viernes, 29 de abril de 2011

“¡Poesía eres tú!”: una opinión insomne sobre los hechos poéticos

Tres de la mañana. Tos seca e insomnio en consecuencia. Algo hay que hacer y ese algo, como casi siempre me pasa, es escribir. A diferencia de la mayor parte de las cosas que escribo (que son preconcebidas o extraídas de otros trabajos) no me quedan más opciones que recurrir a la inspiración repentina.
El principal obstáculo, en este caso, es que nunca he considerado válida a la inspiración como fuente de inspiración, al menos para mis procesos creativos en particular. No sé qué diablos les ocurre a los demás, pero no recuerdo haber tenido ninguna sensación asociada a la inspiración. De modo que dejo a mis dedos correr con su torpeza habitual sobre las teclas y ese mismo movimiento me recuerda los temas que no trato regularmente (ya que de los temas regulares no estoy capacitado para escribir en este momento por las razones inscriptas ut supra).
Me rasco la cabeza en distintos lugares y tomo la decisión de escribir sobre una vieja amiga y compañera de viaje (de muchos viajes) que en nuestra sociedad está cada vez más discriminada y enclaustrada, cuando no carcomida por la burla. Para peor, esa discriminación y enclaustramiento denuncian una pobreza espeluznante, y digo espeluznante porque se trata de una pobreza auto-infligida de manera inconsciente. Es la pobreza en la capacidad de las personas de generar conceptos complejos sobre el mundo. 
¡Pero esperen! Ya los estoy engañando. Esta capacidad de generar conceptos tiene nombre, y acompaña a los seres humanos desde los primeros instantes de su existencia como tales, cuando dejaron de ser seres meramente sociales y se encontraron siendo seres culturales.
¿Qué amiga puede ser tan antigua que acarició al primer homo sapiens sapiens y es encargada de generar conceptos complejos en su mente? ¿Quién es? Su nombre es por todos bien conocido: se llama poesía.
He aquí mi vieja y querida hipótesis poética, jamás testeada empíricamente por experimento repetido en laboratorio: que la asociación de lo poético a lo rítmico, a lo métrico, a lo traspuesto por el lenguaje simbólico son condiciones afines pero no consustanciales al hecho poético. Esto quiere decir que algunos hechos poéticos contienen estas características, pero no todos ellos y, en realidad, quiero decir que la inmensa mayoría de los mismos no se nos presentan como acontecimientos estéticos, sino como resultados de la actividad simbólica de la vida cotidiana.
En esta hipótesis (que he confesado ya añeja), lo que define a lo poético es el concepto complejo, es decir, a aquel que no cabe en las definiciones lingüísticas proporcionadas por el lenguaje cotidiano y convencional, sino que debe ser creado explícitamente para una experiencia particular. La hipótesis extendida sostendrá que la diferencia entre poesía y prosa radica en que la primera se ocupa de la confección de conceptos complejos y la segunda de la construcción de argumentos.
Tomemos un ejemplo: el amor. El amor como concepto general cabe en un solo término (al menos en castellano) que es precisamente el término “amor”. A éste pueden caberle varias acepciones y circunstancias gramaticales pero, mientras no sea utilizado como metáfora de otro tipo de afinidad, su sentido es siempre aproximadamente el mismo. Sin embargo, en casi ningún caso el término por sí mismo alcanza para definir a un estado particular de la experiencia romántica o amatoria. Esta sería, precisamente, la tarea de la poesía: construir el concepto complejo que tenga en cuenta unas circunstancias particulares que involucran, junto con muchos otros, al concepto de amor.
La poesía construye o permite construir el concepto complejo que necesitan para comunicarse las personas con su realidad colectiva e individual, instalada en un contexto específico en el cual lo general (los conceptos generales que acepta el lenguaje convencional) resultan insuficientes para conseguir una correcta comunicación interpersonal e incluso intrapersonal. En este sentido, el hecho poético (como el discurso argumental) puede valerse de instrumentos simbólicos no-linguísticos, y combinados o no con lo verbal: un dibujo o pintura, una melodía, una obra plástica (también una serie de movimientos, gestos y expresiones puramente corporales, como en la danza o el erotismo) pueden ser o contener lo poético en tanto expresiones de búsqueda y construcción de conceptos más complejos.
Me gusta esta definición de lo poético porque, por una parte, permite enlazar muchos mundos estéticos, que en mi opinión filosófica comprenden también los fenómenos de naturaleza moral, que considero fundamentalmente estéticos y también, por otra parte, porque me permite refutar o, al menos, amonestar la idea de que es posible vivir sin poesía.
En cuanto a lo primero, nunca esconderé la mano de sociólogo que indica que en relación al hecho estético moral existen determinaciones ideológicas, éticas y políticas, pero estas determinaciones también incluyen la necesidad de crear y recrear permanentemente conceptos no-convencionales complejos. En cuanto a lo segundo, se trata de una lucha a brazo partido, quebrado y partido contra el mundo que nos rodea. No es que sea un mundo “anti-poético”. De hecho, su enorme complejidad social denuncia la necesidad de la constante rearticulación de los conceptos que componen los lenguajes y metalenguajes que lo integran, articulan y representan. Pero ciertamente es un mundo que casi deplora la presencia de lo poético como hecho lingüístico y estético y, en este aspecto, me toca defender esa rama del arte que es la poesía como regularmente se la comprende en el lenguaje y las prácticas convencionales.
