porque si el meteorito-pedacito de Kriptón que trajo a Superman hubiera caído en la Patagonia, al crecer no habría sido Clark Kent, periodista conservador, sino Amadeo Santos Sábalo, esquilador anarquista, y se habría convertido en la amenaza mayor al orden mundial en vez de ser su última línea de defensa. Nadie podría imaginar que Batman fuera miembro de las oligarquías locales, aristocracias satelitales y mezquinas incapaces de dar vuelo a sus buenas intenciones, que todo lo más llega a la triste caridad. Digamos de paso que el propio Hombre Murciélago es, de manera algo inverosímil, hijo de un médico, como Superman lo es de un granjero y el Hombre Araña un huérfano proveniente de una familia de clase media urbana. Provienen de estamentos inferiores pero advenedizos al verdadero poder. De hecho, a veces es patético como estos súper-hombres intentan congraciarse con los poderosos de turno. Por eso mismo, nunca debaten con el poder y se buscan enemigos entre los psicópatas de turno que, en el fondo, merecen algo de pena y consideración. En vez de tratamiento médico, el American dream les ofrece su propia psicopatía conservadora en forma de súper-represores paramilitares.
Ya lo hemos anticipado. Si no tuvieran súper-villanos, estos héroes tendrían demasiado en qué pensar. Atención entonces, que el malvado de turno, loco, anormal, monstruo, es la verdadera defensa ideológica del statu quo. Y, si no está él, invariablemente el héroe necesitará de la heroína (o atractiva villana) que convierta en un infierno su vida amorosa.
Cuanta riqueza en nuestro lenguaje cosmopolita. Los superhéroes serían aquí “cipayos”, es decir, hijos de la tierra consagrados en cuerpo y alma a luchar del lado de los opresores extranjeros; “tilingos” admiradores del oropel y la magia de “lo de afuera”; censores permanentes de nuestras costumbres e importadores de ideologías llenas de sometimiento y humillación.
Pero no Juan Salvo. Él no. Él no se rinde, no se entrega, no envidia. Su asombro ante la fuerza del invasor no consigue nunca hacerle olvidar que es su enemigo mortal. A menudo el malvado súper-villano norteamericano fue amigo del alma del superhéroe, es decir, su alter-ego, al menos cuando el propio paladín no es un esquizoide. Allí están Lex Luthor y las peligrosas amistades esquizofrénicas de Peter Parker, alias el Hombre-Araña, para probar el aserto.
Juan Salvo no. El no tiene tiempo para volverse loco ni para ajustar cuentas con su pasado personal. No podemos decir que forje su destino, ni que haga la historia de su pueblo. No tiene con qué hacerlo. Es uno de nosotros y una permanente advertencia: si no podemos evitar la invasión, al menos no tiremos todas esas viejas herramientas e ideas que pueden servirnos para resistir cuando llegue el momento de sacudirnos nuestra vulgaridad cotidiana y prepararnos para un combate que no buscamos, pero que se librará en nuestro propio patio.
martes, 15 de marzo de 2011
Sombra negra reflejada en el ojo de Godzilla
No. No me fumé ningún porro. Yo sé que el título parece material de fumata cannabiosa, pero no, estoy con la mente tan clara como de costumbre, salvo que me acordé algunos días tarde de escribir y hacer pública esta pequeña reflexión.
Por si no lo sabían, les cuento que un terremoto y un tsunami se tragaron medio Japón. Producto de mi aprendizaje del judo, siento un profundo respeto y particular cariño hacia la gente y la cultura japonesas. No es que me duelan más las muertes de desconocidos en Japón que en Sumatra, Sri Lanka, Libia o Chile, por lo que no quiero aparentar un tono sentimental que no es objeto de estas líneas. Por otra parte, tampoco quiero dejar la impresión de que me resultaron indiferentes esas imágenes y relatos pavorosos, y los silencios informativos todavía más pavorosos que se intuyen en el reverso de las noticias, silencios que denuncian terrores que algunos sectores de poder prefieren mantener ocultos.
Pero resulta que ahora sólo quiero hacer un comentario político acerca de un reflejo producido por la situación de Japón, no de la situación en sí misma, que no parece todavía material que yo pueda digerir sociológicamente. Para mis estudiantes poco avispados que puedan alguna vez leer este artículo diré que una casa arrancada de sus cimientos que va a la deriva sobre un campo sembrado con un automóvil en el techo NO es un ejemplo de hecho social.
Ocurrió lo siguiente. Horas después de la ola gigante aparece en la televisión el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, quizá el primero en la vida que caía simpático y prometía algún cambio político serio a partir del abandono de la prepotencia de superpotencia. Comienza su discurso lamentando la pérdida de vidas humanas y la destrucción en Japón (all right), continúa declarando la intención de colaborar con el gobierno japonés (that´s ok) y, de pronto, se olvida de Japón y se pone a hablar de los problemas estadounidenses respecto del petróleo (Oh my gosh!).
El presidente hizo una cuenta muy rápida y significativa: su país produce el 2% del petróleo mundial (lo mismo que hasta hace unas semanas producía Libia) y consume el 25% de la producción global y se han dado cuenta que, si no quieren liquidar en diez años las reservas estratégicas, tienen que hacer algo ayer. No se dice mucho, pero por esas reservas el gobierno norteamericano paga a los petroleros norteamericanos para que NO extraigan todo el petróleo que puedan y se gasta más petróleo en el transporte del petróleo importado. Si esto no es un ejemplo de racionalidad instrumental y de estupidez global, renuncio a todos mis títulos nobiliarios.
Esperen...
Parece que en cualquier momento vuelve a hablar de Japón. Pero no. Se queda debatiendo consigo mismo acerca de las posibilidades de acción de Norteamérica respecto de la dependencia del petróleo: no sabe si se debe reemplazar la fuente de energía por otras renovables (algo muy difícil y caro), asegurar las reservas (algo que intentaron y que es tirar la plata que ya casi no hay), invadir países con petróleo debajo (algo que ya hicieron), proteger a los países productores aliados, y hacerse muy amigos o muy enemigos de todos los que encuentren algo negro debajo de la alfombra, como Brasil.
Permítanme anticipar el resultado de este debate, que sí es materia de sociología: el petróleo es necesario para movilizar al menos el 70% de la economía mundial y por su intermedio el trabajo humano desarrolla la mayor parte de las actividades productivas que terminarán convirtiéndose en mercancías y ganancias. Como consecuencia, terminarán intentando todos los caminos, según las circunstancias.
Se entiende. El presidente de los EUA tiene mucha información que lo asusta en las manos. Esta información no es secreta, no lo asusta que en Wikileaks se haya leído que el embajador en Haití dijera que el ministro de Justicia y Vudú haitiano dijera en mitad de una borrachera que “Con Duvalier estábamos mejor” (esto me lo acabo de inventar... aunque probablemente ocurrió). Lo asusta que con bombos y platillos se han gastado miles de millones de dólares para rescatar entidades financieras sin reiniciar realmente el motor productivo, y viendo que el impacto social en materia de caída y degradación del empleo (y por lo tanto del consumo) recién empieza a mostrar su fea cara, mientras que ha debido ceder y ceder ante las exigencias republicanas de gestión de los impuestos y el gasto público. Ni siquiera lo asusta la cantidad de deuda pública derivada del rescate: China necesita de Estados Unidos como Estados Unidos necesita a China y la deuda está así garantizada por las necesidades de crecimiento monstruosas de China. Anoten esto: en el capitalismo, algunas economías crecen porque no pueden parar, no porque se estén haciendo “bien las cosas”.
Pobre Obama. Tiene cara de cansado. No, de derrotado. La lógica del poder lo aplastó y lo estrujó como a un arándano. Cada vez más la acción política interior y exterior de su gobierno se diferencia menos de la de Bush junior. Me da algo de pena porque Obama no parece tan marmota ni hijo de una playa (tomá, el chiste bilingüe), de modo que debe estar sufriendo más y durmiendo menos. Sabe, entre otras cosas, que el mundo económico se sincroniza a través de los flujos de capitales y de las expectativas interconectadas de todos los grandes mercados. Mira Japón medio hundido, con grandes problemas financieros previos, y sabe que no podrá contar con ese motor durante un tiempo. Europa no ayuda: el viejo continente está intentando, con políticas económicas socialmente regresivas, ganar competitividad, pero en el mediano plazo eso redundará en una caída del consumo interno e igual costará mucho hacer que los niños alemanes trabajen a destajo para fabricar lo mismo que una joven mexicana o un niño indonesio y por el mismo salario.
El ojo desesperado del neo-godzillismo mira al Sur del mundo. Quedan las economías emergentes. Pero las grandes economías emergentes le dan mucho miedo (China, Rusia, India, ahora Brasil) porque comen lo mismo que él, y las pequeñas dan mucha risa. No está clara la posición de poder estadounidense en Sudamérica y su “patio trasero” mexicano es una fuente interminable de malas noticias.
Hace una década los EUA eran la gran superpotencia única. Hoy tienen miedo, justificadamente. No es que tengan grandes enemigos o competidores, sino que el terremoto productivo y el tsunami financiero amenazan la previsibilidad de las inversiones y, si el capital no se siente seguro de encontrar ganancias, teme, se esconde, se aleja, se convierte en oro sólido o en barriles de petróleo, aumentando su precio. Obama sabe bien qué ocurre si el petróleo se encarece más: cae la competitividad de la industria pesada Norteamérica, se detiene la inversión, se degrada el mercado de trabajo, se hunde el consumo.
Después... cosas peores pasarán: aumentará a niveles críticos (una vez más) el precio de los alimentos a nivel mundial. Las secuencias negativas que puede suceder a esta conducta de los precios es casi interminable e impredecible. Estamos lejos de haber superado mundialmente la última crisis de este tipo, y puede empeorar. No es que a los sectores de poder norteamericanos les preocupe el aumento del hambre en el mundo. Les preocupa que unos alimentos caros puedan significar la imposibilidad fáctica de mantener barata la mano de obra. Por eso se enojan tanto con países productores de alimentos como Argentina, cuando las políticas públicas intentan fortalecer el sector industrial en vez de asegurar la productividad creciente en el sector agrícola: el mundo necesita salir de la crisis creando puestos de trabajo baratos, y para eso hacen falta alimentos baratos; el mundo necesita reemplazar el combustible líquido subterráneo por otro barato, y para eso es necesario un bio-diesel barato (que es la mejor alternativa hasta el momento, medioambientalmente tan mala (o casi) como el petróleo). Lástima que ambas cosas sean contradictorias: si se siembra para bio-diesel, se resta terreno para el cultivo de alimentos, y éstos aumentan su precio; si se cultivan más alimentos, el precio del petróleo seguirá alto a largo plazo (largo plazo son de cinco a diez años en esta perspectiva).
Amigo Barack, te quiero decir desde estas líneas que no te preocupes. Nada de esto es culpa tuya y, aunque seas la persona reconocible más poderosa del mundo, no estás en condiciones de hacer gran cosa. Como dice la tortuga de Kung Fu Panda: hay que abandonar la ilusión del control. Hoy no hay contra quien tirar el té al agua, aunque crezca el Tea Party. No importa qué película te contaron: la presidencia del país más poderoso no es el lugar indicado para cambiar el mundo. Ya te diste cuenta, eh. No te sientas tan mal: sos el único presidente de tu país con el cual me sentaría a tomar un té.
¿A quién le hablabas tanto de la cuestión del petróleo? No fue a los asustados japoneses, ni a tus trabajadores que descubren que los pocos derechos sindicales que conservaban (después de décadas de desidia unionista) pueden ser reducidos por ley. Los lobistas pueden seguir actuando como lobos, atacando solos o en manada. Pero los trabajadores deben reunirse sólo para ser rebaño que se conduce hacia la casa de la risa o hacia el matadero, según el día y el humor del empresario. A mí no me hablabas, estoy casi seguro, ni a los defensores de los derechos humanos. Ya sé. Le hablabas a tus propias élites, les decías que, por fin, entendiste sus sutiles señales. Les dijiste: “tranquilos, haremos lo necesario para conservar nuestra supremacía y asegurar sus ganancias, sin importar lo que ocurra con la economía mundial”.
El horror japonés de posguerra tomó la forma de un monstruo gigante que todo lo destruye irracionalmente, llamado Godzilla. Hay que ver que en la última película no arrasó Tokio, sino Nueva York –quitándole el empleo a King Kong, ya que por ser un monstruo del sudeste asiático cobra más barato–, y en su nacimiento no tuvieron la culpa las bombas atómicas americanas, sino las francesas. Pero el problema es que el monstruo devorador de petróleo que es la economía norteamericana, a la que le pisa los talones la segunda economía mundial, China, tiene que seguir comiendo. Eso es lo que le dicen los lobistas a Obama y él responde: “lo haremos”. Y lo intentará y lo hará, o lo hará su sucesor (a los lobistas no le importa quién lo haga ni a quien le cueste). En el camino, los trabajadores norteamericanos perderán sus casas para salvar a los bancos, perderán derechos para salvar al estado, perderán salarios y la salud y el futuro de sus hijos para salvar empresas.
Cruzando el charco, la discusión es vincular salarios con productividad, de tal manera que las Europas retoman las buenas costumbres del trabajo a destajo pero peor: sólo tendrán trabajo si las empresas esperan conseguir ganancias. Si no, quédese en casa esperando el subsidio que muy pronto nadie podrá pagarle. Un fantasma recorre Europa ¿el fantasma del comunismo? ¡No! El fantasma del pesimismo. Las empresas no esperan conseguir grandes ganancias, no saben en qué país explotar a más gente (o ya lo hacen o no los dejan hacerlo, o no están dadas las condiciones para hacerlo: tal vez en un futuro, en los países árabes liberados de las dictaduras que las potencias toleraron y protegieron durante cuarenta años, pero no ahora mismo).
¡Pobre Obama, pobre Europa, pobre Japón, pobre Godzilla que llora lágrimas de petróleo!
Posdata: ¡Qué no, no me fumé nada!¡Nunca fumaría un porro... tan cerca de tanto combustible!
Por si no lo sabían, les cuento que un terremoto y un tsunami se tragaron medio Japón. Producto de mi aprendizaje del judo, siento un profundo respeto y particular cariño hacia la gente y la cultura japonesas. No es que me duelan más las muertes de desconocidos en Japón que en Sumatra, Sri Lanka, Libia o Chile, por lo que no quiero aparentar un tono sentimental que no es objeto de estas líneas. Por otra parte, tampoco quiero dejar la impresión de que me resultaron indiferentes esas imágenes y relatos pavorosos, y los silencios informativos todavía más pavorosos que se intuyen en el reverso de las noticias, silencios que denuncian terrores que algunos sectores de poder prefieren mantener ocultos.
Pero resulta que ahora sólo quiero hacer un comentario político acerca de un reflejo producido por la situación de Japón, no de la situación en sí misma, que no parece todavía material que yo pueda digerir sociológicamente. Para mis estudiantes poco avispados que puedan alguna vez leer este artículo diré que una casa arrancada de sus cimientos que va a la deriva sobre un campo sembrado con un automóvil en el techo NO es un ejemplo de hecho social.
Ocurrió lo siguiente. Horas después de la ola gigante aparece en la televisión el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, quizá el primero en la vida que caía simpático y prometía algún cambio político serio a partir del abandono de la prepotencia de superpotencia. Comienza su discurso lamentando la pérdida de vidas humanas y la destrucción en Japón (all right), continúa declarando la intención de colaborar con el gobierno japonés (that´s ok) y, de pronto, se olvida de Japón y se pone a hablar de los problemas estadounidenses respecto del petróleo (Oh my gosh!).
El presidente hizo una cuenta muy rápida y significativa: su país produce el 2% del petróleo mundial (lo mismo que hasta hace unas semanas producía Libia) y consume el 25% de la producción global y se han dado cuenta que, si no quieren liquidar en diez años las reservas estratégicas, tienen que hacer algo ayer. No se dice mucho, pero por esas reservas el gobierno norteamericano paga a los petroleros norteamericanos para que NO extraigan todo el petróleo que puedan y se gasta más petróleo en el transporte del petróleo importado. Si esto no es un ejemplo de racionalidad instrumental y de estupidez global, renuncio a todos mis títulos nobiliarios.
Esperen...
Parece que en cualquier momento vuelve a hablar de Japón. Pero no. Se queda debatiendo consigo mismo acerca de las posibilidades de acción de Norteamérica respecto de la dependencia del petróleo: no sabe si se debe reemplazar la fuente de energía por otras renovables (algo muy difícil y caro), asegurar las reservas (algo que intentaron y que es tirar la plata que ya casi no hay), invadir países con petróleo debajo (algo que ya hicieron), proteger a los países productores aliados, y hacerse muy amigos o muy enemigos de todos los que encuentren algo negro debajo de la alfombra, como Brasil.
Permítanme anticipar el resultado de este debate, que sí es materia de sociología: el petróleo es necesario para movilizar al menos el 70% de la economía mundial y por su intermedio el trabajo humano desarrolla la mayor parte de las actividades productivas que terminarán convirtiéndose en mercancías y ganancias. Como consecuencia, terminarán intentando todos los caminos, según las circunstancias.
Se entiende. El presidente de los EUA tiene mucha información que lo asusta en las manos. Esta información no es secreta, no lo asusta que en Wikileaks se haya leído que el embajador en Haití dijera que el ministro de Justicia y Vudú haitiano dijera en mitad de una borrachera que “Con Duvalier estábamos mejor” (esto me lo acabo de inventar... aunque probablemente ocurrió). Lo asusta que con bombos y platillos se han gastado miles de millones de dólares para rescatar entidades financieras sin reiniciar realmente el motor productivo, y viendo que el impacto social en materia de caída y degradación del empleo (y por lo tanto del consumo) recién empieza a mostrar su fea cara, mientras que ha debido ceder y ceder ante las exigencias republicanas de gestión de los impuestos y el gasto público. Ni siquiera lo asusta la cantidad de deuda pública derivada del rescate: China necesita de Estados Unidos como Estados Unidos necesita a China y la deuda está así garantizada por las necesidades de crecimiento monstruosas de China. Anoten esto: en el capitalismo, algunas economías crecen porque no pueden parar, no porque se estén haciendo “bien las cosas”.
Pobre Obama. Tiene cara de cansado. No, de derrotado. La lógica del poder lo aplastó y lo estrujó como a un arándano. Cada vez más la acción política interior y exterior de su gobierno se diferencia menos de la de Bush junior. Me da algo de pena porque Obama no parece tan marmota ni hijo de una playa (tomá, el chiste bilingüe), de modo que debe estar sufriendo más y durmiendo menos. Sabe, entre otras cosas, que el mundo económico se sincroniza a través de los flujos de capitales y de las expectativas interconectadas de todos los grandes mercados. Mira Japón medio hundido, con grandes problemas financieros previos, y sabe que no podrá contar con ese motor durante un tiempo. Europa no ayuda: el viejo continente está intentando, con políticas económicas socialmente regresivas, ganar competitividad, pero en el mediano plazo eso redundará en una caída del consumo interno e igual costará mucho hacer que los niños alemanes trabajen a destajo para fabricar lo mismo que una joven mexicana o un niño indonesio y por el mismo salario.
El ojo desesperado del neo-godzillismo mira al Sur del mundo. Quedan las economías emergentes. Pero las grandes economías emergentes le dan mucho miedo (China, Rusia, India, ahora Brasil) porque comen lo mismo que él, y las pequeñas dan mucha risa. No está clara la posición de poder estadounidense en Sudamérica y su “patio trasero” mexicano es una fuente interminable de malas noticias.
