sábado, 19 de marzo de 2011

El Eternauta y los Ellos: Un atajo desde la transferencia erótica a la resistencia simbólica


(Este ensayito tiene ya como cinco años durmiendo entre mis archivos)

ELLAS

Sorprende algún filósofo de la historieta al descubrir que esas mujeres perfectas del cómic norteamericano, del tipo Marvel, han resultado ser un reclamo erótico menos seguro que las cándidas muñecas del Manga o el Animé japonés. Estas chicas que eran para los artistas japoneses la imagen estilizada de la mujer occidental, de ojos gigantescos, invariablemente brillantes, capaces de meter penes gigantescos en sus diminutas bocas ganaron la batalla del deseo, dice nuestro anónimo intelectual, a sus competidoras americanas. La respuesta a esta sorpresa es bastante sencilla, sin embargo.

Las heroínas norteamericanas son siempre bellezas conflictivas, histéricas y manifiestamente predispuestas a tener problemas con sus amantes, incluso en los casos poco frecuentes en los que están dispuestas a realizar actos de índole aproximadamente sexual. Por su perturbada idiosincrasia se las intuye ajenas al hombre ordinario. Nos referimos a ese hombre arquetípico que redondea con paciencia su estómago a fuerza de estarse horas sin hacer nada salvo ingerir con pulso cervecero sucedáneos de alimentos pletóricos de grasas saturadas ocultas detrás de densos sabores azucarados, capaces incluso de ahogar el buen gusto del chocolate espeso; o acaso se atiborre de sustitutos salados de auténticos nutrimentos, capaces de hacer sentirse sosa a la mujer de Lot.

Así ve ese hombre ilusorio y real a la vez a la heroína de trajes ajustados: admirables, sin sonreír excepto cuando torcidamente expresan una ironía en sus rostros de ángulos trazados esmeradamente. A pesar de su belleza, sabemos que no son “Barbies” de hueca identidad: su cruel pasado las condena a refulgir en una demente incapacidad de ser felices. Comprendemos que pronto utilizarán su fuerza y sus poderes para la violencia, para la venganza, para la ira justiciera. En esencia, no se diferencian de sus enemigas o rivales, deben cargar con el masivo retorcimiento de su propio espíritu.

Sólo son heroínas y no malvadas gracias a la virtud de una narración tan simple que le basta con representar más intensamente las emociones de un bando para que creamos que ese es el lado bueno. Lo mismo nos pasa con los amigos, cuando hablan mal de la novia que los acaba de plantar: consideramos que tienen razón, pero es que sólo escuchamos esa voz del relato. La excepción a esta regla se presenta cuando hemos deseado a su ex novia con demasiada insistencia o cuando somos parte críptica de la ruptura.

En definitiva, las súper-heroínas no nos prometen nunca que las veremos sin esos trajes que marcan las curvas de una forma tan prodigiosa (curvas que no declinan ni estorban ni siquiera en el momento álgido de la batalla, que son inmunes al uso de esteroides y a la gravedad). Lo que nos aseguran es que sufriremos por ellas terriblemente, aun en el caso en que consintieran acostarse con nosotros.

Sufriremos porque planearán venganzas mientras intentamos quitarles la ropa que es en realidad parte de su cuerpo. Sufriremos porque resultarán ser frígidas, sin orgasmos, masoquistas o sádicas. Sufriremos porque serán letalmente pasivas en el mejor de los casos, y serán tan firmes en su dignidad que no se rebajarán a lamer los elementos de tamaño estándar que tenemos para ofrecer. Por el contrario, las muñecas de historietas orientales, que han vislumbrado la demencial obsesión por las curvas femeninas, nos dan exactamente lo que necesitamos: gritan de placer ante cualquier penecillo valiente que las mime un poco; se hamacan salvajemente pero con precisión y delicadeza; no pierden el tiempo planificando el porvenir ni resintiéndose por el pasado. Hacen, en una palabra, exactamente lo que nos gusta. Mejor dicho, lo que nos gustaría que fuera el molde de la vida sexual.