La aceleración de los contenidos cotidianos se opone a la temporalidad y el trabajo necesarios para la construcción de objetos conceptual muy complejos, hasta tal punto que mucha gen te considera la lectura de material poético como un evento tedioso, pues el aprendizaje de una poética compleja, como puede ser la de un autor particular, crece en dificultad en la medida en que el poeta es más capaz de construir conceptos complejos. Lo mismo ocurre, por cierto, en otras ramas del arte, en donde la complejidad se aleja cada vez más de la cultura de masas y las industrias culturales de consumo rápido que son imperialistas, hegemónicas ¡y frágiles!
Esta serie de eventos de trash-art colonizan nuestras mentes con una facilidad pasmosa, reduciendo el material comunicativo al mínimo: no sólo se pretende reducir la existencia de conceptos complejos, recurriendo livianamente (y con muchas posibilidades de reducir su capacidad comunicativa y de aumentar su indeterminación) al concepto general convencional, al punto, por ejemplo, que la palabra “amor” cubre una gama de situaciones que involucran del encuentro erótico ocasional a la convivencia de medio siglo, del sentimiento mínimo de afinidad a una difícil relación familiar. Además, se pretende incluso reducir este concepto general al ícono mínimo que pueda representarlo, reduciendo indefinidamente la capacidad del lenguaje cotidiano para actuar como herramienta de comunicación  mecánica  (entre personas), para permitir apenas la comunicación orgánica (funcional a las organizaciones e instituciones, pero muy débil para un intercambio más profundo).
De aquí que las grandes críticas al estado actual de las relaciones sociales sea coincidente: sean presenciales o electrónicas, la comunicación humana está siendo en las sociedades y clases dominantes más débil, inconstante e inconsecuente. Actualmente, es posible tener quinientos amigos en las redes sociales electrónicas y pocos o ninguno en el barrio, la ciudad o el país. Lógicamente, las relaciones menos intensas tienden a ser menos complejas, y no requieren para describirse a sí mismas mucha complejidad conceptual, a tal extremo que crece socialmente el temor a esa misma complejidad.
Tal vez convendría no tener prejuicios al momento de juzgar el efecto de este proceso en el sufrimiento o el placer humanos, pero en todo caso no le está haciendo bien a la poesía como forma de arte: en vez de formar parte de la riqueza social, la poesía suele ser un bien particular (secreto y en tanto tal cosa, medianamente vergonzoso) o un bien oculto. En este último sentido, no mucha gente reconoce que cuando dice “me gusta esta canción” está valorando positivamente su calidad poética además de su calidad musical (en el caso en que preste atención y comprenda la letra, claro está).
Tampoco hay que confundirse: la poesía no necesariamente declara el sentimiento fuerte ni intenso, ni mucho menos el sentimiento correcto, bueno o bondadoso. En mi opinión, sólo configura el concepto complejo, la creación de una descripción verbal (en principio) que configure la descripción de una determinada percepción de la realidad que experimenta un participante (o una serie de participantes) en una experiencia social.
Un corolario agradable asocia mi idea a la noción de intelectualidad que tenía Antonio Gramsci: todas las personas son intelectuales, en tanto intercambian percepciones del mundo en su contexto social. En esta misma línea diré: no sólo es que todas las personas experimentan lo poético, en tanto necesitan expresiones que den materia simbólica (y no es un oxímoron) a su pensamiento cotidiano, sino también que todas las personas somos, en alguna ocasión, poetas.    
Un ejemplo de esto último: en el acto de enseñar, de socializar, de integrar un niño a un conocimiento, a una creencia, a una experiencia o a una tradición, compartidos por algunas personas creamos conceptos complejos para realizar el procedimiento, incluso cuando parece que desarmamos el lenguaje ordinario para hacerlo más simple o accesible a la capacidad infantil de comprensión, también entonces hacemos poesía. También, insisto, lo hacemos cuando utilizamos la música, los gestos, la entonación, el énfasis, las imágenes y demás posibilidades asociadas al lenguaje puramente verbal que es, de todos modos y en última instancia, el mecanismo privilegiado de comunicación humana, precisamente porque es el más complejo y variado y comprende todos los sentidos en sus posibilidades descriptivas y connotativas.
Una recomendación derivada de lo anterior: no despreciar ni abandonar lo poético porque no entre fácilmente en  las ofertas de los Shopping centers. Lo necesitamos para existir como seres humanos.
Quedan muchos y evidentes cabos sueltos en esta perorata no necesariamente pro-poética pero sí decididamente anti-anti-poética. Es producto de la improvisación, pero no me molesta porque en algún momento completaré los huecos con nuevos conceptos complejos. Pero es de madrugada, no dormí nada y tengo tos.