Hace una década los EUA eran la gran superpotencia única. Hoy tienen miedo, justificadamente. No es que tengan grandes enemigos o competidores, sino que el terremoto productivo y el tsunami financiero amenazan la previsibilidad de las inversiones y, si el capital no se siente seguro de encontrar ganancias, teme, se esconde, se aleja, se convierte en oro sólido o en barriles de petróleo, aumentando su precio. Obama sabe bien qué ocurre si el petróleo se encarece más: cae la competitividad de la industria pesada Norteamérica, se detiene la inversión, se degrada el mercado de trabajo, se hunde el consumo.
Después... cosas peores pasarán: aumentará a niveles críticos (una vez más) el precio de los alimentos a nivel mundial. Las secuencias negativas que puede suceder a esta conducta de los precios es casi interminable e impredecible. Estamos lejos de haber superado mundialmente la última crisis de este tipo, y puede empeorar. No es que a los sectores de poder norteamericanos les preocupe el aumento del hambre en el mundo. Les preocupa que unos alimentos caros puedan significar la imposibilidad fáctica de mantener barata la mano de obra. Por eso se enojan tanto con países productores de alimentos como Argentina, cuando las políticas públicas intentan fortalecer el sector industrial en vez de asegurar la productividad creciente en el sector agrícola: el mundo necesita salir de la crisis creando puestos de trabajo baratos, y para eso hacen falta alimentos baratos; el mundo necesita reemplazar el combustible líquido subterráneo por otro barato, y para eso es necesario un bio-diesel barato (que es la mejor alternativa hasta el momento, medioambientalmente tan mala (o casi) como el petróleo). Lástima que ambas cosas sean contradictorias: si se siembra para bio-diesel, se resta terreno para el cultivo de alimentos, y éstos aumentan su precio; si se cultivan más alimentos, el precio del petróleo seguirá alto a largo plazo (largo plazo son de cinco a diez años en esta perspectiva).
Amigo Barack, te quiero decir desde estas líneas que no te preocupes. Nada de esto es culpa tuya y, aunque seas la persona reconocible más poderosa del mundo, no estás en condiciones de hacer gran cosa. Como dice la tortuga de Kung Fu Panda: hay que abandonar la ilusión del control. Hoy no hay contra quien tirar el té al agua, aunque crezca el Tea Party. No importa qué película te contaron: la presidencia del país más poderoso no es el lugar indicado para cambiar el mundo. Ya te diste cuenta, eh. No te sientas tan mal: sos el único presidente de tu país con el cual me sentaría a tomar un té.
¿A quién le hablabas tanto de la cuestión del petróleo? No fue a los asustados japoneses, ni a tus trabajadores que descubren que los pocos derechos sindicales que conservaban (después de décadas de desidia unionista) pueden ser reducidos por ley. Los lobistas pueden seguir actuando como lobos, atacando solos o en manada. Pero los trabajadores deben reunirse sólo para ser rebaño que se conduce hacia la casa de la risa o hacia el matadero, según el día y el humor del empresario. A mí no me hablabas, estoy casi seguro, ni a los defensores de los derechos humanos. Ya sé. Le hablabas a tus propias élites, les decías que, por fin, entendiste sus sutiles señales. Les dijiste: “tranquilos, haremos lo necesario para conservar nuestra supremacía y asegurar sus ganancias, sin importar lo que ocurra con la economía mundial”.
El horror japonés de posguerra tomó la forma de un monstruo gigante que todo lo destruye irracionalmente, llamado Godzilla. Hay que ver que en la última película no arrasó Tokio, sino Nueva York –quitándole el empleo a King Kong, ya que por ser un monstruo del sudeste asiático cobra más barato–, y en su nacimiento no tuvieron la culpa las bombas atómicas americanas, sino las francesas. Pero el problema es que el monstruo devorador de petróleo que es la economía norteamericana, a la que le pisa los talones la segunda economía mundial, China, tiene que seguir comiendo. Eso es lo que le dicen los lobistas a Obama y él responde: “lo haremos”. Y lo intentará y lo hará, o lo hará su sucesor (a los lobistas no le importa quién lo haga ni a quien le cueste). En el camino, los trabajadores norteamericanos perderán sus casas para salvar a los bancos, perderán derechos para salvar al estado, perderán salarios y la salud y el futuro de sus hijos para salvar empresas.
Cruzando el charco, la discusión es vincular salarios con productividad, de tal manera que las Europas retoman las buenas costumbres del trabajo a destajo pero peor: sólo tendrán trabajo si las empresas esperan conseguir ganancias. Si no, quédese en casa esperando el subsidio que muy pronto nadie podrá pagarle. Un fantasma recorre Europa ¿el fantasma del comunismo? ¡No! El fantasma del pesimismo. Las empresas no esperan conseguir grandes ganancias, no saben en qué país explotar a más gente (o ya lo hacen o no los dejan hacerlo, o no están dadas las condiciones para hacerlo: tal vez en un futuro, en los países árabes liberados de las dictaduras que las potencias toleraron y protegieron durante cuarenta años, pero no ahora mismo).
¡Pobre Obama, pobre Europa, pobre Japón, pobre Godzilla que llora lágrimas de petróleo!
Posdata: ¡Qué no, no me fumé nada!¡Nunca fumaría un porro... tan cerca de tanto combustible!
miércoles, 9 de marzo de 2011
“Nací tarde, no quiero ser (pero soy) un pos-marxista y nos amenaza una ardilla gigante”
De muchas maneras es posible juzgar en el presente la herencia intelectual marxista. Hace casi un siglo, en un artículo de 1913, Lenin recordó “Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo” (tal es el título del folleto): la economía política inglesa, la filosofía clásica alemana, el socialismo francés. La enorme precisión analítica que caracteriza casi toda la obra la Lenin casi oculta un factor importante: Lenin omite el que es quizá el aspecto más importante de la prédica marxista, y lo hace por razones ideológicas.
Porque Lenin no destaca claramente las raíces éticas y morales del marxismo. Cierto es que se reconocen en las tres fuentes tres tendencias ideológicas e intelectuales bien definidas, pero a los marxistas como Lenin les costaba aceptar que sus propios principios morales se hallaban vinculados al ideario burgués de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Comprendían estos valores de manera bastante diferente, de tal manera que pretendían defenderlos verdaderamente, a diferencia de la burguesía que, una vez convertida en la clase dominante, sólo se ocupaba de estos valores en tanto sirvieran a sus intereses de acumulación. Sin embargo, el socialismo revolucionario no creó nuevos valores, porque su entorno ideológico era el mismo que el de la burguesía y la tarea de la revolución hacia el comunismo era principalmente completar el camino iniciado por las revoluciones burguesas.
He estado repasando algunos textos de Lenin en los que dialoga con otros intelectuales y con su propia herencia intelectual y es realmente emocionante descubrir el esfuerzo por extender los beneficios de la libertad y la igualdad hacia las poblaciones oprimidas incluyendo por ejemplo (aprovecho la fecha de ayer) a la situación de la mujer que entendió perfectamente como una “doble esclavitud” que la revolución debía superar.
Sin embargo hoy, apenas cien años después, la revolución está en ruinas. Lenin no pudo estar más equivocado cuando juzgó que el imperialismo, al que denominaba “fase superior del capitalismo”, llevaría las tensiones internas del sistema al límite de su capacidad de resistencia y lo hundiría en sus propias contradicciones. El capitalismo se adaptó, se mundializó, colonizó casi todas las economías pre-capitalistas y terminó por colonizar las grandes economías que se pretendían pos-capitalistas, como ya lo tenían bien claro muchos intelectuales marxistas al menos desde el año 1968 en adelante.
Y apenas un par de años después nací yo. Como toda mi generación, mi herencia es de humo y de viento.
No sólo no se cumplieron las promesas de la revolución, tampoco se cumplieron las promesas liberales y, lo que empeora más la situación: aparecen problemas sustanciales para la vida humana (entendida esta vida como la quería Marcuse: una vida digna de ser vivida) que el propio espíritu progresista del marxismo no podía siquiera imaginar.
Para el marxismo clásico, guerra, miseria, dominación, explotación, expoliación y alienación eran los principales males que acarreaban las sociedades escindidas en clases. Obviamente, estos seis jinetes siguen cabalgando por el mundo y acechando la dignidad de la enorme mayoría de la humanidad, aunque en porciones de sufrimiento muy dispares. Y hoy, para peor, se ha levantado un séptimo jinete, el gran capitán de los males sociales que cubre el horizonte completo. Es un monstruo tan poderoso que las sociedades rara vez lo ven aparecer.
El séptimo jinete es el riesgo de la no-sustentabilidad de la economía, entendida ampliamente como el vínculo que una sociedad establece con su entorno natural (conformado a la vez por la “naturaleza” y los humanos que componen la propia sociedad) en términos de obtención de recursos básicos y del inevitable desorden introducido en el medio ambiente para satisfacer las crecientes y desde hace mucho tiempo ya titánicas necesidades de orden interno de la vida social.
Y he aquí el actual problema: los viejos problemas siguen vigentes, aunque no me atrevo a decir automáticamente que todos ellos se han profundizado. Creo que en muchos aspectos, y en término medio, la explotación se ha moderado, pues el capitalismo acumula más actualmente por volumen de explotación, antes que por intensidad. En términos estadísticos, la miseria ha crecido, siguiendo esa expansión de volumen reflejada en un aumento explosivo de la población mundial. Hace tiempo no se habla de guerras mundiales, pero las guerras contemporáneas afectan más marcadamente a la población civil cuando se desatan, y sus daños estructurales tienden a hacerse más permanentes. La dominación presenta actualmente tantas formas que no creo que valgan las viejas fórmulas para medirla. En un mundo con una economía globalizada e interdependiente, se diría que la transferencia de esfuerzo entre sociedades, la expoliación, ya no sería un factor relevante. No obstante, ha empeorado tanto en términos de esfuerzo de los trabajadores por región como en términos de extracción de recursos naturales y detrimento de los términos de intercambio. Se replica el argumento ya citado: el aumento de volumen total de circulación de factores de producción y de los recursos necesarios para sostener esa economía auto-multiplicada incide directamente en este aspecto. Por fin, la alienación, el extrañamiento ideológico (y psicológico) del ser humano ha multiplicado sus formas y su intensidad.
En tiempos de Lenin, el incremento de la consciencia sobre las condiciones materiales e ideológicas era considerado una posibilidad cierta todavía, para las masas trabajadoras (devenidas en proletariado, en clase política además de estructural) y para otros sectores de la población. Es más, era un paso necesario para la acción, para dejar de ser y estar en el reino de los seis jinetes. En la actualidad, en cambio, la consciencia de estos factores, e incluso la presencia del séptimo jinete, no parecen incidir en el ánimo de las masas.
En casi todas partes el problema de las masas es hoy alcanzar el bienestar. Pero no se trata de un bienestar entendido como el disfrute de la propia dignidad, sino del bienestar implicado en el consumo compulsivo y en la seguridad material y jurídica para la continuidad de este disfrute.
Repasemos: este disfrute de consumismo exacerbado no requiere personas emancipadas de la alienación, la explotación, la expoliación o la dominación: sólo la pobreza propia (entendida como carencia de consumos crecientes) y la guerra (incluyendo la modalidad de guerra social que es la inseguridad ciudadana) bloquean el camino del goce y el disfrute. Lógicamente, en esta perspectiva las consciencias mirarán de reojo y negarán a la vez al séptimo jinete. Se confiará en la ciencia, en el saber de otros (un claro síntoma de dependencia) para postergar el advenimiento de la no-sustentabilidad. Se dirá: ya se superará la dependencia del petróleo, ya se resolverá el problema del encarecimiento de los alimentos, ya se darán respuestas a la destrucción de los ecosistemas terrestres y marinos, no seremos nosotros, pero habrá soluciones. Se sospechará, con el sentido común, que la humanidad progresa materialmente y que las sociedades no tienen otros límites al progreso que sociedades rivales. El marxismo clásico creía que el rival del progreso eran las propias contradicciones internas de cada sociedad, una perspectiva mucho más sofisticada e inteligente, pero todavía incompleta.
En mi opinión, las contradicciones internas pueden eventualmente acabar con una sociedad, pero los límites de sustentabilidad, si son violentados, acaban con seguridad con la sociedad. Siempre repetimos la importancia de la historia para comprender el presente. Repitamos la lección. Contemplemos la experiencia de las grandes sociedades desaparecidas del pasado y se verá que los conquistadores externos dan el tiro de gracia a las sociedades en decadencia, pero su debilidad es casi siempre desatada por los límites de sustentabilidad. Así, mi formula dirá que las contradicciones internas son socialmente tolerables (nada se dice de si son personalmente tolerables, porque en las sociedades se mata y se destruye gente) mientras el sistema social pueda interactuar con el medio-ambiente sin bloquear la posibilidad de adquirir de él recursos y de transferir hacia él el desorden interno. No hace falta ser físico: un sistema más grande consume más recursos y expulsa más desorden; a la vez, un sistema con un régimen de funcionamiento alto (de mucha circulación interna de energía y trabajo) genera más desorden que uno de régimen de funcionamiento más bajo. Obviamente, el bienestar entendido como mayor consumo implica un régimen de funcionamiento cada vez más alto, alimentando el poder del séptimo jinete.
Piensen en un perezoso y una ardilla. Un perezoso es más grande, como sistema organizado, que una ardilla. Pero se mueve poco, su metabolismo es lento, no requiere un consumo de calorías tan alto por cada kilogramo de masa corporal. En este ejemplo, el perezoso tiene un régimen de funcionamiento más bajo que la ardilla. ¿Qué ocurre con nuestro sistema social? Que es una ardilla del tamaño de King Kong que consiguió tragarse un contenedor entero de metanfetaminas. Se siente tan cargada de energía que tiene que descargarla y no puede reconocer límites de ninguna especie, externos o internos, cuando lo hace. Debido a su tamaño y régimen de funcionamiento, tampoco ha dejado competidores vivos en el camino. Nadie la detendrá desde afuera, excepto el agotamiento de los recursos o la destrucción del ecosistema circundante (prácticamente sinónimos, en realidad). Sus necesidades energéticas son tan grandes que ha mutado: es ya una bestia carnívora y caníbal y, llegado el caso, no dudará en morder su propio cuerpo con fruición.
En el plano personal, la consciencia de este proceso me da pavor. Moralmente, he heredado la tradición moderna contenida en el socialismo: quiero el fin de la miseria, de la explotación, de la dominación en muchas de sus formas (quiero decir: me cuesta pensar una sociedad en la cual los padres no tengan ninguna autoridad sobre los hijos o no exista ninguna oportunidad de que la ley –y la fuerza material asociada- someta algunos impulsos personales socialmente inaceptables o intolerables). Además, desearía una sociedad sin esta asfixiante despersonalización y alienación que sólo parecen calmarse con nuevos consumos. Pero ya no puedo pensar soluciones que excluyan al peligro de la no-sustentabilidad del sistema.
¿Quién es responsable de mi situación? (más judaicamente) ¿de quién es la culpa?
Yo soy responsable, la culpa es mía.
Cuando nací en un mundo donde las promesas del marxismo y del liberalismo ya no iban a cumplirse, podía haber dicho: “Que sean errores políticos los responsables”. Esto me hubiera conducido a replantear los errores políticos y decir: “la revolución socialista todavía es posible, sólo debemos intentarlo de nuevo corrigiendo algunos errores pequeñitos como el estalinismo, el fascismo socialistoide, el personalismo, el burocratismo y otras menudencias”. O decir: “los valores modernos todavía pueden desarrollarse, hasta alcanzar un verdadero orden liberal de libertad, igualdad y fraternidad en un contexto de justicia y seguridad, de respeto por los derechos humanos, civiles, políticos, sociales y procesales”. En vez de eso, me entretuve pensando sociológicamente en que tal vez eran las teorías económicas, políticas y sociales de base las que tenían algún problemita.
No sé si encontré realmente el problemita al plantear esta cuestión del régimen de funcionamiento y la circulación de tensiones energéticas entre la sociedad, las personas que la componen y el medio ambiente, pero juzguen ustedes qué mala suerte, correr un par de ramitas y descubrir la ardillita de la que les hablo. Ahora no solamente necesito una revolución que elimine a los seis jinetes de siempre, sino una que nos aleje del séptimo. Las tareas de mi revolución ya no sólo quieren emancipar a las sociedades de sus propias contradicciones, de sus injusticias, sino también protegerlas de sus propias capacidades desmedidas de crecimiento. Ya era difícil convencer a la gente de que la explotación en el capitalismo era real y moralmente reprobable, nunca se entendió realmente que la alienación es una realidad palpable y destructora, es difícil mostrar que la riqueza de aquí es la pobreza de allá... ahora, encima, tenemos que decir que hay que limitar el confort, porque el aumento de lo que llamamos confort es peligroso para todos. Ocurre también que, en un mundo de necesidades tan aceleradas por las metanfetaminas de la ardilla, no nos suelen interesar las teorías de largo alcance y difícil aplicación práctica... si no nos ofrecen un rédito fácil y a corto plazo.
En fin, me despido aquí con una esperanzada cita de Rosa Luxemburgo: “Se nos suele decir que nuestro movimiento carece de personas de talento capaces de elaborar las teorías de Marx. Esa carencia es de larga data; pero la carencia en sí exige una explicación, y no puede plantearse como respuesta al interrogante fundamental. Debemos recordar que cada época forma su propio material humano; que si un periodo realmente exige exponentes teóricos, el periodo mismo creará las fuerzas necesarias para la satisfacción de esa exigencia”. No comparto con toda claridad el sustento de esta sentencia pero, si llega a ser cierto, que el periodo se apure, porque la ardilla sigue engordando y ya le empieza a doler la barriguita.
Porque Lenin no destaca claramente las raíces éticas y morales del marxismo. Cierto es que se reconocen en las tres fuentes tres tendencias ideológicas e intelectuales bien definidas, pero a los marxistas como Lenin les costaba aceptar que sus propios principios morales se hallaban vinculados al ideario burgués de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Comprendían estos valores de manera bastante diferente, de tal manera que pretendían defenderlos verdaderamente, a diferencia de la burguesía que, una vez convertida en la clase dominante, sólo se ocupaba de estos valores en tanto sirvieran a sus intereses de acumulación. Sin embargo, el socialismo revolucionario no creó nuevos valores, porque su entorno ideológico era el mismo que el de la burguesía y la tarea de la revolución hacia el comunismo era principalmente completar el camino iniciado por las revoluciones burguesas.
He estado repasando algunos textos de Lenin en los que dialoga con otros intelectuales y con su propia herencia intelectual y es realmente emocionante descubrir el esfuerzo por extender los beneficios de la libertad y la igualdad hacia las poblaciones oprimidas incluyendo por ejemplo (aprovecho la fecha de ayer) a la situación de la mujer que entendió perfectamente como una “doble esclavitud” que la revolución debía superar.
Sin embargo hoy, apenas cien años después, la revolución está en ruinas. Lenin no pudo estar más equivocado cuando juzgó que el imperialismo, al que denominaba “fase superior del capitalismo”, llevaría las tensiones internas del sistema al límite de su capacidad de resistencia y lo hundiría en sus propias contradicciones. El capitalismo se adaptó, se mundializó, colonizó casi todas las economías pre-capitalistas y terminó por colonizar las grandes economías que se pretendían pos-capitalistas, como ya lo tenían bien claro muchos intelectuales marxistas al menos desde el año 1968 en adelante.
Y apenas un par de años después nací yo. Como toda mi generación, mi herencia es de humo y de viento.
No sólo no se cumplieron las promesas de la revolución, tampoco se cumplieron las promesas liberales y, lo que empeora más la situación: aparecen problemas sustanciales para la vida humana (entendida esta vida como la quería Marcuse: una vida digna de ser vivida) que el propio espíritu progresista del marxismo no podía siquiera imaginar.
Para el marxismo clásico, guerra, miseria, dominación, explotación, expoliación y alienación eran los principales males que acarreaban las sociedades escindidas en clases. Obviamente, estos seis jinetes siguen cabalgando por el mundo y acechando la dignidad de la enorme mayoría de la humanidad, aunque en porciones de sufrimiento muy dispares. Y hoy, para peor, se ha levantado un séptimo jinete, el gran capitán de los males sociales que cubre el horizonte completo. Es un monstruo tan poderoso que las sociedades rara vez lo ven aparecer.
El séptimo jinete es el riesgo de la no-sustentabilidad de la economía, entendida ampliamente como el vínculo que una sociedad establece con su entorno natural (conformado a la vez por la “naturaleza” y los humanos que componen la propia sociedad) en términos de obtención de recursos básicos y del inevitable desorden introducido en el medio ambiente para satisfacer las crecientes y desde hace mucho tiempo ya titánicas necesidades de orden interno de la vida social.
Y he aquí el actual problema: los viejos problemas siguen vigentes, aunque no me atrevo a decir automáticamente que todos ellos se han profundizado. Creo que en muchos aspectos, y en término medio, la explotación se ha moderado, pues el capitalismo acumula más actualmente por volumen de explotación, antes que por intensidad. En términos estadísticos, la miseria ha crecido, siguiendo esa expansión de volumen reflejada en un aumento explosivo de la población mundial. Hace tiempo no se habla de guerras mundiales, pero las guerras contemporáneas afectan más marcadamente a la población civil cuando se desatan, y sus daños estructurales tienden a hacerse más permanentes. La dominación presenta actualmente tantas formas que no creo que valgan las viejas fórmulas para medirla. En un mundo con una economía globalizada e interdependiente, se diría que la transferencia de esfuerzo entre sociedades, la expoliación, ya no sería un factor relevante. No obstante, ha empeorado tanto en términos de esfuerzo de los trabajadores por región como en términos de extracción de recursos naturales y detrimento de los términos de intercambio. Se replica el argumento ya citado: el aumento de volumen total de circulación de factores de producción y de los recursos necesarios para sostener esa economía auto-multiplicada incide directamente en este aspecto. Por fin, la alienación, el extrañamiento ideológico (y psicológico) del ser humano ha multiplicado sus formas y su intensidad.
En tiempos de Lenin, el incremento de la consciencia sobre las condiciones materiales e ideológicas era considerado una posibilidad cierta todavía, para las masas trabajadoras (devenidas en proletariado, en clase política además de estructural) y para otros sectores de la población. Es más, era un paso necesario para la acción, para dejar de ser y estar en el reino de los seis jinetes. En la actualidad, en cambio, la consciencia de estos factores, e incluso la presencia del séptimo jinete, no parecen incidir en el ánimo de las masas.
En casi todas partes el problema de las masas es hoy alcanzar el bienestar. Pero no se trata de un bienestar entendido como el disfrute de la propia dignidad, sino del bienestar implicado en el consumo compulsivo y en la seguridad material y jurídica para la continuidad de este disfrute.
Repasemos: este disfrute de consumismo exacerbado no requiere personas emancipadas de la alienación, la explotación, la expoliación o la dominación: sólo la pobreza propia (entendida como carencia de consumos crecientes) y la guerra (incluyendo la modalidad de guerra social que es la inseguridad ciudadana) bloquean el camino del goce y el disfrute. Lógicamente, en esta perspectiva las consciencias mirarán de reojo y negarán a la vez al séptimo jinete. Se confiará en la ciencia, en el saber de otros (un claro síntoma de dependencia) para postergar el advenimiento de la no-sustentabilidad. Se dirá: ya se superará la dependencia del petróleo, ya se resolverá el problema del encarecimiento de los alimentos, ya se darán respuestas a la destrucción de los ecosistemas terrestres y marinos, no seremos nosotros, pero habrá soluciones. Se sospechará, con el sentido común, que la humanidad progresa materialmente y que las sociedades no tienen otros límites al progreso que sociedades rivales. El marxismo clásico creía que el rival del progreso eran las propias contradicciones internas de cada sociedad, una perspectiva mucho más sofisticada e inteligente, pero todavía incompleta.
En mi opinión, las contradicciones internas pueden eventualmente acabar con una sociedad, pero los límites de sustentabilidad, si son violentados, acaban con seguridad con la sociedad. Siempre repetimos la importancia de la historia para comprender el presente. Repitamos la lección. Contemplemos la experiencia de las grandes sociedades desaparecidas del pasado y se verá que los conquistadores externos dan el tiro de gracia a las sociedades en decadencia, pero su debilidad es casi siempre desatada por los límites de sustentabilidad. Así, mi formula dirá que las contradicciones internas son socialmente tolerables (nada se dice de si son personalmente tolerables, porque en las sociedades se mata y se destruye gente) mientras el sistema social pueda interactuar con el medio-ambiente sin bloquear la posibilidad de adquirir de él recursos y de transferir hacia él el desorden interno. No hace falta ser físico: un sistema más grande consume más recursos y expulsa más desorden; a la vez, un sistema con un régimen de funcionamiento alto (de mucha circulación interna de energía y trabajo) genera más desorden que uno de régimen de funcionamiento más bajo. Obviamente, el bienestar entendido como mayor consumo implica un régimen de funcionamiento cada vez más alto, alimentando el poder del séptimo jinete.
Piensen en un perezoso y una ardilla. Un perezoso es más grande, como sistema organizado, que una ardilla. Pero se mueve poco, su metabolismo es lento, no requiere un consumo de calorías tan alto por cada kilogramo de masa corporal. En este ejemplo, el perezoso tiene un régimen de funcionamiento más bajo que la ardilla. ¿Qué ocurre con nuestro sistema social? Que es una ardilla del tamaño de King Kong que consiguió tragarse un contenedor entero de metanfetaminas. Se siente tan cargada de energía que tiene que descargarla y no puede reconocer límites de ninguna especie, externos o internos, cuando lo hace. Debido a su tamaño y régimen de funcionamiento, tampoco ha dejado competidores vivos en el camino. Nadie la detendrá desde afuera, excepto el agotamiento de los recursos o la destrucción del ecosistema circundante (prácticamente sinónimos, en realidad). Sus necesidades energéticas son tan grandes que ha mutado: es ya una bestia carnívora y caníbal y, llegado el caso, no dudará en morder su propio cuerpo con fruición.
En el plano personal, la consciencia de este proceso me da pavor. Moralmente, he heredado la tradición moderna contenida en el socialismo: quiero el fin de la miseria, de la explotación, de la dominación en muchas de sus formas (quiero decir: me cuesta pensar una sociedad en la cual los padres no tengan ninguna autoridad sobre los hijos o no exista ninguna oportunidad de que la ley –y la fuerza material asociada- someta algunos impulsos personales socialmente inaceptables o intolerables). Además, desearía una sociedad sin esta asfixiante despersonalización y alienación que sólo parecen calmarse con nuevos consumos. Pero ya no puedo pensar soluciones que excluyan al peligro de la no-sustentabilidad del sistema.
¿Quién es responsable de mi situación? (más judaicamente) ¿de quién es la culpa?
Yo soy responsable, la culpa es mía.
Cuando nací en un mundo donde las promesas del marxismo y del liberalismo ya no iban a cumplirse, podía haber dicho: “Que sean errores políticos los responsables”. Esto me hubiera conducido a replantear los errores políticos y decir: “la revolución socialista todavía es posible, sólo debemos intentarlo de nuevo corrigiendo algunos errores pequeñitos como el estalinismo, el fascismo socialistoide, el personalismo, el burocratismo y otras menudencias”. O decir: “los valores modernos todavía pueden desarrollarse, hasta alcanzar un verdadero orden liberal de libertad, igualdad y fraternidad en un contexto de justicia y seguridad, de respeto por los derechos humanos, civiles, políticos, sociales y procesales”. En vez de eso, me entretuve pensando sociológicamente en que tal vez eran las teorías económicas, políticas y sociales de base las que tenían algún problemita.
No sé si encontré realmente el problemita al plantear esta cuestión del régimen de funcionamiento y la circulación de tensiones energéticas entre la sociedad, las personas que la componen y el medio ambiente, pero juzguen ustedes qué mala suerte, correr un par de ramitas y descubrir la ardillita de la que les hablo. Ahora no solamente necesito una revolución que elimine a los seis jinetes de siempre, sino una que nos aleje del séptimo. Las tareas de mi revolución ya no sólo quieren emancipar a las sociedades de sus propias contradicciones, de sus injusticias, sino también protegerlas de sus propias capacidades desmedidas de crecimiento. Ya era difícil convencer a la gente de que la explotación en el capitalismo era real y moralmente reprobable, nunca se entendió realmente que la alienación es una realidad palpable y destructora, es difícil mostrar que la riqueza de aquí es la pobreza de allá... ahora, encima, tenemos que decir que hay que limitar el confort, porque el aumento de lo que llamamos confort es peligroso para todos. Ocurre también que, en un mundo de necesidades tan aceleradas por las metanfetaminas de la ardilla, no nos suelen interesar las teorías de largo alcance y difícil aplicación práctica... si no nos ofrecen un rédito fácil y a corto plazo.
En fin, me despido aquí con una esperanzada cita de Rosa Luxemburgo: “Se nos suele decir que nuestro movimiento carece de personas de talento capaces de elaborar las teorías de Marx. Esa carencia es de larga data; pero la carencia en sí exige una explicación, y no puede plantearse como respuesta al interrogante fundamental. Debemos recordar que cada época forma su propio material humano; que si un periodo realmente exige exponentes teóricos, el periodo mismo creará las fuerzas necesarias para la satisfacción de esa exigencia”. No comparto con toda claridad el sustento de esta sentencia pero, si llega a ser cierto, que el periodo se apure, porque la ardilla sigue engordando y ya le empieza a doler la barriguita.
viernes, 25 de febrero de 2011
Así respira la bestia: Notas sobre las crisis capitalistas
Como esto sigue siendo material para un blog, puedo tranquilamente incorporar notas personales que ayuden a comprender el espíritu del texto.
Llevo varios días con bastante fiebre y una tos seca que cada vez que me sale me empuja levemente el cráneo para arriba y el cerebro para atrás. Son varios días con recalentamiento neuronal, varios días sin trabajar, varios días sin leer, ni tocar la guitarra, sin comer bien. ¿Tiene algo de esto relación con lo que sigue? Por supuesto. Pero no estoy en condiciones de establecer cuál es esa relación...
Es parte de la tradición en las ciencias sociales preocupadas por la estructura social y la macroeconomía de las sociedades contemporáneas hablar de “crisis del capitalismo”. Hay muchas versiones de lo que se entiende por crisis para este sistema social, pero es quizá posible rastrear elementos generales.
Puede proponerse que la crisis se presenta cuando se da el siguiente ciclo de circunstancias:
o Resulta imposible colocar en el mercado una masa de mercancías igual o superior a la del momento anterior (definido arbitrariamente: según el ciclo anual, trimestral, mensual), considerando en términos medios de producción, es decir, sin atender a las circunstancias particulares de ciertas mercancías, a pesar de lo que opinaba el amigo Castoriadis. Algunas mercancías se venderán más que antes, pero la masa agregada tenderá a la baja.
o Como consecuencia, ya no será posible tampoco realizar la masa de ganancia capitalista media, considerada en relación con un momento anterior (lo de “momento anterior” se destaca para mostrar el carácter dinámico del ciclo).
o Caen las expectativas de los poseedores y administradores de capital de colocar mercancías y generar ganancias en un momento posterior (un gran aporte teórico externo a la lógica estructural marxista es precisamente la incorporación de la expectativa racional e instrumental al desenvolvimiento de los actores sociales).
o Cede la producción de empleo y, principalmente, tienden a deteriorarse las condiciones de empleo. Parece lo mismo dicho al revés, pero no lo es: por una parte, no se generan nuevos empleos pero, por otra parte, los dueños y administradores del capital intentan recuperar la ganancia perdida deteriorando las condiciones laborales y salariales.
o Al aumentar la desocupación y deteriorarse el empleo, y considerando que las masas asalariadas son también las masas consumidoras, cae la masa de consumo potencial y, si no hay algún tipo de freno, se produce un regreso al primer elemento.
Pero esta caracterización dinámica no es histórica. Los puntos no están numerados porque el ciclo no comienza necesariamente en el primer punto. Además, no se ve claro como se recupera el ciclo descendente.
La caracterización marxista más tradicional, en donde la crisis capitalista se presentaba como un momento de sobreproducción de mercancías, tuvo innumerables desarrollos posteriores. Se puede aquí vincular la crisis con la innovación técnica y tecnológica, con el ciclo “normal” de la competencia capitalista y con la subsecuente tendencia a la caída de la tasa de ganancia y la búsqueda de nuevas competencias (incrementando la productividad y la competitividad), buscando o creando nuevos mercados que, cuando no son encontrados lo suficientemente rápido, producen la detención del ciclo y la aparición de la crisis.
Más adelante fue necesario reconsiderar el papel del estado en tanto agente de aprendizaje político, de freno, de controlador de los desequilibrios del mercado que podían conducir a la crisis, o como agente de poder para revertirla cuando se presentaba. El estado fue también el mecanismo de expansión de la lógica capitalista de reproducción social, es decir, de la conversión de los sistemas sociales de otras poblaciones humanas en capitalismos periféricos, secundarios, subsidiarios, dependientes, etcétera (también hay muchas posiciones teóricas en este aspecto).
También la lucha de clases (al menos cuando las masas trabajadoras tenían eso tan lindo de “consciencia de clase”) es un elemento que, en apariencia paradójicamente, contribuía para frenar la crisis. No hay tal paradoja: el interés inmediato del inversor capitalista es producir la ganancia y el subsiguiente es incrementarla. No tiene consciencia global del proceso de producción y consumo, sino que se preocupa por ese plazo que le marca el ciclo de producción y distribución de la mercancía. De manera general, agregada, eso produce un constante deterioro de las condiciones de los trabajadores que aportan el trabajo que constituye el sustrato del valor que el mercado traduce en el idioma monetario del dinero. Si esta tendencia permanece, el ciclo empieza por el último punto, pero alimenta la crisis de sobreproducción, porque las masas ya no pueden consumir lo que ellas mismas producen, al no bastar sus salarios agregados para ello (o al no tener tiempo material para consumir). En este punto, la lucha de clases, desarrollada por las masas trabajadoras y sus intelectuales orgánicos, cuando no consigue (y hasta ahora nunca consiguió realmente) cambiar la lógica de producción y reproducción social, puede alcanzar unos “derechos” para los trabajadores que los rehabilitan como consumidores, salvando a los capitalistas de su propia codicia (lo cual constituye la más cruel ironía trágica que pueda uno imaginarse).
Mirando el contexto del capitalismo contemporáneo, por ejemplo, desde el fin de la segunda guerra mundial, vemos que, en realidad, el capitalismo mundial es un conjunto interrelacionado de experiencias capitalistas muy disímiles entre sí que interactúan poderosamente, de tal manera que la crisis capitalista toma un aspecto muy diferente. Actualmente, se habla de crisis cuando afecta a un número considerable de “grandes economías” o, hablando llanamente, cuando sufren pánico no-ganancial los agentes capitalistas de Estados Unidos, Europa o Japón. Cuando la crisis ocurre (y casi siempre es más violenta) en la periferia, se habla de corrupción, de incorrección fiscal, de despilfarro, de falta de democracia. Calladamente, se habla también de oportunidades.
Si la crisis toma forma política (y casi siempre también termina por hacerlo, a menos que haya una dictadura muy firme) la preocupación es la forma en la que puede afectar a las economías centrales: ¿faltarán insumos esenciales? ¿Se cerrarán mercados? ¿Se promoverán horrendas políticas “populistas” que alimenten, eduquen y cuiden la salud de las poblaciones a un precio controlado por el estado?
Los esperanzados marxistas revolucionarios del pasado creían (¡Benditos sean sus inmensos, modernos e ingenuos cerebros!) que al fin llegaría una crisis que todo el capitalismo del mundo no podría superar, las masas trabajadoras tomarían el poder, terminarían con la existencia de las clases sociales y ya no existirían conflictos sociales estructurales, hasta el estado tal como lo conocemos terminaría por extinguirse. Créanme cuando les digo que envidio esa esperanza perdida como envidio al creyente que no cree en la muerte, sino en un deslizamiento vertical de la tierra al paraíso.
No voy a negar la existencia del ciclo de crisis esbozado más arriba, sino la premisa de que la crisis (la última, la decisiva) en el capitalismo es estructural porque depende del conflicto básico entre clases. Pero no es tampoco que niegue el conflicto entre clases. Simplemente, creo que la crisis última es una consecuencia estructural de un fenómeno más profundo y silencioso, diferente de estas crisis cíclicas que parecen y se superan.
Veamos primero mi principal diferencia con el pensamiento marxista respecto del punto límite al que llega la sociedad. El marxismo suponía que la crisis final sobrevenía cuando las relaciones de producción (significadas legalmente en las relaciones de propiedad) trababan, impedían, obstaculizaban el desarrollo de las fuerzas productivas o (lo que es otra forma de lo mismo) el proceso de división del trabajo social, tanto en sus aspectos cuantitativos como cualitativos. Según esta perspectiva, cuando unas relaciones de producción predominantes ya no permitían el aumento de la productividad o la división del trabajo, la lógica (naturalizada) de dicho aumento obligaban a un cambio revolucionario de las estructuras sociales.
Sin embargo, en ningún momento se explica por qué el desarrollo de las fuerzas productivas o el incremento de la división del trabajo son movimientos sociales tan imperativos y ello por una buena razón. Porque no lo son. Se trata de un problema de escala de observación. En última instancia, todo gran problema científico es un problema de escala de observación y todo gran cambio implica un cambio de escala, además de un cambio de configuración. Los pensadores modernos (marxistas o liberales) miraban la historia humana, su progreso técnico, artístico, científico, y asumían dos cosas erróneas: por un lado, que eso suponía un progreso ético-moral, por otro lado, que se trataba de un proceso necesario.
Muy por el contrario, sólo en circunstancias muy especiales la división del trabajo aumenta para resolver un problema social. Sólo en una particular configuración (aunque se prolongue por mil años) el aumento de la productividad permanente se convierte en un modo de funcionamiento sustentable de la sociedad humana. Al igual que el resto de los pensadores modernos, los optimistas marxistas observaban el proceso histórico precedente y lo interpretaron según su propia escala de observación: la productividad media parecía haber crecido sin cesar desde la antigüedad.
Desde el punto de vista de la historia económica es posible poner en duda esta apariencia pero, en todo caso, lo que puede desafiarse con limpieza es la interpretación de las causas y consecuencias de este aumento constante de la división del trabajo. No puede proponerse un movimiento natural en un proceso social complejo, sino que debe mostrarse la lógica social, la razón por la cual las fuerzas productivas tenderían siempre a desarrollarse.