domingo, 24 de abril de 2011

Compraventa de niebla: Personalismo, populismo, personajismo y publicismo

Primero: fijando conceptos entre la tragedia social y la comedia política

El título de este artículo está compuesto por dos elementos bien conocidos en el área de las ciencias políticas y sociales y otros dos que fue necesario reinventar para la ocasión.

Personalismo y populismo constituyen dos elementos vinculados en más de un punto: el principal de ellos, quizá, es la vinculación entre un exceso de carisma personal, cercano al autoritarismo, en el contexto de una democracia formal, y la vocación por exponer la riqueza pública a unos gastos considerados más o menos irresponsables pero cuya principal característica es ser o parecer destinados a mantener contentas a unas masas consideradas políticamente incapaces: el antiguo término de demagogia describe más o menos bien la situación.

Sin embargo, el uso contemporáneo de estos términos tiene a su vez un cariz peyorativo más amplio, pues tiende a desvalorizar la calidad de una determinada organización democrática en su conjunto: las democracias subdesarrolladas que son o se pretenden ideológicamente diferentes de las “democracias desarrolladas”. Parece claro que el término “pluralismo” se opone bastante bien al de “personalismo”, pues el diálogo y el debate “sanos”  reemplazarían a las decisiones unilaterales que el caudillo personalista tomaría. Más difícil es comprender lo opuesto al término populismo.

En teoría, la democracia es un gobierno del pueblo y para el pueblo, de modo que todas sus políticas públicas debieran ser denominadas “populistas”, desde el momento en que no deberían ser nunca elitistas. Sin embargo, el término populismo contiene la afirmación de que las políticas públicas desarrolladas desde el poder político contienen una especie de engaño, de burla hacia las masas a las que se les hace creer que se las beneficia, cuando en realidad se desarrollan políticas irresponsables signadas por la demagogia, la corrupción y el despilfarro de recursos públicos escasos.

Lógicamente, viene a la memoria la vieja discusión entre dos versiones de la teoría democrática: la que sostiene la defensa de las mayorías y la que sostiene la defensa de las minorías: el republicanismo y el garantismo, dos posiciones de equilibrio tremendamente inestable porque, al ser puramente teóricas, no registran en sus premisas y corolarios el devenir de las luchas sociales que hacen oscilar al sistema político entre ambas posiciones y tienden a aislarse de las condiciones reales de la lucha social por el poder.

Así planteada la cuestión, tanto el personalismo como el populismo, cuando se refieren a la calidad democrática de un espacio social determinado, parecen ser claramente una crítica elitista, en donde una minoría impugna la decisión de las mayorías al elegir un líder político y unas determinadas políticas de estado. En alguna medida, las elites sólo pueden impugnar el populismo, dado que el personalismo es tan frecuente en ellas como en los movimientos de masas y otras corrientes y movimientos sociales, mientras que las políticas públicas “responsables” que suelen proponer no tienen otro objetivo que reafirmar su posición dominante.

Esta tensión ha marcado el desarrollo del sistema democrático a escala global desde sus formas modernas más incipientes y, actualmente, dos factores contribuyen a ensuciar el panorama, a tal punto de hacer emerger una nueva tensión que, hasta lo que sé, ni siquiera tiene nombre en teoría política, y que es la cohabitación de estas viejas taras e inconvenientes políticos con otras nuevas problemáticas, vinculadas a la globalización y a la difusión masiva de los eventos políticos, lo que fuerza una adaptación de las formas políticas cuyos resultados rozan permanentemente el absurdo.

Así que irresponsablemente le pondré nombre aquí estos nuevos elementos que de ninguna manera reemplazan a los anteriores, sino que se solapan con ellos. Personajismo y publicismo, además de personalismo y populismo, marcan las condiciones del juego político en las democracias formales del presente. Y no me refiero a las democracias “subdesarrolladas”, sino incluso a casi todas las más desarrolladas, incluyendo aquí a los EUA y a las potencias europeas.