Soy de la opinión siguiente: sólo en unas circunstancias muy restringidas el aumento constante de la división del trabajo es una respuesta eficiente para la reproducción social. Que este sea el caso del capitalismo (de lo cual no tengo dudas) no implica que sea el caso de toda sociedad humana.
¿Cuáles son esas circunstancias tan especiales? Básicamente, que las condiciones impuestas por el modo de producción y consumo de los bienes y servicios necesarios (los valores de uso) para reproducir el ciclo de la vida humana en sociedad impidan cualquier otra manera de vincular a la sociedad con el entorno, con sus integrantes y a estos entre sí que no sea la ampliación permanente de la interacción. Mientras la sociedad tenga alternativas más económicas, en términos de consumo de trabajo y energía, la circulación de sus tensiones internas optará, como lo hace cualquier sistema, por la vía de menor resistencia, de tal manera que sólo cuando no es posible mantener ¡ni tampoco disminuir! la división del trabajo (dos opciones mucho más “baratas” que incrementar permanentemente la tensión interna), el sistema se mantendrá funcionando en un régimen de creciente producción y creciente consumo.
Para apreciar este proceso tenemos que ir despacio. En toda sociedad, incluso en la de dos personas abandonadas en una isla, debe haber una distribución del esfuerzo que permita la supervivencia común. Una horda nómada divide el trabajo, por ejemplo, entre cazadores-recolectores y cuidadores de las crías (incluso si el trabajo lo realiza una misma persona en dos momentos distintos debe considerarse que existe división del trabajo, por el mero hecho de que existen dos trabajos imprescindibles al menos).
Si algún genio de la horda descubre que con una piedra se puede matar a un potencial alimento o espantar a un potencial predador a distancia, el macho o la hembra dominante le otorgarán el Nobel de la Horda y buscar piedras del peso adecuado será una nueva tarea social (y el entrenamiento de búsqueda y tiro de piedra nuevos aprendizajes sociales): un solo hecho simple no ha generado una simple división del trabajo, sino una compleja trama de divisiones vinculadas entre sí. No hablemos cuando se incorporan la alfarería, los principios de albañilería con excremento de buey, la curtiembre e innumerables tecnologías más. Ciertamente, algunas viejas tecnologías y aprendizajes desaparecen (finalmente, el Nobel de la Piedra es eclipsado por el Nobel de la Flecha, el Dardo o la Cerbatana). Pero cada tecnología que reemplaza a la anterior requerirá generalmente una ampliación de la división del trabajo. Finalmente, y he aquí la cuestión, para que exista una nueva división del trabajo debe existir un crecimiento de la población que cumpla dichas tareas y pueda sostener el nuevo esquema, socialmente más oneroso que el precedente.
No es la necesidad intrínseca de desarrollo de las fuerzas productivas lo que impulsa la división del trabajo, sino que la propia división del trabajo incrementa las necesidades sociales de consumo de energía humana y de recursos del medioambiente, incentivando una nueva división del trabajo en un ciclo ascendente, pero con el límite impuesto por: a) el acceso a los recursos, b) el aumento de la población, c) el mantenimiento de la supervivencia y d) el costo de socialización e integración de esa población. La división del trabajo no puede extenderse más allá de lo que su propia productividad pueda mantener y por esta razón se presenta la apariencia de que un modo general de producción vinculado con un tipo básico de relaciones sociales bloquea el desarrollo. No es así, ambos elementos no se “bloquean”, sino que se limitan de manera recíproca y compulsiva.
Sin embargo, este auto-impulso de la división del trabajo es también aparente: el aliciente para que se produzca una nueva forma o cantidad de trabajo (en el sentido de que exija dividir el mismo trabajo entre más personas) es la necesidad de una respuesta a determinadas condiciones de insatisfacción de la reproducción social de tal manera que se justifique el esfuerzo en descubrir e implementar una nueva tecnología o técnica. En otras palabras, una cosa es que un descubrimiento técnico tenga lugar y otra muy distinta es que la sociedad pueda permitirse el costo de su introducción en la división del trabajo. La excepción a la regla de la economía creciente (siempre las hay) es cuando una nueva tecnología reemplaza de manera completa a una anterior y aumenta la productividad sin incrementar realmente la división del trabajo pues no se agregan tareas, sino que desaparecen las antiguas.
Con el capitalismo esto ocurre con mucha frecuencia: las tecnologías dominantes del presente difieren mucho de las de generaciones precedentes. Pero aquí ocurre también una reversión de la lógica de sustentación de las sociedades humanas. Incluso las enormes civilizaciones antiguas y los imperios tenían la población que materialmente podían sostener y, como resultado de esta situación, la población mundial (y los trabajos en los que dividía su actividad) se mantuvo en niveles mucho más bajos que los requeridos por el principio de expansión constante que rige al capitalismo. De todas formas, ya esos niveles resultaron en muchos casos ambientalmente intolerables.
La reversión (como la división del trabajo) es cualitativa y cuantitativa. Existe una infinidad de actividades referidas a innumerables actividades productivas y administrativas que requieren de nuevas capacidades y existe una necesidad de que un número cada vez mayor de personas participen en la vida económica capitalista. Al ser un sistema que no regula a la baja la división del trabajo y la productividad media, sino que sólo puede permitirse ampliarlas para sostener la tasa de ganancia y la percepción de sustentabilidad, los pulmones del capitalismo buscan en cada respiración una expansión mayor de su ya descomunal tórax.
Nunca hubo bestia tan pesada de soportar para la tierra. Su enorme y creciente tamaño exige descomunales cantidades de energía y trabajo para funcionar. No hay ningún secreto en la relación que hay entre la expansión del capitalismo a escala global y la multiplicación de personas sobre la faz del mundo. Cuando escuchamos hablar de la explosión demográfica no es esa otra cosa que la tremenda inflación en la capacidad del sistema de hincharse de energía y gastarla.
Recordemos que aquí distinguimos entre energía (como potencial capacidad de trabajo) y el trabajo humano propiamente dicho, que adhiere a la fuerza la voluntad de decidir en dónde y cómo la energía potencial contenida en la naturaleza se aplica a la transformación de otras partes de la naturaleza para transformarla en su provecho (en lo que cree que es su provecho). Hoy, como siempre, es este trabajo vivo el que lo dirige todo. Pero es un sistema de incontrolado crecimiento el que orienta este trabajo humano, de modo que la racionalidad que le da forma a las acciones particulares contribuye a la irracionalidad de los resultados generales. A nadie le conviene que el sistema siga funcionando, porque conlleva la destrucción de todo el sustrato humano y natural que constituye su propio organismo, pero en la escala de observación particular una fracción muy importante (no hay que negarlo) de la población mundial percibe beneficios materiales y vitales que ningún otro sistema social preexistente podía proporcionar.
De esta manera, cuando los gurúes de las crisis nos alertan sobre los riesgos del estancamiento, de la falta de crecimiento económico y temen por la evolución de las ganancias y los dividendos, cuando nos alteramos por la caída del valor de las monedas de referencia, sufrimos por nuestros ahorros y tememos no terminar de remodelar nuestro baño, no debemos confundirnos: nuestro gran animal social suelta el aire (muy poco, en realidad, la crisis destruye generalmente una parte menor de la estructura). Pero probablemente volverá a tomar ese aire, y más aún, mientras no lo agote, se derrumbe, y nos aplaste en su caída. Y será difícil saber cuando este desmedido animal llenará el pecho saludablemente una y otra vez y cuando resollará pesadamente en agonía.
Así respira la bestia.
Llevo varios días con bastante fiebre y una tos seca que cada vez que me sale me empuja levemente el cráneo para arriba y el cerebro para atrás. Son varios días con recalentamiento neuronal, varios días sin trabajar, varios días sin leer, ni tocar la guitarra, sin comer bien. ¿Tiene algo de esto relación con lo que sigue? Por supuesto. Pero no estoy en condiciones de establecer cuál es esa relación...
Es parte de la tradición en las ciencias sociales preocupadas por la estructura social y la macroeconomía de las sociedades contemporáneas hablar de “crisis del capitalismo”. Hay muchas versiones de lo que se entiende por crisis para este sistema social, pero es quizá posible rastrear elementos generales.
Puede proponerse que la crisis se presenta cuando se da el siguiente ciclo de circunstancias:
o Resulta imposible colocar en el mercado una masa de mercancías igual o superior a la del momento anterior (definido arbitrariamente: según el ciclo anual, trimestral, mensual), considerando en términos medios de producción, es decir, sin atender a las circunstancias particulares de ciertas mercancías, a pesar de lo que opinaba el amigo Castoriadis. Algunas mercancías se venderán más que antes, pero la masa agregada tenderá a la baja.
o Como consecuencia, ya no será posible tampoco realizar la masa de ganancia capitalista media, considerada en relación con un momento anterior (lo de “momento anterior” se destaca para mostrar el carácter dinámico del ciclo).
o Caen las expectativas de los poseedores y administradores de capital de colocar mercancías y generar ganancias en un momento posterior (un gran aporte teórico externo a la lógica estructural marxista es precisamente la incorporación de la expectativa racional e instrumental al desenvolvimiento de los actores sociales).
o Cede la producción de empleo y, principalmente, tienden a deteriorarse las condiciones de empleo. Parece lo mismo dicho al revés, pero no lo es: por una parte, no se generan nuevos empleos pero, por otra parte, los dueños y administradores del capital intentan recuperar la ganancia perdida deteriorando las condiciones laborales y salariales.
o Al aumentar la desocupación y deteriorarse el empleo, y considerando que las masas asalariadas son también las masas consumidoras, cae la masa de consumo potencial y, si no hay algún tipo de freno, se produce un regreso al primer elemento.
Pero esta caracterización dinámica no es histórica. Los puntos no están numerados porque el ciclo no comienza necesariamente en el primer punto. Además, no se ve claro como se recupera el ciclo descendente.
La caracterización marxista más tradicional, en donde la crisis capitalista se presentaba como un momento de sobreproducción de mercancías, tuvo innumerables desarrollos posteriores. Se puede aquí vincular la crisis con la innovación técnica y tecnológica, con el ciclo “normal” de la competencia capitalista y con la subsecuente tendencia a la caída de la tasa de ganancia y la búsqueda de nuevas competencias (incrementando la productividad y la competitividad), buscando o creando nuevos mercados que, cuando no son encontrados lo suficientemente rápido, producen la detención del ciclo y la aparición de la crisis.
Más adelante fue necesario reconsiderar el papel del estado en tanto agente de aprendizaje político, de freno, de controlador de los desequilibrios del mercado que podían conducir a la crisis, o como agente de poder para revertirla cuando se presentaba. El estado fue también el mecanismo de expansión de la lógica capitalista de reproducción social, es decir, de la conversión de los sistemas sociales de otras poblaciones humanas en capitalismos periféricos, secundarios, subsidiarios, dependientes, etcétera (también hay muchas posiciones teóricas en este aspecto).
También la lucha de clases (al menos cuando las masas trabajadoras tenían eso tan lindo de “consciencia de clase”) es un elemento que, en apariencia paradójicamente, contribuía para frenar la crisis. No hay tal paradoja: el interés inmediato del inversor capitalista es producir la ganancia y el subsiguiente es incrementarla. No tiene consciencia global del proceso de producción y consumo, sino que se preocupa por ese plazo que le marca el ciclo de producción y distribución de la mercancía. De manera general, agregada, eso produce un constante deterioro de las condiciones de los trabajadores que aportan el trabajo que constituye el sustrato del valor que el mercado traduce en el idioma monetario del dinero. Si esta tendencia permanece, el ciclo empieza por el último punto, pero alimenta la crisis de sobreproducción, porque las masas ya no pueden consumir lo que ellas mismas producen, al no bastar sus salarios agregados para ello (o al no tener tiempo material para consumir). En este punto, la lucha de clases, desarrollada por las masas trabajadoras y sus intelectuales orgánicos, cuando no consigue (y hasta ahora nunca consiguió realmente) cambiar la lógica de producción y reproducción social, puede alcanzar unos “derechos” para los trabajadores que los rehabilitan como consumidores, salvando a los capitalistas de su propia codicia (lo cual constituye la más cruel ironía trágica que pueda uno imaginarse).
Mirando el contexto del capitalismo contemporáneo, por ejemplo, desde el fin de la segunda guerra mundial, vemos que, en realidad, el capitalismo mundial es un conjunto interrelacionado de experiencias capitalistas muy disímiles entre sí que interactúan poderosamente, de tal manera que la crisis capitalista toma un aspecto muy diferente. Actualmente, se habla de crisis cuando afecta a un número considerable de “grandes economías” o, hablando llanamente, cuando sufren pánico no-ganancial los agentes capitalistas de Estados Unidos, Europa o Japón. Cuando la crisis ocurre (y casi siempre es más violenta) en la periferia, se habla de corrupción, de incorrección fiscal, de despilfarro, de falta de democracia. Calladamente, se habla también de oportunidades.
Si la crisis toma forma política (y casi siempre también termina por hacerlo, a menos que haya una dictadura muy firme) la preocupación es la forma en la que puede afectar a las economías centrales: ¿faltarán insumos esenciales? ¿Se cerrarán mercados? ¿Se promoverán horrendas políticas “populistas” que alimenten, eduquen y cuiden la salud de las poblaciones a un precio controlado por el estado?
Los esperanzados marxistas revolucionarios del pasado creían (¡Benditos sean sus inmensos, modernos e ingenuos cerebros!) que al fin llegaría una crisis que todo el capitalismo del mundo no podría superar, las masas trabajadoras tomarían el poder, terminarían con la existencia de las clases sociales y ya no existirían conflictos sociales estructurales, hasta el estado tal como lo conocemos terminaría por extinguirse. Créanme cuando les digo que envidio esa esperanza perdida como envidio al creyente que no cree en la muerte, sino en un deslizamiento vertical de la tierra al paraíso.
No voy a negar la existencia del ciclo de crisis esbozado más arriba, sino la premisa de que la crisis (la última, la decisiva) en el capitalismo es estructural porque depende del conflicto básico entre clases. Pero no es tampoco que niegue el conflicto entre clases. Simplemente, creo que la crisis última es una consecuencia estructural de un fenómeno más profundo y silencioso, diferente de estas crisis cíclicas que parecen y se superan.
Veamos primero mi principal diferencia con el pensamiento marxista respecto del punto límite al que llega la sociedad. El marxismo suponía que la crisis final sobrevenía cuando las relaciones de producción (significadas legalmente en las relaciones de propiedad) trababan, impedían, obstaculizaban el desarrollo de las fuerzas productivas o (lo que es otra forma de lo mismo) el proceso de división del trabajo social, tanto en sus aspectos cuantitativos como cualitativos. Según esta perspectiva, cuando unas relaciones de producción predominantes ya no permitían el aumento de la productividad o la división del trabajo, la lógica (naturalizada) de dicho aumento obligaban a un cambio revolucionario de las estructuras sociales.
Sin embargo, en ningún momento se explica por qué el desarrollo de las fuerzas productivas o el incremento de la división del trabajo son movimientos sociales tan imperativos y ello por una buena razón. Porque no lo son. Se trata de un problema de escala de observación. En última instancia, todo gran problema científico es un problema de escala de observación y todo gran cambio implica un cambio de escala, además de un cambio de configuración. Los pensadores modernos (marxistas o liberales) miraban la historia humana, su progreso técnico, artístico, científico, y asumían dos cosas erróneas: por un lado, que eso suponía un progreso ético-moral, por otro lado, que se trataba de un proceso necesario.
Muy por el contrario, sólo en circunstancias muy especiales la división del trabajo aumenta para resolver un problema social. Sólo en una particular configuración (aunque se prolongue por mil años) el aumento de la productividad permanente se convierte en un modo de funcionamiento sustentable de la sociedad humana. Al igual que el resto de los pensadores modernos, los optimistas marxistas observaban el proceso histórico precedente y lo interpretaron según su propia escala de observación: la productividad media parecía haber crecido sin cesar desde la antigüedad.
Desde el punto de vista de la historia económica es posible poner en duda esta apariencia pero, en todo caso, lo que puede desafiarse con limpieza es la interpretación de las causas y consecuencias de este aumento constante de la división del trabajo. No puede proponerse un movimiento natural en un proceso social complejo, sino que debe mostrarse la lógica social, la razón por la cual las fuerzas productivas tenderían siempre a desarrollarse.
Soy de la opinión siguiente: sólo en unas circunstancias muy restringidas el aumento constante de la división del trabajo es una respuesta eficiente para la reproducción social. Que este sea el caso del capitalismo (de lo cual no tengo dudas) no implica que sea el caso de toda sociedad humana.
¿Cuáles son esas circunstancias tan especiales? Básicamente, que las condiciones impuestas por el modo de producción y consumo de los bienes y servicios necesarios (los valores de uso) para reproducir el ciclo de la vida humana en sociedad impidan cualquier otra manera de vincular a la sociedad con el entorno, con sus integrantes y a estos entre sí que no sea la ampliación permanente de la interacción. Mientras la sociedad tenga alternativas más económicas, en términos de consumo de trabajo y energía, la circulación de sus tensiones internas optará, como lo hace cualquier sistema, por la vía de menor resistencia, de tal manera que sólo cuando no es posible mantener ¡ni tampoco disminuir! la división del trabajo (dos opciones mucho más “baratas” que incrementar permanentemente la tensión interna), el sistema se mantendrá funcionando en un régimen de creciente producción y creciente consumo.
Para apreciar este proceso tenemos que ir despacio. En toda sociedad, incluso en la de dos personas abandonadas en una isla, debe haber una distribución del esfuerzo que permita la supervivencia común. Una horda nómada divide el trabajo, por ejemplo, entre cazadores-recolectores y cuidadores de las crías (incluso si el trabajo lo realiza una misma persona en dos momentos distintos debe considerarse que existe división del trabajo, por el mero hecho de que existen dos trabajos imprescindibles al menos).
Si algún genio de la horda descubre que con una piedra se puede matar a un potencial alimento o espantar a un potencial predador a distancia, el macho o la hembra dominante le otorgarán el Nobel de la Horda y buscar piedras del peso adecuado será una nueva tarea social (y el entrenamiento de búsqueda y tiro de piedra nuevos aprendizajes sociales): un solo hecho simple no ha generado una simple división del trabajo, sino una compleja trama de divisiones vinculadas entre sí. No hablemos cuando se incorporan la alfarería, los principios de albañilería con excremento de buey, la curtiembre e innumerables tecnologías más. Ciertamente, algunas viejas tecnologías y aprendizajes desaparecen (finalmente, el Nobel de la Piedra es eclipsado por el Nobel de la Flecha, el Dardo o la Cerbatana). Pero cada tecnología que reemplaza a la anterior requerirá generalmente una ampliación de la división del trabajo. Finalmente, y he aquí la cuestión, para que exista una nueva división del trabajo debe existir un crecimiento de la población que cumpla dichas tareas y pueda sostener el nuevo esquema, socialmente más oneroso que el precedente.
No es la necesidad intrínseca de desarrollo de las fuerzas productivas lo que impulsa la división del trabajo, sino que la propia división del trabajo incrementa las necesidades sociales de consumo de energía humana y de recursos del medioambiente, incentivando una nueva división del trabajo en un ciclo ascendente, pero con el límite impuesto por: a) el acceso a los recursos, b) el aumento de la población, c) el mantenimiento de la supervivencia y d) el costo de socialización e integración de esa población. La división del trabajo no puede extenderse más allá de lo que su propia productividad pueda mantener y por esta razón se presenta la apariencia de que un modo general de producción vinculado con un tipo básico de relaciones sociales bloquea el desarrollo. No es así, ambos elementos no se “bloquean”, sino que se limitan de manera recíproca y compulsiva.
Sin embargo, este auto-impulso de la división del trabajo es también aparente: el aliciente para que se produzca una nueva forma o cantidad de trabajo (en el sentido de que exija dividir el mismo trabajo entre más personas) es la necesidad de una respuesta a determinadas condiciones de insatisfacción de la reproducción social de tal manera que se justifique el esfuerzo en descubrir e implementar una nueva tecnología o técnica. En otras palabras, una cosa es que un descubrimiento técnico tenga lugar y otra muy distinta es que la sociedad pueda permitirse el costo de su introducción en la división del trabajo. La excepción a la regla de la economía creciente (siempre las hay) es cuando una nueva tecnología reemplaza de manera completa a una anterior y aumenta la productividad sin incrementar realmente la división del trabajo pues no se agregan tareas, sino que desaparecen las antiguas.
Con el capitalismo esto ocurre con mucha frecuencia: las tecnologías dominantes del presente difieren mucho de las de generaciones precedentes. Pero aquí ocurre también una reversión de la lógica de sustentación de las sociedades humanas. Incluso las enormes civilizaciones antiguas y los imperios tenían la población que materialmente podían sostener y, como resultado de esta situación, la población mundial (y los trabajos en los que dividía su actividad) se mantuvo en niveles mucho más bajos que los requeridos por el principio de expansión constante que rige al capitalismo. De todas formas, ya esos niveles resultaron en muchos casos ambientalmente intolerables.
La reversión (como la división del trabajo) es cualitativa y cuantitativa. Existe una infinidad de actividades referidas a innumerables actividades productivas y administrativas que requieren de nuevas capacidades y existe una necesidad de que un número cada vez mayor de personas participen en la vida económica capitalista. Al ser un sistema que no regula a la baja la división del trabajo y la productividad media, sino que sólo puede permitirse ampliarlas para sostener la tasa de ganancia y la percepción de sustentabilidad, los pulmones del capitalismo buscan en cada respiración una expansión mayor de su ya descomunal tórax.
Nunca hubo bestia tan pesada de soportar para la tierra. Su enorme y creciente tamaño exige descomunales cantidades de energía y trabajo para funcionar. No hay ningún secreto en la relación que hay entre la expansión del capitalismo a escala global y la multiplicación de personas sobre la faz del mundo. Cuando escuchamos hablar de la explosión demográfica no es esa otra cosa que la tremenda inflación en la capacidad del sistema de hincharse de energía y gastarla.
Recordemos que aquí distinguimos entre energía (como potencial capacidad de trabajo) y el trabajo humano propiamente dicho, que adhiere a la fuerza la voluntad de decidir en dónde y cómo la energía potencial contenida en la naturaleza se aplica a la transformación de otras partes de la naturaleza para transformarla en su provecho (en lo que cree que es su provecho). Hoy, como siempre, es este trabajo vivo el que lo dirige todo. Pero es un sistema de incontrolado crecimiento el que orienta este trabajo humano, de modo que la racionalidad que le da forma a las acciones particulares contribuye a la irracionalidad de los resultados generales. A nadie le conviene que el sistema siga funcionando, porque conlleva la destrucción de todo el sustrato humano y natural que constituye su propio organismo, pero en la escala de observación particular una fracción muy importante (no hay que negarlo) de la población mundial percibe beneficios materiales y vitales que ningún otro sistema social preexistente podía proporcionar.
De esta manera, cuando los gurúes de las crisis nos alertan sobre los riesgos del estancamiento, de la falta de crecimiento económico y temen por la evolución de las ganancias y los dividendos, cuando nos alteramos por la caída del valor de las monedas de referencia, sufrimos por nuestros ahorros y tememos no terminar de remodelar nuestro baño, no debemos confundirnos: nuestro gran animal social suelta el aire (muy poco, en realidad, la crisis destruye generalmente una parte menor de la estructura). Pero probablemente volverá a tomar ese aire, y más aún, mientras no lo agote, se derrumbe, y nos aplaste en su caída. Y será difícil saber cuando este desmedido animal llenará el pecho saludablemente una y otra vez y cuando resollará pesadamente en agonía.
Así respira la bestia.
lunes, 14 de febrero de 2011
HISTORIA VERÍDICA DE CÓMO EL ORGASMO FEMENINO SE DESCUBRIÓ EN MI CASA
Nota previa: el relato que sigue es una reproducción fidedigna de un notable acontecimiento acaecido en enero o febrero de 1999. El relator solicitó su re-edición y aquí se expone (fuera de la tónica general del blog) a los efectos de cumplir con un merecido y nostálgico homenaje a las cosas que hacíamos hace una década... locuras de juventud... que repetiremos cada vez que podamos...
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(Narración a cargo de R... A..., alias "El negro")
Mi nombre es... pueden llamarme como quieran, mientras no me rompan las pelotas.
No demos vueltas al pedo. La cosa vino así.
Estábamos con unos amigos y ya nos habíamos morfado la pizza.
O en una de esas no, pero ya nos habíamos tomado una cervecita seguro, y yo me caía de sueño, bue, más o menos.
Para que no se me arme quilombo no les voy a decir los nombres de los que estábamos pero éramos la negra, yo, la jermu del pelado y el pelado.
La cuestión venía no sé por dónde, pero como pasaban las doce y los dos vasos de birra y los mates de la tarde ya pueden suponer que habíamos agotado los temas de política, sacarle el cuero a la familia, putear por cómo está este ispa y el mundo, cómo nos vamos a ir al carajo y cómo hacer para no irnos allá.
La negra y el pelado se habían enfrascado en una de esas discusiones dónde los dos dicen lo mismo, pero como no se escuchan aprovechan para discutir. Justo no me acuerdo como venía, pero el asunto es que la negra se para y dice algo así como que el reconocimiento del placer sexual de la mujer es cosa de los últimos doscientos años. Me parece que el asunto era por lo de la emancipación de las tipas, como si alguien pudiera emanciparse de algo en este mundo podrido.
Ahí no más el pelado le canta quiero retruco qué de dónde sacaste esas boludeces y la negra se le rió en la jeta y le preguntó si para él era una cosa nueva, que por qué no agarraba una enciclopedia de la historia de la sexualidad (son así, se las dan de intelectuales y se tiran con libros, menos mal que no se creen albañiles). Entonces el pelado le dice que no, que mirá las minas de Creta que andaban con las tetas al aire, que qué dice el Levítico (el pelado es un rabino que se cree ateo), que mirá el Kama Sutra y los jarrones de la dinastía mongo.
Les juro que son así... si no me creen... se pueden ir a cagar.
La negra estaba canchera y como tenía la iniciativa lo mandó a freír churros y el pelado se quedó con bronca.
La mujer, claro está, le llevaba la contra y yo no me metía, dios mío de qué carajo estarán discutiendo.
Las minas iban a la carga, destacando las atrocidades y la sumisión de las mujeres en la antigüedad, cosa que es verdad, y el otro se enfrascaba en decir que todo eso era muy lindo y que estaba muy bien (aunque era muy feo y estaba muy mal), pero que no quería decir que las mujeres no tuvieran orgasmos en tiempos de Nabucodonosor y su hijito el Nabo-Polasar, qué joder.
Se le vuelven a reír y a la postre el tipo se calienta (Van a pensar que el pelado es un boludo que se calienta por cualquier boludez. Es así.) se calienta y les dice: que bueno, que está bien, que a él le parece otra cosa, pero que si ellas, la negra y su mujer, querían creer que eran las primeras mujeres en la historia de la humanidad en haber tenido un orgasmo, está bien.
La verdad es que me cagué de risa.
La cosa no terminó ahí, las tipas se metieron en seguir discutiendo de nuestro machismo (y el suyo) y el pelado, que había salido perdiendo más o menos por goleada, estaba igual contento porque parece que discutir le sirve solamente si puede hacer un chiste.
Después pasamos al abuso de menores y que si el pelado no sabía todos los tipos de orgasmos diferentes que tienen las minas (les faltó hacerle un folleto para leer en el bondi) y finalmente debatimos acerca de la justicia (que no existe). Pero no hay sorpresa porque con el pelado siempre terminamos hablando de lo mismo, yo no sé si el tipo se da cuenta de lo obsesionado que está con el asunto.
Bueno, los machos hicimos mate y levantamos los platos (las otras se hicieron las boludas) eran como las dos de la mañana del domingo y los lunes se labura, o sea que: “hablamos nos vemos un beso chau-chau rajen de acá que me voy al sobre”.
Pero tengo que decir que, aunque creo que el orgasmo femenino sí existía antes de Matusalén, que cosa, que apoliyo, loco, me estoy durmiendo, el asunto es interesante.
Mirá si fuera verdad, pasa un bondi y ladra el perro del vecino, si en mi propia casa se descubrió finalmente la verdad de la milanesa del orgasmo femenino... a lo mejor la negra y la mujer del pelado tienen razón... que sueño... será por eso que el mundo anduvo siempre para el carajo...
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(Narración a cargo de R... A..., alias "El negro")
Mi nombre es... pueden llamarme como quieran, mientras no me rompan las pelotas.
No demos vueltas al pedo. La cosa vino así.
Estábamos con unos amigos y ya nos habíamos morfado la pizza.
O en una de esas no, pero ya nos habíamos tomado una cervecita seguro, y yo me caía de sueño, bue, más o menos.
Para que no se me arme quilombo no les voy a decir los nombres de los que estábamos pero éramos la negra, yo, la jermu del pelado y el pelado.
La cuestión venía no sé por dónde, pero como pasaban las doce y los dos vasos de birra y los mates de la tarde ya pueden suponer que habíamos agotado los temas de política, sacarle el cuero a la familia, putear por cómo está este ispa y el mundo, cómo nos vamos a ir al carajo y cómo hacer para no irnos allá.
La negra y el pelado se habían enfrascado en una de esas discusiones dónde los dos dicen lo mismo, pero como no se escuchan aprovechan para discutir. Justo no me acuerdo como venía, pero el asunto es que la negra se para y dice algo así como que el reconocimiento del placer sexual de la mujer es cosa de los últimos doscientos años. Me parece que el asunto era por lo de la emancipación de las tipas, como si alguien pudiera emanciparse de algo en este mundo podrido.
Ahí no más el pelado le canta quiero retruco qué de dónde sacaste esas boludeces y la negra se le rió en la jeta y le preguntó si para él era una cosa nueva, que por qué no agarraba una enciclopedia de la historia de la sexualidad (son así, se las dan de intelectuales y se tiran con libros, menos mal que no se creen albañiles). Entonces el pelado le dice que no, que mirá las minas de Creta que andaban con las tetas al aire, que qué dice el Levítico (el pelado es un rabino que se cree ateo), que mirá el Kama Sutra y los jarrones de la dinastía mongo.
Les juro que son así... si no me creen... se pueden ir a cagar.
La negra estaba canchera y como tenía la iniciativa lo mandó a freír churros y el pelado se quedó con bronca.
La mujer, claro está, le llevaba la contra y yo no me metía, dios mío de qué carajo estarán discutiendo.
Las minas iban a la carga, destacando las atrocidades y la sumisión de las mujeres en la antigüedad, cosa que es verdad, y el otro se enfrascaba en decir que todo eso era muy lindo y que estaba muy bien (aunque era muy feo y estaba muy mal), pero que no quería decir que las mujeres no tuvieran orgasmos en tiempos de Nabucodonosor y su hijito el Nabo-Polasar, qué joder.
Se le vuelven a reír y a la postre el tipo se calienta (Van a pensar que el pelado es un boludo que se calienta por cualquier boludez. Es así.) se calienta y les dice: que bueno, que está bien, que a él le parece otra cosa, pero que si ellas, la negra y su mujer, querían creer que eran las primeras mujeres en la historia de la humanidad en haber tenido un orgasmo, está bien.
La verdad es que me cagué de risa.
La cosa no terminó ahí, las tipas se metieron en seguir discutiendo de nuestro machismo (y el suyo) y el pelado, que había salido perdiendo más o menos por goleada, estaba igual contento porque parece que discutir le sirve solamente si puede hacer un chiste.
Después pasamos al abuso de menores y que si el pelado no sabía todos los tipos de orgasmos diferentes que tienen las minas (les faltó hacerle un folleto para leer en el bondi) y finalmente debatimos acerca de la justicia (que no existe). Pero no hay sorpresa porque con el pelado siempre terminamos hablando de lo mismo, yo no sé si el tipo se da cuenta de lo obsesionado que está con el asunto.
Bueno, los machos hicimos mate y levantamos los platos (las otras se hicieron las boludas) eran como las dos de la mañana del domingo y los lunes se labura, o sea que: “hablamos nos vemos un beso chau-chau rajen de acá que me voy al sobre”.
Pero tengo que decir que, aunque creo que el orgasmo femenino sí existía antes de Matusalén, que cosa, que apoliyo, loco, me estoy durmiendo, el asunto es interesante.
Mirá si fuera verdad, pasa un bondi y ladra el perro del vecino, si en mi propia casa se descubrió finalmente la verdad de la milanesa del orgasmo femenino... a lo mejor la negra y la mujer del pelado tienen razón... que sueño... será por eso que el mundo anduvo siempre para el carajo...
lunes, 7 de febrero de 2011
Notas sobre el sindicalismo en Argentina que terminan promoviendo la calvicie
Me mandaron un muy buen artículo titulado “La presencia sindical en el lugar de trabajo: Dinamismo organizativo y efectos políticos”, de Paula Lenguita (Amiga, socióloga, investigadora (CEIL-PIETTE) del CONICET. En él se traza una interesante caracterización de la evolución de la vida sindical argentina. Me gusta el artículo porque narra la historia sin ser historicista y desarrolla contenidos teóricos sin abrumar la mirada (como me suele pasar a mí. Como soy como soy, me animé a hacer algunos comentarios, dialogando con el escrito (cuyas citas están entre comillas) y el resultado es el que sigue.
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“Reconocemos en la fábrica un ámbito privilegiado para disputar el control patronal”... pero no para disputar realmente la lógica del sistema, función que, según Gramsci, estaba en manos del partido político. Por sí mismo, el sindicalismo que disputa con el capitalista particular, e incluso con la patronal en términos de lucha por la distribución de la riqueza, pero sin cambiar las bases de funcionamiento del sistema, es, en la práctica un dispositivo regulador y conservador del capitalismo (razón por la cual, en última instancia, yo no puedo ser kirchnerista).
Pero se dice: “la fábrica es el territorio natural de materialización de la acción gremial, orientándola hacia la disputa por subvertir el orden patronal”. O puede verse desde esta perspectiva: al menos en lo que entiendo de la lógica general de la lucha contra-hegemónica en Gramsci, el territorio natural para la verdadera subversión es el estado (en donde actúa “el príncipe moderno”). Por otra parte, en la práctica, rara vez el sindicalismo ha sido un medio de lucha realmente subversiva si una fuerza política no vinculaba su acción al estado de manera directa y firme (como en el bolcheviquismo). De otra forma, el sindicalismo podía convertirse fácilmente en un instrumento puramente regulador en manos del estado corporativo, como en el caso de los Sindicatos Franquistas en España, el Fascismo en Italia, el Nacionalsocialismo en Alemania y buena parte del sindicalismo en Inglaterra y EEUU. En mi opinión, el peronismo de los 40 y 50 (del siglo pasado ya, que viejos estamos) seguía aproximadamente esta tendencia.
Es cierto, como se dice en el texto, que “el potencial organizativo de la clase obrera se hace efectivo con la huelga, situación frente a la cual se establecen los límites de la explotación y se cuestiona la autoridad patronal sobre el orden productivo. Ese cuestionamiento del poder patronal queda establecido por la organización obrera en la fábrica”. Sin embargo, por sí misma la huelga no es un instrumento de subversión, aunque sea fundamental en la lucha clasista. Simplemente regula la tasa de explotación modificando las condiciones laborales o salariales, pero no alterando las características estructurales de la relación básica capitalista. Si el sindicalismo rompe las relaciones de propiedad, deja de ser sindicalismo, porque los trabajadores dejan de referirse a los patrones como gestores de la producción para ser ellos mismos los gestores o (nuevamente en la práctica) son las oficinas burocráticas del estado las que ocupan este papel de gestión.
De acuerdo: “estudiar a las comisiones internas y a los cuerpos de delegados permite delimitar una parte de la experiencia política de la clase obrera, porque da cuenta de esa capacidad gremial sobre el espacio fabril”. Pero de aquí a que “los alcances de esa disputa gremial son definitivos sobre la explotación y la subordinación capitalista” hay mucho trecho, porque para el sindicalismo en general “defender el trabajo” aunque sea en mejores condiciones, es generalmente dentro de los límites en los cuales el capitalista sigue posicionado estructuralmente como dueño de los medios de producción e, ideológicamente, como dueño de los puestos de trabajo, como “dador de empleo”. Así, decir que “la lucha obrera “en” los establecimientos productivos está en condiciones de revertir la opresión patronal, en la medida en que logra imponer un límite a esa autoridad, y su ordenamiento productivo” tiene dos caras. Por un lado, la lucha obrera puede poner límites a la tasa de explotación, pero no revertir el flujo del esfuerzo no pagado que el mercado refunde en la plusvalía. Por otra parte, mientras la gestión de la producción en sí (el modo y el objeto de la actividad productiva) no sean desafiadas por la lucha obrera, aunque varíen las condiciones de explotación y subordinación las condiciones de alienación de casi todo nivel permanecen intactas.
Todo esto aparece bastante claro en cuanto se describe en el artículo el desarrollo en Argentina: las uniones de trabajadores de socialistas y anarquistas eran de un corte diferente a la del sindicalismo de los años 40 (también la estructura productiva y las características socio-demográficas de la clase obrera y la clase media habían cambiado mucho con el proceso de sustitución de importaciones). Por otra parte, se indica que es la orientación del peronismo (es decir, la ocupación del aparato del estado, al menos parcialmente, por parte de una ideología corporativista y no liberal-conservadora) la que habilita el crecimiento de un nuevo tipo de sindicalismo. Dicho de otra forma, el sindicalismo con el peronismo se vuelve mucho más fuerte, pero también menos revolucionario, por no señalar que la profesionalización de los cuadros sindicales fue paralela a su burocratización y corruptibilidad. Así: “esa articulación política entre un gremialismo floreciente y un partido de arraigo popular explica el porqué de ese poder sindical en Argentina, impuesto tanto dentro como fuera de las fábricas” hace aparecer el desarrollo como dos procesos diferenciados y, en una estructura económica donde la exportación primaria era todavía muy importante, relega el impacto del contexto internacional.
A fin de cuentas, argentina no le declaró la guerra al eje corporativista Roma-Berlín-Tokio sino hasta el final de la guerra, Perón se exilio en la España franquista y no en Rusia bolchevique y los gobiernos militares argentinos (tan profundamente anticomunistas y represores del sindicalismo) no dejaron de vender carnes y granos al bloque comunista. Si el sindicalismo peronista encontró tanta resistencia en los sectores privilegiados, no hay que olvidar que eso ocurrió también porque los sectores privilegiados argentinos estaban fracturados en la gran burguesía agraria y la mediana burguesía industrial, que es en donde actúa el sindicalismo de fábrica. Es decir que, con la expulsión de Perón no sólo se estableció una lucha contra el sindicalismo, sino también contra un modelo de desarrollo de base industrial-fabril. No era una lucha por defender un sistema de producción (que con el peronismo nunca estuvo en disputa), sino un conflicto por dirimir el régimen de explotación en base al predominio de una orientación general de la producción.