En el personalismo, el carisma del líder contribuiría a eternizarlo en el poder, ya en el poder ejecutivo, en la cima del aparato partidario del que era originario (y en ocasiones fundador) y en la cima también de la oposición, llegado el caso de un relevo eleccionario. El líder político es un “conductor” y un tótem de la ideología orgánica de una fracción de las fuerzas políticas de una sociedad.  Este líder puede o no ser populista (o demagogo, si se prefiere), pero se apoya en sus cualidades carismáticas propias.

En cambio, asistimos al surgimiento de una nueva forma de personalismo: el personajismo. La diferencia es que en esta segunda opción el carisma no es real, sino inventado en torno a un personaje político que, al margen de las cualidades que posea, se le asignan otras destinadas a impresionar a la gente y ganar su confianza electoral.

La transición de una a otra forma ha sido bastante sutil, pero extremadamente extendida. Por supuesto, el operador político presentado como personaje puede tener también un fuerte carácter personalista, pero lo curioso del personajismo es que esto no es totalmente necesario. En el personajismo, una buena sonrisa y cierta simpatía suelen ser más valorables que la solidez ideológica y la claridad de pensamiento sociopolítico.

Las tecnologías de la comunicación contribuyen poderosamente a que las democracias hayan virado hacia el personajismo, precisamente guiados por la nueva tradición en la construcción del poder: el publicismo. Ya no interesa convencer al electorado, interesa hacer una buena estrategia publicitaria del candidato, partido o frente electoral. No se oponen ideologías, se oponen aparatos de divulgación cuyos contenidos políticos se empobrecen de manera deliberada, precisamente para no perder potenciales votantes tomando una posición demasiado clara sobre un tema discutible.

Si los grandes movimientos de masas del siglo XX desarrollaron enormemente la propaganda política (como el nacionalsocialismo alemán o el bolchevismo ruso), aquí vemos un movimiento opuesto: no se trata de convencer a las masas para que apoyen una ideología con claras líneas programáticas, sino de ocultar lo más posible esos programas (que a menudo no están definidos ni siquiera en forma secreta). De modo que aquí no confundo (como suele ocurrir) propaganda con publicidad, difusión de una idea política con mercadotecnia. De ninguna manera: sostengo que el personajismo y el publicismo han ganado la batalla, no frente al personalismo y el populismo (para los cuales pueden ser absolutamente funcionales) sino frente a la complejidad del diseño de la agenda política y las políticas públicas. La consecuencia más importante es el alejamiento del conocimiento popular de las condiciones reales de poder, que al no estar definidas se vuelven inaccesibles.

 Actualmente, se vota a un personaje ampliamente publicitado y las políticas públicas que su eventual gobierno desarrolle o pretenda desarrollar (porque siempre existirá la resistencia y la realidad poselectoral) dependerán en mucho menor medida de los programas y plataformas políticas previas, de las promesas y compromisos preelectorales, que de las necesidades inmediatas, de la presión de las diferentes corporaciones sociales y del pragmatismo impuesto por el constante monitoreo que el publicismo impone al personaje político.

No se me ocurre, ahora mismo, ningún destino más tragicómico, porque lo que nos queda es una política abierta más parecida a un sainete y una política oculta (profundísimamente antidemocrática) de descarnada lucha social, en la cual las elites llevan las de ganar. Porque las elites son el sector social que mejor pueden contribuir a la creación o destrucción de personajes políticos y a la mejor o peor divulgación de esas presentaciones insustanciales en las que todos odian la pobreza y ninguno presenta un programa para combatirla, donde todos aman la educación, la salud y la justicia... y ninguno dice como hará para mejorarlas.

Evidentemente, en la lucha política poselectoral las cosas quedan más claras, porque debe discutirse sobre elementos y políticas concretos. Sin embargo, el peso del publicismo es tal que la capacidad de discernimiento queda atada a la imagen del personaje que, sin importar lo que diga o haga, como en toda comedia, será desde el principio hasta el fin bueno o malo, capaz o incapaz, democrático o autoritario.

Derivado del mismo principio, las políticas públicas propuestas o rechazadas no son materia de auténtico debate social, sino resultado de la aplicación del carácter del personaje a la situación particular: si el bueno propone algo, ese algo es bueno; si el malo desarrolla una política, ambas serán malas. Incluso los cambios de dirección son interpretados por el principio de la comedia: si el bueno hace lo opuesto a lo que venía haciendo, será la necesidad lo que lo impulsa o un sano pragmatismo; si lo hace el malo, será una premeditada astucia o una clara muestra de incapacidad.