Como consecuencia, la lucha clandestina del peronismo evolucionó desde 1955 en esa fractura tan notable del justicialismo: el sindicalismo corporativista, el peronismo ideológico revolucionario y el peronismo político anticomunista (que es el que termina eligiendo Perón a su regreso, con figuras como Ruckauf, López Rega, el viejo Cafiero, Duhalde y demás, también vinculadas a las familias feudales “peronistas” del interior del país, como los Menem, sin ir más lejos). Así, decir que “La limitación de ese poder interno del sindicalismo, comenzó, paradójicamente, con la vuelta de Perón al poder” no es en realidad una paradoja, sino el resultado de una readecuación de los vínculos entre fracciones sindicales ideológicamente diferentes entre sí y el aparato del estado en su fase política. El propio informe de la CONADEP refleja que el grueso de las desapariciones de sindicalistas en la dictadura era de trabajadores de base y no de “gordos” que, de hecho, facilitaron (si no contribuyeron) con la purga del sindicalismo peronista y el peronismo ideológico revolucionario.
En el primer análisis del impacto de la represión del Proceso de Reorganización Nacional no tengo objeciones, aunque me cuesta un poco ver la “debilidad” frente a la lucha obrera más allá de un cierto desconcierto ideológico en el contexto de la guerra fría. En alguna medida, los sectores conservadores sobreestimaron el potencial revolucionario de las fuerzas de izquierda para que su contraataque respecto de la base industrial argentina fuera más contundente, a tal punto que sólo veinte años después del fin de la dictadura se dieron las condiciones para desafiar una vez más (y en el contexto de una crisis brutal) la estructura del capitalismo argentino, aunque siempre teniendo como horizonte su rearticulación y nunca su desaparición.
Es cierto que la ofensiva conservadora no supo controlar ideológicamente a la clase obrera (y de allí el uso taxativo de la capacidad represiva del estado. Pero eso no es tan raro, el propio Gramsci balancea la tensión entre poder (ideológico) y fuerza (militar), como después Althusser distinguió los aparatos ideológicos de los represivos. Por otro lado, no creo que solamente a ese uso de la fuerza deba atribuirse la debilidad sindical en los 90. A fin de cuentas, el sindicalismo fue una fuerza importante del justicialismo contra el radicalismo. En buena medida, esa dependencia ideológica del sindicalismo de las fuerzas políticas dominantes en el peronismo vinculado al estado (en donde triunfó un peronismo de derecha cada vez menos corporativista y más pragmático) también es responsable y motivadora de la fractura de la CGT y la aparición de la CTA, que fue en su momento un intento de reconstruir la capacidad contra-hegemónica del sindicalismo. Por supuesto, la destrucción acentuada de empleo industrial y el crecimiento del sector servicios (mucho más permeado por trabajadores de clase media desvinculados del peronismo y muy reacios o incapaces de articularse sindicalmente) no pudieron menos que debilitar la capacidad sindical en su conjunto.
No puedo estar más de acuerdo en que las “alternativas de análisis gramsciano tienen que ser recuperadas con cautela. Porque los puntos de vista teóricos que sustenta, respecto a la disputa de la autoridad fabril y sus formas de control, no deben forzarse”. Muchos factores alteran ese análisis cifrado por la lucha para el control del aparato del estado y la construcción de la hegemonía. El “bloque histórico” nunca respetó (pero ahora menos que nunca) las intermitentes y frágiles fronteras económicas de los estados nacionales en el capitalismo. La globalización y el carácter inconsciente de buena parte de la constitución ideológica de los sujetos en la actualidad refuerzan esta sensación de incomodidad frente al pensamiento de Gramsci, cuando se trata de evaluar la actuación de una serie de actores sociales interconectados por campos de lucha social mucho menos definidos (aunque mucho más definidores) que en el pasado.
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Algo aparte: sobre la mirada de la clase media con mucho pelo en el pecho, en la espalda, en todos lados.
En Argentina se habla mucho de “Clase media”. En un sentido económico, eso define estructuralmente a gente muy diversa (trabajadores independientes y dependientes, profesionales de actividad exclusiva o mixta, etc., las alternativas son muchas) y, monetariamente, ubica a la gente que, por su nivel de ingresos, cae en la franja media respecto de su posición frente al mercado de bienes y servicios (incluyendo su capacidad de ahorro).
Sin embargo, la heterogeneidad no es solamente en cuanto a tipo de actividad, contrato o vinculo con las agencias del estado, gremios o sindicatos. La heterogeneidad es también profundamente ideológica y simbólica. Para dibujar la cuestión, diré que hay dos clases medias, cuya diferencia es difusa y de tipo ideológico donde la frontera, podría decirse, es el vínculo con el estado. Por un lado, está la clase media trabajadora que pide al estado (sobre todo a través de la ideología corporativista peronista) por sus derechos sociales y económicos y, por otro lado, está la clase media que suele definirse en contra de esta tendencia (lo que en la jerga se asocia al conservadurismo, la gran industria, la burguesía agraria) y que en la práctica directa o indirecta opone a los derechos económicos y sociales los derechos liberales, que generalmente colisionan en el papel del estado en cuanto a la recolección de impuestos y, principalmente, el modo de distribución del ingreso público.
Para esta segunda clase media, tradicionalmente y de manera poco crítica, el sindicalismo y el peronismo son lo peor que le paso al país y, a menos que aparezca un “peronista atípico” (no tan atípico), ultra-liberal en lo económico y políticamente conservador en aspectos sociales (como fue Carlos Saúl Menem y son hoy muchos otros), prefieren votar a un Yacaré Muerto antes que a un “peronista de verdad”. La amenaza a la que temen, claro está, es a eso que se llama débilmente “populismo”, interpretado como una tendencia a satisfacer las exigencias holgazanas y ventajistas de una población percibida no como proletaria, sino como lumpen-proletaria, periférica al sistema. En esta caracterización, lamento decirlo, persisten una buena dosis de racismo, elitismo y una pretensión de pertenencia a los sectores dominantes que hacen ver con mal ojo cualquier progreso de los “sectores populares”. En una palabra, a una buena parte de esta clase media le patea el hígado ver que los pobres de siempre se le acercan en la escala social, la desespera esa idea de equidad distributiva y (aunque lo nieguen) prefieren vivir en un país con fuertes diferencias sociales que en uno solidario y equitativo, donde el progreso sea humano y no sólo material.
Tal es la fuerza de su convicción ideológica en el “gorilismo” que no hay ningún dato económico de crecimiento, estabilidad, empleo o lo que sea que convenza a esta segunda clase media de que todo lo que huela a peronismo o sindicalismo es malo (excepto a quienes se han criado en estructuras amigables al peronismo, claro está). El problema principal es que el gorilismo de clase media cae en la lógica maniquea de que “todo enemigo de mi enemigo es mi amigo”, por lo que suelen apoyar posiciones políticas e ideológicas que les son ajenas e incluso claramente perjudiciales, o se dejan comprar con la promesa de que a ellos no los afectará el ajuste.
Últimamente, esta clase media se ha refugiado el discurso de los medios masivos de comunicación, tras la amenaza de la inseguridad ciudadana (que realmente existe, por otro lado), asociándola con más o menos fuerza al populismo y olvidando la correlación que suele existir entre criminalidad y pobreza, de tal manera que subsanando la segunda se limita la primera. Será que les gusta la tensión social, y prefieren vivir en México, ricos y rodeados de seguridad privada, antes que en Suecia, consumiendo medianamente y sin terror a salir a la calle.
Es bien cierto que el estilo de confrontación y prepotencia que suele caracterizar al sindicalismo argentino y a sus aliados en el sector político no contribuyen a modificar este imaginario, de tal manera que la fractura ideológica y política de la clase media permanece incluso cuando se disuelven algunas contradicciones estructurales y culturales.
A mí, personalmente, nadie va a acusarme de peronista o de kirchnerista (de hecho, a nadie le importa acusarme políticamente de nada). En fin, lo que quiero decir es que, en el país de los ciegos, el tuerto es rey. De manera que invito a aquellos que tienen demasiado pelo delante de los ojos, al menos, a reconocer que no todo lo que se opone al peronismo es bueno porque sí. No creo que deban bautizarse en el peronismo, que es una hostia y un vino que no hacen tampoco a mi alimento cotidiano, pero no me anden apoyando a la derecha ultra-liberal que destruye la educación y la salud, que revienta la justicia, que se pasa los derechos humanos por... la suela de los zapatos, solamente porque no son peronistas. Ahora que viene año electoral, tenga cuidado también con esos que parecen oponerse al ultra-liberalismo y al populismo pero que, como no tienen poder, convicción ni programa, terminan siendo la cereza del postre que se comen los verdaderos gorilas. No sea zapallo, persona de clase media antiperonista: los gorilas son otros, no usted... para esos gorilotes usted, con suerte, llega a chimpancé. En serio, si hay que elegir un homínido para pensar en política, elijamos al homo sapiens, ¿Sabe cual le digo? Es el que tiene menos pelo en el cuerpo.
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“Reconocemos en la fábrica un ámbito privilegiado para disputar el control patronal”... pero no para disputar realmente la lógica del sistema, función que, según Gramsci, estaba en manos del partido político. Por sí mismo, el sindicalismo que disputa con el capitalista particular, e incluso con la patronal en términos de lucha por la distribución de la riqueza, pero sin cambiar las bases de funcionamiento del sistema, es, en la práctica un dispositivo regulador y conservador del capitalismo (razón por la cual, en última instancia, yo no puedo ser kirchnerista).
Pero se dice: “la fábrica es el territorio natural de materialización de la acción gremial, orientándola hacia la disputa por subvertir el orden patronal”. O puede verse desde esta perspectiva: al menos en lo que entiendo de la lógica general de la lucha contra-hegemónica en Gramsci, el territorio natural para la verdadera subversión es el estado (en donde actúa “el príncipe moderno”). Por otra parte, en la práctica, rara vez el sindicalismo ha sido un medio de lucha realmente subversiva si una fuerza política no vinculaba su acción al estado de manera directa y firme (como en el bolcheviquismo). De otra forma, el sindicalismo podía convertirse fácilmente en un instrumento puramente regulador en manos del estado corporativo, como en el caso de los Sindicatos Franquistas en España, el Fascismo en Italia, el Nacionalsocialismo en Alemania y buena parte del sindicalismo en Inglaterra y EEUU. En mi opinión, el peronismo de los 40 y 50 (del siglo pasado ya, que viejos estamos) seguía aproximadamente esta tendencia.
Es cierto, como se dice en el texto, que “el potencial organizativo de la clase obrera se hace efectivo con la huelga, situación frente a la cual se establecen los límites de la explotación y se cuestiona la autoridad patronal sobre el orden productivo. Ese cuestionamiento del poder patronal queda establecido por la organización obrera en la fábrica”. Sin embargo, por sí misma la huelga no es un instrumento de subversión, aunque sea fundamental en la lucha clasista. Simplemente regula la tasa de explotación modificando las condiciones laborales o salariales, pero no alterando las características estructurales de la relación básica capitalista. Si el sindicalismo rompe las relaciones de propiedad, deja de ser sindicalismo, porque los trabajadores dejan de referirse a los patrones como gestores de la producción para ser ellos mismos los gestores o (nuevamente en la práctica) son las oficinas burocráticas del estado las que ocupan este papel de gestión.
De acuerdo: “estudiar a las comisiones internas y a los cuerpos de delegados permite delimitar una parte de la experiencia política de la clase obrera, porque da cuenta de esa capacidad gremial sobre el espacio fabril”. Pero de aquí a que “los alcances de esa disputa gremial son definitivos sobre la explotación y la subordinación capitalista” hay mucho trecho, porque para el sindicalismo en general “defender el trabajo” aunque sea en mejores condiciones, es generalmente dentro de los límites en los cuales el capitalista sigue posicionado estructuralmente como dueño de los medios de producción e, ideológicamente, como dueño de los puestos de trabajo, como “dador de empleo”. Así, decir que “la lucha obrera “en” los establecimientos productivos está en condiciones de revertir la opresión patronal, en la medida en que logra imponer un límite a esa autoridad, y su ordenamiento productivo” tiene dos caras. Por un lado, la lucha obrera puede poner límites a la tasa de explotación, pero no revertir el flujo del esfuerzo no pagado que el mercado refunde en la plusvalía. Por otra parte, mientras la gestión de la producción en sí (el modo y el objeto de la actividad productiva) no sean desafiadas por la lucha obrera, aunque varíen las condiciones de explotación y subordinación las condiciones de alienación de casi todo nivel permanecen intactas.
Todo esto aparece bastante claro en cuanto se describe en el artículo el desarrollo en Argentina: las uniones de trabajadores de socialistas y anarquistas eran de un corte diferente a la del sindicalismo de los años 40 (también la estructura productiva y las características socio-demográficas de la clase obrera y la clase media habían cambiado mucho con el proceso de sustitución de importaciones). Por otra parte, se indica que es la orientación del peronismo (es decir, la ocupación del aparato del estado, al menos parcialmente, por parte de una ideología corporativista y no liberal-conservadora) la que habilita el crecimiento de un nuevo tipo de sindicalismo. Dicho de otra forma, el sindicalismo con el peronismo se vuelve mucho más fuerte, pero también menos revolucionario, por no señalar que la profesionalización de los cuadros sindicales fue paralela a su burocratización y corruptibilidad. Así: “esa articulación política entre un gremialismo floreciente y un partido de arraigo popular explica el porqué de ese poder sindical en Argentina, impuesto tanto dentro como fuera de las fábricas” hace aparecer el desarrollo como dos procesos diferenciados y, en una estructura económica donde la exportación primaria era todavía muy importante, relega el impacto del contexto internacional.
A fin de cuentas, argentina no le declaró la guerra al eje corporativista Roma-Berlín-Tokio sino hasta el final de la guerra, Perón se exilio en la España franquista y no en Rusia bolchevique y los gobiernos militares argentinos (tan profundamente anticomunistas y represores del sindicalismo) no dejaron de vender carnes y granos al bloque comunista. Si el sindicalismo peronista encontró tanta resistencia en los sectores privilegiados, no hay que olvidar que eso ocurrió también porque los sectores privilegiados argentinos estaban fracturados en la gran burguesía agraria y la mediana burguesía industrial, que es en donde actúa el sindicalismo de fábrica. Es decir que, con la expulsión de Perón no sólo se estableció una lucha contra el sindicalismo, sino también contra un modelo de desarrollo de base industrial-fabril. No era una lucha por defender un sistema de producción (que con el peronismo nunca estuvo en disputa), sino un conflicto por dirimir el régimen de explotación en base al predominio de una orientación general de la producción.
Como consecuencia, la lucha clandestina del peronismo evolucionó desde 1955 en esa fractura tan notable del justicialismo: el sindicalismo corporativista, el peronismo ideológico revolucionario y el peronismo político anticomunista (que es el que termina eligiendo Perón a su regreso, con figuras como Ruckauf, López Rega, el viejo Cafiero, Duhalde y demás, también vinculadas a las familias feudales “peronistas” del interior del país, como los Menem, sin ir más lejos). Así, decir que “La limitación de ese poder interno del sindicalismo, comenzó, paradójicamente, con la vuelta de Perón al poder” no es en realidad una paradoja, sino el resultado de una readecuación de los vínculos entre fracciones sindicales ideológicamente diferentes entre sí y el aparato del estado en su fase política. El propio informe de la CONADEP refleja que el grueso de las desapariciones de sindicalistas en la dictadura era de trabajadores de base y no de “gordos” que, de hecho, facilitaron (si no contribuyeron) con la purga del sindicalismo peronista y el peronismo ideológico revolucionario.
En el primer análisis del impacto de la represión del Proceso de Reorganización Nacional no tengo objeciones, aunque me cuesta un poco ver la “debilidad” frente a la lucha obrera más allá de un cierto desconcierto ideológico en el contexto de la guerra fría. En alguna medida, los sectores conservadores sobreestimaron el potencial revolucionario de las fuerzas de izquierda para que su contraataque respecto de la base industrial argentina fuera más contundente, a tal punto que sólo veinte años después del fin de la dictadura se dieron las condiciones para desafiar una vez más (y en el contexto de una crisis brutal) la estructura del capitalismo argentino, aunque siempre teniendo como horizonte su rearticulación y nunca su desaparición.
Es cierto que la ofensiva conservadora no supo controlar ideológicamente a la clase obrera (y de allí el uso taxativo de la capacidad represiva del estado. Pero eso no es tan raro, el propio Gramsci balancea la tensión entre poder (ideológico) y fuerza (militar), como después Althusser distinguió los aparatos ideológicos de los represivos. Por otro lado, no creo que solamente a ese uso de la fuerza deba atribuirse la debilidad sindical en los 90. A fin de cuentas, el sindicalismo fue una fuerza importante del justicialismo contra el radicalismo. En buena medida, esa dependencia ideológica del sindicalismo de las fuerzas políticas dominantes en el peronismo vinculado al estado (en donde triunfó un peronismo de derecha cada vez menos corporativista y más pragmático) también es responsable y motivadora de la fractura de la CGT y la aparición de la CTA, que fue en su momento un intento de reconstruir la capacidad contra-hegemónica del sindicalismo. Por supuesto, la destrucción acentuada de empleo industrial y el crecimiento del sector servicios (mucho más permeado por trabajadores de clase media desvinculados del peronismo y muy reacios o incapaces de articularse sindicalmente) no pudieron menos que debilitar la capacidad sindical en su conjunto.
No puedo estar más de acuerdo en que las “alternativas de análisis gramsciano tienen que ser recuperadas con cautela. Porque los puntos de vista teóricos que sustenta, respecto a la disputa de la autoridad fabril y sus formas de control, no deben forzarse”. Muchos factores alteran ese análisis cifrado por la lucha para el control del aparato del estado y la construcción de la hegemonía. El “bloque histórico” nunca respetó (pero ahora menos que nunca) las intermitentes y frágiles fronteras económicas de los estados nacionales en el capitalismo. La globalización y el carácter inconsciente de buena parte de la constitución ideológica de los sujetos en la actualidad refuerzan esta sensación de incomodidad frente al pensamiento de Gramsci, cuando se trata de evaluar la actuación de una serie de actores sociales interconectados por campos de lucha social mucho menos definidos (aunque mucho más definidores) que en el pasado.
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Algo aparte: sobre la mirada de la clase media con mucho pelo en el pecho, en la espalda, en todos lados.
En Argentina se habla mucho de “Clase media”. En un sentido económico, eso define estructuralmente a gente muy diversa (trabajadores independientes y dependientes, profesionales de actividad exclusiva o mixta, etc., las alternativas son muchas) y, monetariamente, ubica a la gente que, por su nivel de ingresos, cae en la franja media respecto de su posición frente al mercado de bienes y servicios (incluyendo su capacidad de ahorro).