En la democracia personalista, populista o elitista, se podía sentar posición en el contexto de una tragedia que es la de decidir con poca información, limitada inteligencia y permanente conflictividad que es lo mejor para todos y para cada uno. En cambio, en la democracia personajista y publicista se asiste a una función que es una parodia de lo que realmente ocurre de manera oculta. La desinformación es enorme, el diseño de la agenda pública se encuentra escondido y cooptado y las políticas públicas no sólo son determinadas por las luchas entre elites, sino que ni siquiera están libres de la intervención del publicismo.

Desde hace mucho tiempo vengo sosteniendo que la gran ventaja del sistema democrático formal no es su calidad moral (ya que se trata de un imperio puramente nominal del pueblo, no reflejado en la práctica efectiva de la vida política) sino su flexibilidad y versatilidad para la regulación del capitalismo tardío. En mi opinión, ni el personajismo ni el publicismo por sí mismos disminuyen esta cualidad, pero sí promueven el ascenso de unos políticos cuyas cualidades intelectuales y carismáticas merman de generación en generación. La formación publicitaria y el desarrollo del personaje público para la comedia constriñen el desarrollo del político profesional e ideológico de carrera. Actualmente, cualquier empresario con bastantes millones puede invertir en publicidad y personaje y crear su propio candidato, o crearse a sí mismo como candidato.    


Segundo: alguna explicación sociológica de la cuestión, por favor


En alguna medida, la expresión general de los mecanismos de la democracia formal contemporánea  se extiende en un determinado contexto de industrias culturales, de cuya influencia es difícil escapar. En este sentido, no creo que personajismo y publicismo sean el resultado de una estrategia premeditada de ocultación de las condiciones reales de poder (aunque estas estrategias existen indudablemente), sino más bien la evolución de éstas estrategias en un contexto cultural determinado por las condiciones de la cultura de masas.

Velocidad incrementada, cambio, liquidez ideológica, debilidad de las relaciones, inestabilidad de los vínculos sociales, fragilidad creciente de la integración social, obvia y descarnada mercantilización de los contenidos afectivos e intelectuales son factores que se han incrementado en las últimas décadas, que son también las de la expansión de la democracia formal.

El personajismo y el publicismo son adaptaciones a las condiciones materiales y simbólicas de una ideología dominante, pero que es dominante de manera crecientemente fragmentada e inestable, no por su lucha con ideologías antagonistas de corte contra-hegemónico, sino por la inestabilidad de sus propias condiciones internas, exacerbadas por los procesos enumerados en el párrafo precedente. En este sentido, estas expresiones son las vías de menor resistencia a las condiciones del sistema y no obstaculizan, por el momento, la capacidad de regulación sistema a la que el sistema democrático contribuye en el ámbito jurídico-político.

Por las mismas razones, experimentan fuertes limitaciones y, en cualquier caso, potencialmente acarrean problemas profundos a la gestión formalmente democrática de crisis sociales de largo plazo y cierta profundidad estructural. Sobra decir que en estas fechas se dan estos casos y prácticamente en todas las “democracias desarrolladas” se percibe una notable fractura del liderazgo.

 Al mismo tiempo, los personalismos fuertes están notablemente amenazados, porque el personajismo no resiste fácilmente una prolongada exposición pública y tanto los líderes demasiado fuertes como los demasiado débiles en términos de personalismo carismático se ven amenazados. Los fuertes, porque el publicismo colisiona con  la conservación por tiempo indeterminado de la imagen pública; los débiles, porque el publicismo expone descarnadamente las bases de esta misma debilidad.

En mi opinión, esto conduce en ocasiones a la adopción de expresiones políticas desmedidas, porque se exige una velocidad de respuesta en el ámbito de la política expuesta que los personajes se ven incapacitados para exponer políticas de estado de largo alcance y plazo, lo cual caracterizaba a los gobiernos personalistas más “clásicos”.

Los alcances y consecuencias de este estado de cosas son bastante impredecibles, pero un ambiente político en permanente estado de excitación siempre constituye una cierta amenaza para los límites jurídicos del sistema, mientras que la debilidad ideológica en materia política de las masas es un factor agregado al riesgo de la inestabilidad del espacio público y los mercados. Esto último es siempre bastante preocupante para las elites, hasta tal punto que la propia inestabilidad impuesta al sistema las obliga a negociar para mantener la gobernabilidad y la rentabilidad derivada de la circulación del capital.