Sin embargo, la heterogeneidad no es solamente en cuanto a tipo de actividad, contrato o vinculo con las agencias del estado, gremios o sindicatos. La heterogeneidad es también profundamente ideológica y simbólica. Para dibujar la cuestión, diré que hay dos clases medias, cuya diferencia es difusa y de tipo ideológico donde la frontera, podría decirse, es el vínculo con el estado. Por un lado, está la clase media trabajadora que pide al estado (sobre todo a través de la ideología corporativista peronista) por sus derechos sociales y económicos y, por otro lado, está la clase media que suele definirse en contra de esta tendencia (lo que en la jerga se asocia al conservadurismo, la gran industria, la burguesía agraria) y que en la práctica directa o indirecta opone a los derechos económicos y sociales los derechos liberales, que generalmente colisionan en el papel del estado en cuanto a la recolección de impuestos y, principalmente, el modo de distribución del ingreso público.
Para esta segunda clase media, tradicionalmente y de manera poco crítica, el sindicalismo y el peronismo son lo peor que le paso al país y, a menos que aparezca un “peronista atípico” (no tan atípico), ultra-liberal en lo económico y políticamente conservador en aspectos sociales (como fue Carlos Saúl Menem y son hoy muchos otros), prefieren votar a un Yacaré Muerto antes que a un “peronista de verdad”. La amenaza a la que temen, claro está, es a eso que se llama débilmente “populismo”, interpretado como una tendencia a satisfacer las exigencias holgazanas y ventajistas de una población percibida no como proletaria, sino como lumpen-proletaria, periférica al sistema. En esta caracterización, lamento decirlo, persisten una buena dosis de racismo, elitismo y una pretensión de pertenencia a los sectores dominantes que hacen ver con mal ojo cualquier progreso de los “sectores populares”. En una palabra, a una buena parte de esta clase media le patea el hígado ver que los pobres de siempre se le acercan en la escala social, la desespera esa idea de equidad distributiva y (aunque lo nieguen) prefieren vivir en un país con fuertes diferencias sociales que en uno solidario y equitativo, donde el progreso sea humano y no sólo material.
Tal es la fuerza de su convicción ideológica en el “gorilismo” que no hay ningún dato económico de crecimiento, estabilidad, empleo o lo que sea que convenza a esta segunda clase media de que todo lo que huela a peronismo o sindicalismo es malo (excepto a quienes se han criado en estructuras amigables al peronismo, claro está). El problema principal es que el gorilismo de clase media cae en la lógica maniquea de que “todo enemigo de mi enemigo es mi amigo”, por lo que suelen apoyar posiciones políticas e ideológicas que les son ajenas e incluso claramente perjudiciales, o se dejan comprar con la promesa de que a ellos no los afectará el ajuste.
Últimamente, esta clase media se ha refugiado el discurso de los medios masivos de comunicación, tras la amenaza de la inseguridad ciudadana (que realmente existe, por otro lado), asociándola con más o menos fuerza al populismo y olvidando la correlación que suele existir entre criminalidad y pobreza, de tal manera que subsanando la segunda se limita la primera. Será que les gusta la tensión social, y prefieren vivir en México, ricos y rodeados de seguridad privada, antes que en Suecia, consumiendo medianamente y sin terror a salir a la calle.
Es bien cierto que el estilo de confrontación y prepotencia que suele caracterizar al sindicalismo argentino y a sus aliados en el sector político no contribuyen a modificar este imaginario, de tal manera que la fractura ideológica y política de la clase media permanece incluso cuando se disuelven algunas contradicciones estructurales y culturales.
A mí, personalmente, nadie va a acusarme de peronista o de kirchnerista (de hecho, a nadie le importa acusarme políticamente de nada). En fin, lo que quiero decir es que, en el país de los ciegos, el tuerto es rey. De manera que invito a aquellos que tienen demasiado pelo delante de los ojos, al menos, a reconocer que no todo lo que se opone al peronismo es bueno porque sí. No creo que deban bautizarse en el peronismo, que es una hostia y un vino que no hacen tampoco a mi alimento cotidiano, pero no me anden apoyando a la derecha ultra-liberal que destruye la educación y la salud, que revienta la justicia, que se pasa los derechos humanos por... la suela de los zapatos, solamente porque no son peronistas. Ahora que viene año electoral, tenga cuidado también con esos que parecen oponerse al ultra-liberalismo y al populismo pero que, como no tienen poder, convicción ni programa, terminan siendo la cereza del postre que se comen los verdaderos gorilas. No sea zapallo, persona de clase media antiperonista: los gorilas son otros, no usted... para esos gorilotes usted, con suerte, llega a chimpancé. En serio, si hay que elegir un homínido para pensar en política, elijamos al homo sapiens, ¿Sabe cual le digo? Es el que tiene menos pelo en el cuerpo.
jueves, 3 de febrero de 2011
Batiendo la justa: unas palab(rot)as sobre demografía global
“How many times can a man turn his head, and pretend that he just doesn't see?”
“And it's a hard, it's a hard, it's a hard, and it's a hard, It's a hard rain's a-gonna fall”
Bob Dylan, Blowing in the wind & A hard rain's a-gonna fall
Sí usted es una de esas personas preocupada únicamente por su familia, el estado de su vehículo, la comparación de su casa con las de sus amigos, la cantidad de dinero que posee, lo que dicen otros sobre usted, lo que ve en el espejo cada día o la tranquilidad que (supone) tendrá en la vejez para compensar el permanente estrés que todo lo anterior acarrea, es decir, sí usted es una de esas personas que siempre critico ácidamente y, mi humanidad mediante, envidio... lo felicito. Sí usted es así, tendrá más tiempo para no ver la que se viene, porque es una fuerte lluvia la que va a caer. Sí quiere deprimirse un rato, pero con humor, acá le batimos la justa (le cantamos la precisa) sobre la que se viene para la humanidad en la próxima década o algo así.
Un secretito para hacer la gran Nostradamus: cuente las cosas que ya están pasando como si fueran a ocurrir en el futuro y listo, alguien (si queda) mirará para atrás y dirá “¡Qué visión de futuro tenía este tipo!”. Lamentablemente, el truco funciona mejor cuanto más tiempo pasa, así que lo más probable es que lo admire más un salamín del siglo veinticinco, cuando usted ya no esté gozando de su actual existencia orgánica y se esté transformando en petróleo para cuando los descendientes de las cucarachas involucionen (sic) en bichos inteligentes y se dispongan a descubrir las ventajas de los hidrocarburos. “Che –le dirá una cucarachota a la vecina–, ¡Qué mal quema el carbón de humano! Daban asco vivos, dan asco muertos”.
Sí usted era como tantos que estaba mirando para otro lado (su ombligo o algo así), escuchando las noticias de refilón, se habrá desayunado en estos días con que muchos países del norte de África y del oriente medio empezaron a reventar como las metralletas de los fuegos artificiales: en fila y haciendo cada vez más ruido. Claro, son países que, en general, no importan demasiado si uno no vive por ahí o si uno no tiene intereses económicos por allá. Sin embargo, recién estábamos mirando si los secretos revelados del gobierno de la que hasta hace poco era la gran superpotencia mundial nos aclaraban algo, anteayer nos preocupábamos por la desocupación en España, por la posible guerra entre las coreas, por el atentado en el aeropuerto de Moscú (o lo que sea que haya pasado) y ahora nos salen con esto.
Esta es una de esas situaciones en que para entender algo de lo que pasa tan rápido, hay que pensar despacio y, para entender periodos tan cortos, hay que pensar a largo plazo.
Para empezar, estos son países en los cuales los analistas y periodistas aplican criterios políticos occidentales cuando la trayectoria es diferente, tanto en lo que hace a la posición en el proceso de descolonización como en la conformación de los aparatos políticos. Sin embargo, dirá el defensor del sentido común, algo tienen que tener en común para que la cosa se extienda como una catarata de protestas y exigencias. Y es bien cierto que parece haber algo más que casualidad en esta regularidad.
Para pensar opciones, digamos que hay dos líneas básicas: alguien lo planeó o nadie lo planeó. A mí no me gustan las teorías conspirativas porque nos dejan sin trabajo a los sociólogos. Por puro interés, entonces, apoyo sin reservas la tesis de que nadie planeó esta situación, así como nadie planeó de antemano que el capitalismo fuera explotador o que le diera por entrar en crisis cada veinte minutos (no quiero ser exagerado: pongamos treinta minutos de promedio). Nadie planeó tampoco tener una crisis global, aunque era previsible. Es cierto, hay muchos que aprovechan las crisis, muchos a quienes les vienen bien, porque a río revuelto, ganancia de pecadores (sic). También habrá muchos que respirarán aliviados cuando estas crisis parezcan superadas... que la inocencia les valga.
Sin embargo, parece más razonable pensar que en países con trayectorias similares, con situación similares y, lo que importa más, con conciencia generalizada de estas similitudes históricas y sociales, la comunicabilidad que da la tecnología actual del vivo y en directo entre puntos distantes haya abierto la posibilidad de que las cosas pasen en muchos lados a la vez. Sencillamente, porque son sólo en apariencia lugares diferentes. Hace unos años estuvo de moda hablar de no-lugares, aquí conviene pensar en términos de no-distancia.
Curiosamente, entonces, en esta interpretación serían responsables del contagio, aunque no de las condiciones previas, unos aparatitos que sólo buscaban venderse en Egipto, Jordania y Túnez para proporcionar ganancias a una empresa alemana con capitales saudíes e inversionistas suecos, a una serie de fábricas chinas que usa materia prima de Uganda y Venezuela (averigüen y van a ver), a un dueño de patentes japonés y a un proveedor de internet belga asistido por ingenieros pakistaníes que trabajan con sistemas operativos norteamericanos (ni canadienses ni mexicanos, of course & by the way).
¿Qué creían que era la globalización? Salimos a la calle, todo está tranquilo. Prendemos la televisión, todo es el caos. Claro, en el dos mil uno los egipcios salían a la calle, todo tranquilo, prendían la tele, todo era el caos... en Argentina. Desde España se miraba entonces la crisis de Argentina, en algunos casos con pena, en otros con mirada socarrona de: “¡Es que así sois, tíos, os pasa por haberos independizado!” Ahora, una década después, parece que la cosa está al revés. No obstante, si ustedes miran las condiciones sociales, un poco más lejos que la noticia económica del día, se ve que no es así: en Argentina hay desnutrición infantil, en España, que sepamos, no la hay... si no andan con cuidado, Europa, es cuestión de tiempo, y no tanto, para que re-descubran la auténtica miseria (a los amigos del norte no les digo nada, porque ya tienen una buena porción de miseria).
Vean, aquí hay una regularidad: los países que ahora estallan tienen una situación social más similar a Latinoamérica que a Europa occidental, y unos gobiernos longevos y resistentes, por no decir impermeables, a la pobreza extendida de sus poblaciones. De pronto (desde nuestra mirada desorientada), esos gobiernos dejan de ser fuertes o, mejor dicho, descubrimos que sólo eran fuertes en la medida en que nadie contestaba su autoridad. La represión cotidiana deja de ser suficiente frente a la insurrección de masas y no hay buenos reflejos políticos, ni una represión lo bastante dura, ni una salida política consensuada.
Me he cansado de escribirlo: la mayor ventaja de la democracia no es que sea un gobierno del pueblo, por el pueblo o para el pueblo (ese es el ideal proclamado, nunca la práctica efectiva), sino que es un gobierno flexible ante los bruscos cambios que propone el mundo de hoy, entre otros, ante el contagio político habilitado por las tecnologías de la comunicación e información actuales. Aunque haya vivido cuarenta años mirando su ombligo, usted sabe tan bien como yo que haber votado quince veces en la vida no lo hace dueño del poder político. Olvídese por un momento de que los gobiernos actualmente amenazados caen o pueden caer porque son menos democráticos que los “occidentales”. No. Si caen, es porque son menos flexibles.
Por supuesto, cuando algo es muy flexible aguanta más el movimiento constante. Pero también el movimiento permanente genera calor, desgasta la resistencia de la estructura, y la quiebra: prueben con un pedacito de alambre, doblándolo muchas veces, y experimenten la relajación estructural, que pare ce el nombre de un lindo tratamiento en un spa, pero es una señal de que las cosas que se mueven, terminan rompiéndose.
Y el mundo se mueve, la humanidad vibra, y vibra rápido. Además, vibra cada vez más en sintonía, en no-distancia: el caos de cualquier lado es el caos de todos lados: Egipto vibra, tiembla la frágil recuperación económica en Europa, la creación de empleo en los estados hundidos, la producción de soja en Argentina, la alimentación del ganado en China, la generación de empleos en las economías emergentes, como Egipto: Egipto vibra y la resonancia termina haciendo temblar a Egipto, ni les cuento cuando vibra Japón, que descubre que ya la economía China ha sobrepasado en importancia a la suya, o cuando vibra Norteamérica. ¿Les pinté bien el panorama? ¿Sienten esa vibración en el planeta y debajo de su propio culo? Oh sí, hermanitos, es una fuerte lluvia la que va a caer.
Si prefieren echar culpas o temer a movimientos religiosos radicales, en fin, cada uno palpita su angustia como quiere. Sólo me molestaré en señalar al respecto que también la religión ocurre en personas de nuestro mundo, y lo que digamos aquí también se les aplica. También pueden seguir buscando a Bin Laden debajo de la alfombra.
Yo ya era algo así como adulto (ahora también soy algo así, pero más redondo por la ausencia de pelo y el exceso de calorías en reserva de lípidos) cuando la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas colgó el cartel de cerrado por quiebra y el Capitán América pasó a ser el Superman mundial. Veinte años son algo, pero no tanto, y ya la supremacía americana perdió fuelle. No quiere decir que no tengan con qué partirle la cara a unos cuantos, pero ya no están tan sólidos, hecho por el cual los republicanos le echan la culpa al actual presidente y les permite sentirse mesiánicamente elegidos para recuperar la hegemonía americana a cualquier precio (que pagaremos los demás, como de costumbre: ¿Sienten como aumenta la vibración en su traste?).
“Oiga, me dice el tipo del sentido común, que todos los imperios terminan por caerse”. De acuerdo: sólo que ahora, como la vibración es más fuerte y es casi permanente, se caen las vitrinas con los premios muy rápido. Hoy somos los primeros en poner un satélite o un astronauta en órbita, mañana pedimos crédito para comprar dos papas (patatas, no clérigos); hoy somos los primeros en llegar a la luna, mañana pedimos a China comunista (tan comunista como los países democráticos son democráticos o las naciones unidas son unidas) que nos reconozca el dinero en el cual decimos que confiamos en dios, que dios es el más grande, que dios nos ayude si China no nos ayuda.
No hay casualidad: el mundo vibra, los imperios caen. Estamos acostumbrados a pensar al mundo y los países como una aglomeración de sociedades. No es así, porque la vibración se transmite en relaciones sociales “sin distancia”, lo cual equivale a decir que la resonancia ocurre porque ocurre en una única sociedad que tiene muchas diferentes facetas y situaciones. Si a usted a veces le ocurre, por ejemplo, que le parece más cercano lo que pasa en Egipto que lo que pasa a la vuelta de su casa, no es casualidad tampoco, eso le está resonando también.
La cuestión es, por lo tanto, intentar comprender por qué el mundo vibra tanto y más que antes. Una respuesta: ¿No oyó hablar de la explosión demográfica? Somos muchos más que antes. Más productores, más consumidores, más intereses e interesados en los intereses. ¿Por qué somos más? En parte, porque lo permite la tecnología para la producción de alimentos, de bienes de consumo relativamente básicos y de elementos sanitarios. En parte, también, porque el sistema se sostiene en la constante sobreproducción de bienes y servicios que proporcionen ganancias que permitan justificar la continuidad de los negocios que produzcan crecientes ganancias (y hay crisis cuando esa situación está en duda, por no decir cuando realmente no ocurre). Y esta necesidad deriva en la necesidad de que haya más productos, más productores, más consumidores, más intereses, más interesados. Y no sólo es que todo ese montón de producción (y de producción de basura y desechos industriales) se reparta con extrema inequidad, sino que hace vibrar el mundo de todos.
La vibración creciente supone un continuo incremento de energía en el sistema (recuerden que metimos a la casi totalidad de la humanidad en una única campana social) que viene de dos lados: el trabajo de los seres humanos (que es naturaleza mediada por el esfuerzo, la inteligencia y la cultura) y la naturaleza (en forma de materias primas).
Simplificando levemente (donde “levemente” significa una cantidad extraordinaria de simplificación), la vibración debajo de nuestro culo aumenta porque una humanidad que ha engordado mucho lleva en forma constante y creciente energía de la naturaleza y de los seres humanos al sistema social. Es constante porque todo sistema social debe asegurar su propia continuidad, y es creciente porque esa es la lógica del sistema social que se ha globalizado: no puede pervivir sin crecer, sin aumentar la cantidad de energía que hace circular por sí mismo. ¿Adivinen qué? Exactamente: cuanto más rápido se mueve, es más probable que se rompa más rápido o que consuma todo aquello que puede utilizar para incrementar la energía que lo mueve: trabajo humano, petróleo, lo que sea. Al mismo tiempo, cuanto más materia prima y trabajo humano consume y subsume, más aumenta la posibilidad de que los desechos que produzca su funcionamiento obstaculicen su desarrollo: en primer lugar, aumentando los costos de producción (por el tratamiento y acarreo de montañas y cordilleras de desechos) y, en segundo lugar, empeorando y hasta interrumpiendo las condiciones de vida de los habitantes del planeta. En verdad os digo que las cucarachas van afilando las antenitas.
¿Y Egipto? ¿Qué tiene que ver eso con Egipto y sus socios en la desgracia? Economía global, demografía global. Lo económico ocurre en la escala en que se mueven las poblaciones, y ahora la demografía es global. Si nos olvidamos de las guerras mundiales y otros detalles, Europa y Norteamérica (sin México) se han dado la gran vida los últimos siglos. De hecho, no es por apuntar con el dedo, pero este sistema de más, más y más se instaló primero por allá. Por esta razón, entre otras que incluyen la hegemonía brindada por la tecnología bélica, consumen mejores productos y servicios, tienen mejores trabajos y mejores condiciones de vida cuando dejan de trabajar (siempre hablando en términos de promedio). Para conservar esa calidad de vida superior deben responder a grandes exigencias laborales y de formación profesional. Deben para esto dar gran valor a su esfuerzo y valoran el tiempo escaso en el cual no trabajan. Lo valoran para vivir con su gran capacidad de consumo... y quieren consumir. Una pequeña consecuencia es que tienden a tener hijos más tarde en sus vidas atareadas y tienden a tener menos hijos. Como resultado, su población envejece y la vejez se encarece (aunque también consume, no produce). La demografía global nos dice que si se mantienen las condiciones de vida, es porque extraen la juventud de otro lado, en forma de mano de obra. Lógicamente, entonces, la mirada del inversor se coloca en lugares con mucha población capacitada y barata (como China o India) para desarrollar emprendimientos y también para vender productos para jóvenes y adultos en actividad.
No se crean eso de que el capitalismo (cada capitalista, en realidad) quiere que haya pobres. No es así. El capitalismo detesta la miseria, porque no consume. Desgraciadamente, se ve en la obligación de buscar mano de obra barata o de aumentar la productividad para bajar los costes de producción. Como la segunda opción casi siempre tiene límites (incluso aunque exista nueva tecnología que abarata un producto, puede ser cara de implementar... o puede abaratar demasiado el producto e impedir una aceptable masa de ganancia) la mano de obra barata es casi siempre el negocio más seguro. Ahora bien, la mano de obra es más barata si la gente no puede o no sabe protestar para que mejoren sus condiciones de vida. Tenga a mano las ecuaciones: “mejores condiciones = más consumo = mano de obra más cara = menos ganancia” y “perores condiciones = mano de obra más barata = menos consumo = menos ganancia” y comprenderá el destino trágico del sistema capitalista.