También el cambio de escala de las relaciones políticas entre las elites partidarias y los votantes contribuyeron al desarrollo de estos procesos: los “baños de masas” de los candidatos o precandidatos son casi siempre indirectos, televisivos e, incluso, satelitales. Los contextos políticos compuestos, en donde los actores políticos deben atender a la publicidad de su imagen pública en demasiados niveles diferentes producen imágenes de cierta esquizofrenia: los candidatos deben preocuparse por la publicidad de su imagen pública en personajes fragmentados. Una imagen se destina a los votantes libres; otra, a las bases y elites de sus partidos políticos de origen; una más, a la imagen internacional del personaje.

Compárese la violenta fluctuación de la actuación pública de grandes líderes contemporáneos y estos procesos se harán bastante transparentes. Allí está el paso tragicómico de Barack Obama del activismo y la esperanza a la tibieza y el pragmatismo frente a la presión de las elites; la actitud neurótica del ejecutivo francés ante el desastre nuclear en Japón y la cuestión libia; el sainete interminable de Berlusconi en Italia, los permanentes traspiés políticos de los grandes líderes en Gran Bretaña y España. De hecho, la explosiva situación de los personalismos fuertes en el mundo árabe, reflejan la persecución de sistemas democráticos en donde la perpetuación en el poder es difícil de negociar.

Cierto es también que la volatilidad política se encuentra muy vinculada a la posibilidad de los gobiernos de crear puestos estables de trabajo o el mantenimientos de mecanismos de ingresos fijos para la población en general. El crecimiento poblacional vinculado al crecimiento del empleo ha dado lugar a fuertes procesos de crecimiento económico y, en general, el crecimiento económico ha demostrado ser un calmante de los nervios de las masas mucho más efectivo que la sensación de control del poder político involucrada en la democracia formal.

No obstante, es poco probable que el crecimiento económico y la creación de empleos de calidad aceptable puedan mantenerse indefinidamente en todas partes y, cuanto más grande sea la masa de empleos y consumos que satisfacer, más dura será la caída desde la tolerancia política al caos social cuando esta capacidad decrezca. En el contexto de pirámides poblacionales con un alto porcentaje relativo de población económicamente inactiva por alto envejecimiento medio de la población, la situación a mediano plazo es bastante dramática también, pues los flujos migratorios centrípetos serán a las vez necesarios y temidos (pues bajan la calidad de vida media de la población, y con ella la percepción general de bienestar económico) y no deben descartarse procesos centrífugos o de migración interna.

La ideología dominante ha conseguido que las masas estén satisfechas con una cuota mínima de poder político, lo cual explica la bajísima calidad de las democracias reales a escala global. Sin embargo, esta satisfacción es frágil e inestable, como lo es toda la industria cultural en el capitalismo tardío, y afecta a estas formas de actividad política involucradas en el personajismo y el publicismo.

No son cuestiones para tomar a risa: su crecimiento marca la existencia de un síntoma gravísimo de una potencial incapacidad general de regulación. En este contexto, es relativamente fácil anticipar el resurgimiento de discursos políticos maniqueos, xenófobos, quintacolumnistas, simplistas y agresivos, así como la adopción de estrategias de desviación de la atención, como puede ser desatar una campaña militar. No es raro que ciertos gobiernos prefieran verse involucrados en una guerra que enfrentar los problemas de gestión internos.

Puede pensarse que el exceso de domesticación de las masas en la democracia formal  comienza a jugar en contra de la misma idea de democracia. El personajismo y el publicismo hacen evidente que los “actores” sociales son otros, a tal punto que se transparenta lo que es, en realidad, la regla en las democracias formales imperantes: la democracia sin demos que la sostenga. Los movimientos de masas, que no cuentan ya con sólidas bases ideológicas como durante el auge del socialismo, el anarquismo, el comunismo o el anarquismo,  presentan una fuerte tendencia a ser esencialmente destructivos para las políticas públicas desarrolladas desde el estado: son críticos, pero raramente son reconstructivos, y los intelectuales contra-hegemónicos no han sido capaces de crear modos de revertir la tendencia sin caer en las propias políticas personajistas y publicistas, que son de fácil absorción para un sistema que, cada vez más, como ocurre con otros artistas, es víctima de su propio éxito publicitario.    

domingo, 17 de abril de 2011

Menores criminales, males mayores: imputabilidad, minoridad y responsabilidad pública

La inseguridad pública ha sido, al menos durante los últimos años, una bailarina principal del ballet de cuestiones planteadas al gobierno argentino desde la perspectiva de los sectores de poder que oligopolizan los medios masivos de comunicación, en un movimiento totalmente acorde a lo que ocurre en casi todas las “democracias avanzadas” del mundo en lo que se refiere al poder político de los conglomerados informativos.