En este sentido, la flexible democracia es buena amiga del capitalismo porque da cierta seguridad, pero deja de serlo si permite que la mano de obra barata deje de serlo. Como queda mal decir que si la mano de obra barata escasea debe producirse, se recurre a eufemismos, que generalmente vienen en paquete: ajuste fiscal, recorte de beneficios sociales, reformas previsionales, flexibilización laboral y muchas otras ingeniosas salidas que redundan en lo mismo. No importa que se vote al gobierno de derecha, de izquierda, verde, rojo o negro. Si es necesario, el paquete llegará a destino.
No se dejen engañar: China es el nuevo mejor amigo y la novia de todas las democracias del mundo no a pesar de no tener un gobierno democrático, sino porque no lo tiene y porque ese gobierno mantiene barata la mano de obra. Pero también en China se venden productos y la gente los consume. Y siempre habrá alguien tratando de hacer vibrar más a cientos de millones de chinos e indios con nuevos bienes y servicios... entre los que se cuentan los mismos aparatitos que permitieron la no-distancia en Egipto, Túnez y Jordania. Sí. Un tercio de la enorme población mundial, una enorme masa de población relativamente más joven y más retrasada en su consumo que en Occidente estará vibrando por consumir sin importar el sistema político que la gobierne. Cuando el sistema no le sirva, protestará. El Cairo alberga veinte millones de almas, ¿Saben cuantas viven en Shanghái? ¿Se imaginan lo que va a temblar el mundo cuando China, India, Rusia, Brasil, las grandes economías emergentes se agiten un poquito?
Yo tengo insomnio, pero ustedes duerman tranquilos. Ustedes recibirán estas líneas por internet. Sí es así, su vida, para lo que venimos hablando, es de las buenas, créanme, no importa que las cosas les parezcan difíciles. Disfruten mientras puedan. Si quieren hacer algo... enséñenles a sus hijos y nietos a nadar muy, pero muy, muy bien, y si es posible, a desarrollar agallas. Porque es una fuerte, fuerte, fuerte, es una fuerte lluvia la que va a caer.
“And it's a hard, it's a hard, it's a hard, and it's a hard, It's a hard rain's a-gonna fall”
Bob Dylan, Blowing in the wind & A hard rain's a-gonna fall
Sí usted es una de esas personas preocupada únicamente por su familia, el estado de su vehículo, la comparación de su casa con las de sus amigos, la cantidad de dinero que posee, lo que dicen otros sobre usted, lo que ve en el espejo cada día o la tranquilidad que (supone) tendrá en la vejez para compensar el permanente estrés que todo lo anterior acarrea, es decir, sí usted es una de esas personas que siempre critico ácidamente y, mi humanidad mediante, envidio... lo felicito. Sí usted es así, tendrá más tiempo para no ver la que se viene, porque es una fuerte lluvia la que va a caer. Sí quiere deprimirse un rato, pero con humor, acá le batimos la justa (le cantamos la precisa) sobre la que se viene para la humanidad en la próxima década o algo así.
Un secretito para hacer la gran Nostradamus: cuente las cosas que ya están pasando como si fueran a ocurrir en el futuro y listo, alguien (si queda) mirará para atrás y dirá “¡Qué visión de futuro tenía este tipo!”. Lamentablemente, el truco funciona mejor cuanto más tiempo pasa, así que lo más probable es que lo admire más un salamín del siglo veinticinco, cuando usted ya no esté gozando de su actual existencia orgánica y se esté transformando en petróleo para cuando los descendientes de las cucarachas involucionen (sic) en bichos inteligentes y se dispongan a descubrir las ventajas de los hidrocarburos. “Che –le dirá una cucarachota a la vecina–, ¡Qué mal quema el carbón de humano! Daban asco vivos, dan asco muertos”.
Sí usted era como tantos que estaba mirando para otro lado (su ombligo o algo así), escuchando las noticias de refilón, se habrá desayunado en estos días con que muchos países del norte de África y del oriente medio empezaron a reventar como las metralletas de los fuegos artificiales: en fila y haciendo cada vez más ruido. Claro, son países que, en general, no importan demasiado si uno no vive por ahí o si uno no tiene intereses económicos por allá. Sin embargo, recién estábamos mirando si los secretos revelados del gobierno de la que hasta hace poco era la gran superpotencia mundial nos aclaraban algo, anteayer nos preocupábamos por la desocupación en España, por la posible guerra entre las coreas, por el atentado en el aeropuerto de Moscú (o lo que sea que haya pasado) y ahora nos salen con esto.
Esta es una de esas situaciones en que para entender algo de lo que pasa tan rápido, hay que pensar despacio y, para entender periodos tan cortos, hay que pensar a largo plazo.
Para empezar, estos son países en los cuales los analistas y periodistas aplican criterios políticos occidentales cuando la trayectoria es diferente, tanto en lo que hace a la posición en el proceso de descolonización como en la conformación de los aparatos políticos. Sin embargo, dirá el defensor del sentido común, algo tienen que tener en común para que la cosa se extienda como una catarata de protestas y exigencias. Y es bien cierto que parece haber algo más que casualidad en esta regularidad.
Para pensar opciones, digamos que hay dos líneas básicas: alguien lo planeó o nadie lo planeó. A mí no me gustan las teorías conspirativas porque nos dejan sin trabajo a los sociólogos. Por puro interés, entonces, apoyo sin reservas la tesis de que nadie planeó esta situación, así como nadie planeó de antemano que el capitalismo fuera explotador o que le diera por entrar en crisis cada veinte minutos (no quiero ser exagerado: pongamos treinta minutos de promedio). Nadie planeó tampoco tener una crisis global, aunque era previsible. Es cierto, hay muchos que aprovechan las crisis, muchos a quienes les vienen bien, porque a río revuelto, ganancia de pecadores (sic). También habrá muchos que respirarán aliviados cuando estas crisis parezcan superadas... que la inocencia les valga.
Sin embargo, parece más razonable pensar que en países con trayectorias similares, con situación similares y, lo que importa más, con conciencia generalizada de estas similitudes históricas y sociales, la comunicabilidad que da la tecnología actual del vivo y en directo entre puntos distantes haya abierto la posibilidad de que las cosas pasen en muchos lados a la vez. Sencillamente, porque son sólo en apariencia lugares diferentes. Hace unos años estuvo de moda hablar de no-lugares, aquí conviene pensar en términos de no-distancia.
Curiosamente, entonces, en esta interpretación serían responsables del contagio, aunque no de las condiciones previas, unos aparatitos que sólo buscaban venderse en Egipto, Jordania y Túnez para proporcionar ganancias a una empresa alemana con capitales saudíes e inversionistas suecos, a una serie de fábricas chinas que usa materia prima de Uganda y Venezuela (averigüen y van a ver), a un dueño de patentes japonés y a un proveedor de internet belga asistido por ingenieros pakistaníes que trabajan con sistemas operativos norteamericanos (ni canadienses ni mexicanos, of course & by the way).
¿Qué creían que era la globalización? Salimos a la calle, todo está tranquilo. Prendemos la televisión, todo es el caos. Claro, en el dos mil uno los egipcios salían a la calle, todo tranquilo, prendían la tele, todo era el caos... en Argentina. Desde España se miraba entonces la crisis de Argentina, en algunos casos con pena, en otros con mirada socarrona de: “¡Es que así sois, tíos, os pasa por haberos independizado!” Ahora, una década después, parece que la cosa está al revés. No obstante, si ustedes miran las condiciones sociales, un poco más lejos que la noticia económica del día, se ve que no es así: en Argentina hay desnutrición infantil, en España, que sepamos, no la hay... si no andan con cuidado, Europa, es cuestión de tiempo, y no tanto, para que re-descubran la auténtica miseria (a los amigos del norte no les digo nada, porque ya tienen una buena porción de miseria).
Vean, aquí hay una regularidad: los países que ahora estallan tienen una situación social más similar a Latinoamérica que a Europa occidental, y unos gobiernos longevos y resistentes, por no decir impermeables, a la pobreza extendida de sus poblaciones. De pronto (desde nuestra mirada desorientada), esos gobiernos dejan de ser fuertes o, mejor dicho, descubrimos que sólo eran fuertes en la medida en que nadie contestaba su autoridad. La represión cotidiana deja de ser suficiente frente a la insurrección de masas y no hay buenos reflejos políticos, ni una represión lo bastante dura, ni una salida política consensuada.
Me he cansado de escribirlo: la mayor ventaja de la democracia no es que sea un gobierno del pueblo, por el pueblo o para el pueblo (ese es el ideal proclamado, nunca la práctica efectiva), sino que es un gobierno flexible ante los bruscos cambios que propone el mundo de hoy, entre otros, ante el contagio político habilitado por las tecnologías de la comunicación e información actuales. Aunque haya vivido cuarenta años mirando su ombligo, usted sabe tan bien como yo que haber votado quince veces en la vida no lo hace dueño del poder político. Olvídese por un momento de que los gobiernos actualmente amenazados caen o pueden caer porque son menos democráticos que los “occidentales”. No. Si caen, es porque son menos flexibles.
Por supuesto, cuando algo es muy flexible aguanta más el movimiento constante. Pero también el movimiento permanente genera calor, desgasta la resistencia de la estructura, y la quiebra: prueben con un pedacito de alambre, doblándolo muchas veces, y experimenten la relajación estructural, que pare ce el nombre de un lindo tratamiento en un spa, pero es una señal de que las cosas que se mueven, terminan rompiéndose.
Y el mundo se mueve, la humanidad vibra, y vibra rápido. Además, vibra cada vez más en sintonía, en no-distancia: el caos de cualquier lado es el caos de todos lados: Egipto vibra, tiembla la frágil recuperación económica en Europa, la creación de empleo en los estados hundidos, la producción de soja en Argentina, la alimentación del ganado en China, la generación de empleos en las economías emergentes, como Egipto: Egipto vibra y la resonancia termina haciendo temblar a Egipto, ni les cuento cuando vibra Japón, que descubre que ya la economía China ha sobrepasado en importancia a la suya, o cuando vibra Norteamérica. ¿Les pinté bien el panorama? ¿Sienten esa vibración en el planeta y debajo de su propio culo? Oh sí, hermanitos, es una fuerte lluvia la que va a caer.
Si prefieren echar culpas o temer a movimientos religiosos radicales, en fin, cada uno palpita su angustia como quiere. Sólo me molestaré en señalar al respecto que también la religión ocurre en personas de nuestro mundo, y lo que digamos aquí también se les aplica. También pueden seguir buscando a Bin Laden debajo de la alfombra.
Yo ya era algo así como adulto (ahora también soy algo así, pero más redondo por la ausencia de pelo y el exceso de calorías en reserva de lípidos) cuando la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas colgó el cartel de cerrado por quiebra y el Capitán América pasó a ser el Superman mundial. Veinte años son algo, pero no tanto, y ya la supremacía americana perdió fuelle. No quiere decir que no tengan con qué partirle la cara a unos cuantos, pero ya no están tan sólidos, hecho por el cual los republicanos le echan la culpa al actual presidente y les permite sentirse mesiánicamente elegidos para recuperar la hegemonía americana a cualquier precio (que pagaremos los demás, como de costumbre: ¿Sienten como aumenta la vibración en su traste?).
“Oiga, me dice el tipo del sentido común, que todos los imperios terminan por caerse”. De acuerdo: sólo que ahora, como la vibración es más fuerte y es casi permanente, se caen las vitrinas con los premios muy rápido. Hoy somos los primeros en poner un satélite o un astronauta en órbita, mañana pedimos crédito para comprar dos papas (patatas, no clérigos); hoy somos los primeros en llegar a la luna, mañana pedimos a China comunista (tan comunista como los países democráticos son democráticos o las naciones unidas son unidas) que nos reconozca el dinero en el cual decimos que confiamos en dios, que dios es el más grande, que dios nos ayude si China no nos ayuda.
No hay casualidad: el mundo vibra, los imperios caen. Estamos acostumbrados a pensar al mundo y los países como una aglomeración de sociedades. No es así, porque la vibración se transmite en relaciones sociales “sin distancia”, lo cual equivale a decir que la resonancia ocurre porque ocurre en una única sociedad que tiene muchas diferentes facetas y situaciones. Si a usted a veces le ocurre, por ejemplo, que le parece más cercano lo que pasa en Egipto que lo que pasa a la vuelta de su casa, no es casualidad tampoco, eso le está resonando también.
La cuestión es, por lo tanto, intentar comprender por qué el mundo vibra tanto y más que antes. Una respuesta: ¿No oyó hablar de la explosión demográfica? Somos muchos más que antes. Más productores, más consumidores, más intereses e interesados en los intereses. ¿Por qué somos más? En parte, porque lo permite la tecnología para la producción de alimentos, de bienes de consumo relativamente básicos y de elementos sanitarios. En parte, también, porque el sistema se sostiene en la constante sobreproducción de bienes y servicios que proporcionen ganancias que permitan justificar la continuidad de los negocios que produzcan crecientes ganancias (y hay crisis cuando esa situación está en duda, por no decir cuando realmente no ocurre). Y esta necesidad deriva en la necesidad de que haya más productos, más productores, más consumidores, más intereses, más interesados. Y no sólo es que todo ese montón de producción (y de producción de basura y desechos industriales) se reparta con extrema inequidad, sino que hace vibrar el mundo de todos.
La vibración creciente supone un continuo incremento de energía en el sistema (recuerden que metimos a la casi totalidad de la humanidad en una única campana social) que viene de dos lados: el trabajo de los seres humanos (que es naturaleza mediada por el esfuerzo, la inteligencia y la cultura) y la naturaleza (en forma de materias primas).
Simplificando levemente (donde “levemente” significa una cantidad extraordinaria de simplificación), la vibración debajo de nuestro culo aumenta porque una humanidad que ha engordado mucho lleva en forma constante y creciente energía de la naturaleza y de los seres humanos al sistema social. Es constante porque todo sistema social debe asegurar su propia continuidad, y es creciente porque esa es la lógica del sistema social que se ha globalizado: no puede pervivir sin crecer, sin aumentar la cantidad de energía que hace circular por sí mismo. ¿Adivinen qué? Exactamente: cuanto más rápido se mueve, es más probable que se rompa más rápido o que consuma todo aquello que puede utilizar para incrementar la energía que lo mueve: trabajo humano, petróleo, lo que sea. Al mismo tiempo, cuanto más materia prima y trabajo humano consume y subsume, más aumenta la posibilidad de que los desechos que produzca su funcionamiento obstaculicen su desarrollo: en primer lugar, aumentando los costos de producción (por el tratamiento y acarreo de montañas y cordilleras de desechos) y, en segundo lugar, empeorando y hasta interrumpiendo las condiciones de vida de los habitantes del planeta. En verdad os digo que las cucarachas van afilando las antenitas.
¿Y Egipto? ¿Qué tiene que ver eso con Egipto y sus socios en la desgracia? Economía global, demografía global. Lo económico ocurre en la escala en que se mueven las poblaciones, y ahora la demografía es global. Si nos olvidamos de las guerras mundiales y otros detalles, Europa y Norteamérica (sin México) se han dado la gran vida los últimos siglos. De hecho, no es por apuntar con el dedo, pero este sistema de más, más y más se instaló primero por allá. Por esta razón, entre otras que incluyen la hegemonía brindada por la tecnología bélica, consumen mejores productos y servicios, tienen mejores trabajos y mejores condiciones de vida cuando dejan de trabajar (siempre hablando en términos de promedio). Para conservar esa calidad de vida superior deben responder a grandes exigencias laborales y de formación profesional. Deben para esto dar gran valor a su esfuerzo y valoran el tiempo escaso en el cual no trabajan. Lo valoran para vivir con su gran capacidad de consumo... y quieren consumir. Una pequeña consecuencia es que tienden a tener hijos más tarde en sus vidas atareadas y tienden a tener menos hijos. Como resultado, su población envejece y la vejez se encarece (aunque también consume, no produce). La demografía global nos dice que si se mantienen las condiciones de vida, es porque extraen la juventud de otro lado, en forma de mano de obra. Lógicamente, entonces, la mirada del inversor se coloca en lugares con mucha población capacitada y barata (como China o India) para desarrollar emprendimientos y también para vender productos para jóvenes y adultos en actividad.
No se crean eso de que el capitalismo (cada capitalista, en realidad) quiere que haya pobres. No es así. El capitalismo detesta la miseria, porque no consume. Desgraciadamente, se ve en la obligación de buscar mano de obra barata o de aumentar la productividad para bajar los costes de producción. Como la segunda opción casi siempre tiene límites (incluso aunque exista nueva tecnología que abarata un producto, puede ser cara de implementar... o puede abaratar demasiado el producto e impedir una aceptable masa de ganancia) la mano de obra barata es casi siempre el negocio más seguro. Ahora bien, la mano de obra es más barata si la gente no puede o no sabe protestar para que mejoren sus condiciones de vida. Tenga a mano las ecuaciones: “mejores condiciones = más consumo = mano de obra más cara = menos ganancia” y “perores condiciones = mano de obra más barata = menos consumo = menos ganancia” y comprenderá el destino trágico del sistema capitalista.
En este sentido, la flexible democracia es buena amiga del capitalismo porque da cierta seguridad, pero deja de serlo si permite que la mano de obra barata deje de serlo. Como queda mal decir que si la mano de obra barata escasea debe producirse, se recurre a eufemismos, que generalmente vienen en paquete: ajuste fiscal, recorte de beneficios sociales, reformas previsionales, flexibilización laboral y muchas otras ingeniosas salidas que redundan en lo mismo. No importa que se vote al gobierno de derecha, de izquierda, verde, rojo o negro. Si es necesario, el paquete llegará a destino.
No se dejen engañar: China es el nuevo mejor amigo y la novia de todas las democracias del mundo no a pesar de no tener un gobierno democrático, sino porque no lo tiene y porque ese gobierno mantiene barata la mano de obra. Pero también en China se venden productos y la gente los consume. Y siempre habrá alguien tratando de hacer vibrar más a cientos de millones de chinos e indios con nuevos bienes y servicios... entre los que se cuentan los mismos aparatitos que permitieron la no-distancia en Egipto, Túnez y Jordania. Sí. Un tercio de la enorme población mundial, una enorme masa de población relativamente más joven y más retrasada en su consumo que en Occidente estará vibrando por consumir sin importar el sistema político que la gobierne. Cuando el sistema no le sirva, protestará. El Cairo alberga veinte millones de almas, ¿Saben cuantas viven en Shanghái? ¿Se imaginan lo que va a temblar el mundo cuando China, India, Rusia, Brasil, las grandes economías emergentes se agiten un poquito?
Yo tengo insomnio, pero ustedes duerman tranquilos. Ustedes recibirán estas líneas por internet. Sí es así, su vida, para lo que venimos hablando, es de las buenas, créanme, no importa que las cosas les parezcan difíciles. Disfruten mientras puedan. Si quieren hacer algo... enséñenles a sus hijos y nietos a nadar muy, pero muy, muy bien, y si es posible, a desarrollar agallas. Porque es una fuerte, fuerte, fuerte, es una fuerte lluvia la que va a caer.
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