Esta cuestión vinculada al oligopolio de la información formadora de opinión que circula ideológicamente por (y cortocircuita a) la “sociedad civil” merece el amplio debate sociológico que ha tenido, razón por la cual no debe hacerse un análisis banal de unas pocas líneas intentando englobarlo todo. Pondremos lo de “sociedad civil” entre comillas precisamente porque es un concepto muy difundido, pero muy polisémico e inexacto que, en este caso, reúne a la gente común, sin poder político suficiente para ser operador político o formador de opinión. Es esa gente que sufre la des-información, que no es simplemente carencia de información sino información brindada para confundir u orientar la acción social de las personas, especialmente en lo que a sus sensaciones morales y políticas se refiere.

Teniendo eso en consideración, voy a exponer aquí un caso testigo de desinformación pública, que polariza las opiniones de tal manera que sólo parece haber una de dos respuestas correctas y posibles. Sin embargo, el analista social debe siempre plantear problemas a las dicotomías presentadas como oposiciones naturales, y eso es lo que intentaré aquí.

No se trata de negar la existencia de una tasa de crimen considerablemente elevada en las grandes aglomeraciones urbanas argentinas (de hecho, al menos dos miembros de mi familia han sufrido robos en los últimos tiempos: no es una muestra estadística válida, pero contribuye a que mi propia percepción de la realidad no pueda minimizar el fenómeno). Se trata de poner la discusión en un contexto apto para la reflexión. En este caso, la discusión se concentra en un tema de larga presencia en la reflexión jurídica: la edad de imputabilidad de la persona, es decir, la edad a partir de la cual la persona deja de ser un menor no-responsable jurídicamente de sus actos.

Ante la percepción de un número importante de crímenes cometidos por menores de edad, la reacción ha sido dirigida a una problemática que se presenta como transparente: el crimen cometido en situación de minoridad es asimilado a la condición de impunidad. De esa manera, la no-imputabilidad de la responsabilidad criminal es considerada sinónimo de impunidad: como el criminal no puede ser tratado como responsable parece librarse de la responsabilidad jurídica y penal que se considerarían correspondientes en caso de tratarse de adultos.

La respuesta es el debate de si la edad de imputabilidad debe o no disminuirse, de tal manera que los autores de crímenes en lo que actualmente es condición de minoridad dejen de estar “amparados” por la condición y puedan ser procesados en plenitud por el sistema judicial penal.
El gran problema de este debate es que no se considera en plenitud lo que la imputabilidad implica. Se sobreentiende que, pudiendo condenarse a los acusados de los crímenes éstos no quedarán impunes. Sin embargo, este sobreentendido produce una elipsis (un salto en blanco en el pensamiento) totalmente inadecuada: la percepción de que, por estar los menores (o ya no considerados como tales) delincuentes en situación de detención, disminuirá la tasa de criminalidad. Esta percepción oculta lo más importante en este mal planteado debate: las consecuencias sociales de la aplicación de penas, cuyo carácter más genérico es la privación de libertad y la disminución de otros derechos civiles y políticos asociados.

No se considera que la imputación a edades inferiores supone introducir a las personas, sean o no consideradas menores, a un espacio penitenciario que, aunque formalmente se encuentra orientado a la reinserción social, en la práctica funciona como un sistema de persuasión negativa, cuyas capacidades disuasorias deben ser puestas en duda y que, una vez cumplidas ciertas penas, devuelven personas a la vida civil mucho más preparadas para desarrollar actividades criminales, pues son involucradas en circuitos sociales en los cuales los aprendizajes y el saber se orientan a la criminalidad y muchos comportamientos auto-destructivos asociados.

De esta manera, las ventajas de corto plazo se disuelven a mediano plazo, empeorando ostensiblemente la situación social, sin contar con que el eventual colapso económico y estructural del sistema penitenciario produce innumerables oportunidades de corrupción y vulneración de derechos de las personas afectadas al mismo, de tal modo que los más jóvenes (si no pueden ya ser considerados “menores”) son potencialmente víctimas de muchos delitos que, en ocasiones, pueden suponer una pena “informalmente añadida” que vulnera amplísimamente ese aura de “proporcionalidad” entre delitos y penas que pesa como una lápida sobre las instituciones penales de la modernidad (de la que tanto y con tanto acierto se reía entre lágrimas Foucault), pues destruye inmediatamente toda vinculación con la idea de reinserción social.

Si en un primer momento la no-imputabilidad es asociada con la impunidad, la imputabilidad resultante de un eventual descenso de la edad límite para la asignación de responsabilidades penales termina por devolver a la sociedad un problema mayor. ¿Por qué, entonces, la discusión se ha planteado tan mal?

La respuesta no es jurídica, sino sociológica. Se plantea el debate en términos de la edad porque, por una parte, supone un rédito político la oferta de soluciones fáciles a las problemáticas sociales pero, por otra parte y principalmente, porque cambiar una norma que fije el límite de edad para la responsabilidad es una política pública que, en apariencia, es más barata que en enfrentar el problema de la alta tasa de criminalidad en términos e problemas sociales que deben enfrentarse con políticas públicas eficientes, pero que necesariamente, al afectar a amplios márgenes poblacionales, suponen un alto costo social. Queremos una sociedad sin crímenes graves, pero no queremos pagar el costo social que eso supone, a tal punto que el sistema nos convierte en criminales contra los criminales, porque en lugar de proteger lo que hay en ellos de humanos, clamamos por venganza.

La desinformación no sólo pone en peligro nuestras opiniones, sino que las desplaza notablemente por caminos erróneos tanto en materia ético-moral como en materia política.
Las políticas públicas que tienden a mejorar la situación económica de los sectores más desfavorecidos, las que tienden a conseguir mayores tasas de escolarización y mejoras en la calidad educativa global, las políticas que se vinculan a la generación de expectativas personales y la generación de espacios sociales en las cuales la criminalidad sea un mecanismo de supervivencia social menos preferible y otras que pueden fácilmente imaginarse suponen un gran coste social y afectar tributariamente a los sectores que, precisamente, se perciben a sí mismos como más afectados por la criminalidad. Es decir, queremos que nadie nos robe nada de nuestra porción de torta, pero también queremos que nuestra porción siga siendo mucho más grande que la de los demás, de tal manera que terminamos exigiendo más violencia por parte del estado. ¡No estamos dispuestos a pagar más por una solución más permanente, pero tal vez sí, un poquito, por una solución aparente a corto plazo!

Sin embargo, nunca está de más recordar que son los estratos sociales más desfavorecidos los que sufren más la criminalidad y perciben más la impunidad, razón por la cual no pueden formar su propia percepción de la realidad en términos sociales de justicia. Mientras tanto, en los sectores de poder lo que se discute es cómo disminuir los efectos de la criminalidad sobre las propias posiciones predominantes.

Las respuestas vinculadas al aumento de las penas (o de las personas punibles) suelen terminar en una enorme población carcelaria sumida en condiciones casi intolerables, en donde la supervivencia es difícil y se convierten en espacios ideales para el crecimiento de la violencia y la percepción de que el estado y las normas que él sostiene son, a su vez, instrumentos de pura violencia, que sólo deben ser despreciados y eludidos, cuando no pueden ser contrarrestados con más violencia.

Cuando Ghandi (saben de quien les hablo: el político pacifista indio que andaba en pañales y consiguió movilizar a las masas hasta conseguir la independencia de todo un subcontinente) planteó el problema de cuál sería la sociedad ideal, tenía muy claro que difícilmente podría existir una sociedad sin policía (es decir, de gente autorizada para ejercer violencia sobre otras personas a partir de la norma socialmente impuesta). Pero claramente comprendió que esa era una situación más bien lamentable que deseable. En cambio, discusiones como ésta sobre la edad de imputabilidad nos alejan del problema de conseguir una sociedad más justa, en donde la gente viva más feliz y libre.

Claro, las personas encandiladas por la ilusión de la propiedad, encerradas en la necesidad de poseer para ser, que resulta que somos la mayoría, porque como decía Quino a través de Manolito “el que no TIENE, ni siquiera ES”, tendemos a pensar la justicia como conservación de la posesión y no como distribución equitativa del esfuerzo y, lo que es más importante, tampoco podemos pensar la libertad personal sino en relación a la competencia con la libertad del otro. Es paradójico, porque sociológicamente vivimos en un mundo donde la interdependencia es tan grande que no hay libertad sin la interacción con cientos de miles de personas.
En resumen: no debemos dejarnos engañar por el falso debate de la edad que tenga el crimen, sino entablar el debate real de cuáles son los costos sociales de no tener una sociedad más equitativa.

En Argentina la cuestión me molesta particularmente más, porque socialmente no estamos tan lejos de tener un modelo más equitativo, en comparación con la mayor parte de los países “en desarrollo”, “subdesarrollados”, “emergentes” o del “tercer mundo”. Sin embargo, precisamente porque hay bastante más para repartir, la desinformación nos educa para que elijamos un país polarizado en la distribución de la riqueza, en vez de un país más justo. Las clases medias y altas argentinas parecen detestar íntimamente la idea de conseguir una sociedad más equilibrada y prefieren encerrarse en lujosos centros de contención del crimen antes que procurar una más amplia libertad para todos los habitantes. Y es sin duda la presión ideológica de los sectores que concentran el poder a través de la desinformación masiva uno de los factores que impiden corregir el sentido común en este aspecto, para cambiarlo por un buen sentido de justicia social.