Nos gustan esas graciosas ninfomaníacas porque, admitámoslo, pese al glamoroso empuje de la perfección realista y de la imaginación seudo-perversa, la mayor parte de nosotros prefiere el sexo normal y sin grandes conflictos. Cantidad efectiva, y no una calidad imaginaria, es lo que nos tendría contentos. Las sadomasoquistas tendrán que buscar a sus amantes entre gente menos razonable que nosotros, los especímenes promedio.

Las chicas de las historietas japonesas no tienen súper-poderes, ninguno de los cuales suele ser muy útil en la cama, pero tienen indudablemente magia. ¿Cómo sería posible, de otra forma, que esas camisas de colegiala de corte algo recto y nada sugerentes escondan unos pechos descomunales que, además, desafían la gravedad sin necesidad de un traje de neopreno?

Eso en lo que al imperio de los sentidos se refiere, porque todavía más sorprendente es su inacabable energía y su vocación por efectuar a conciencia largas y definitivas sesiones de sexo oral, cuando es bien sabido que, en general, tales prácticas son más bien parte del juego amoroso que del placer en sí mismo. Pero, aunque en esas ocasiones no pueden gritar, nuestras muñecas parecen sentir el mismo placer al dar que al recibir y están, gracias a ello, siempre en el perfecto equilibrio del amor carnal desde el punto de vista del amante tranquilo.

La súper-heroína anda siempre metida en problemas, perseguida por su pasado, incapaz de decidir si prefiere a ese bienhechor de la humanidad, que la adora sinceramente en un silencio algo idiota, o a ese bandido que la desea hasta el asco y el odio, creyendo que la venera también. Nunca tendrá tiempo para nosotros. La chica Manga, en cambio, es esa jovencita deseosa de aprender, esa enfermera solícita, esa amiguita que tiene amiguitas que también quieren jugar con nosotros, esa secretaria aburrida y necesitada de aventuras pasionales. Nunca pensará en otra cosa que no sea en nuestra satisfacción.

¿Qué les pasa, a unas y a otras, para que adopten posturas tan diferentes? Y no nos referimos (sólo) a posturas amatorias sino, de forma más abstracta, a la postura que se toma ante la existencia en general y ante la vida erótica en particular. El problema está, sencillamente, en que han sido creadas para seres diferentes. Las heroínas son el reflejo de los héroes de acción, de las fantasías literarias con que se envuelven. Han sido creadas para ser compañeras de aventura, no de cama. Las chicas de ojos grandes, por su parte, son simplemente la expresión gráfica, artística, egocéntrica y sincera de los deseos de los hombres normalmente libidinosos de este mundo.

No es que queramos esclavas sexuales, sólo queremos el sexo tal como lo soñamos. Y nadie debe sorprenderse ni exclamar diatribas contra el machismo, porque el cómic erótico, o que juega con el erotismo, simplemente se dirige a esa porción de la población masculina que siente que su vida erótica es difícil, y que desearía que no lo fuera. Contrariamente al aura nefasta que rodea al consumidor de pornografía, recurrir al cómic erótico de forma habitual puede considerarse prácticamente un signo de sensibilidad hacia el disfrute acomodado y fácil. No es un motivo de orgullo, pero no parece que deba considerarse el noveno pecado capital (les dejo que averigüen ustedes cual es el octavo).

No se trata de desvalorizar o subyugar a la mujer, porque nos estamos refiriendo siempre a imágenes y representaciones gráficas; se trata de disfrutar de su belleza. Y si este disfrute es algo egoísta, eso es el resultado de ser una expresión sincera de las fantasías del autor y del consumidor. Pero no son fantasías que pretendan proyectarse al mundo, sólo compensan su impiadosa intransigencia frente a nuestros muy humanos deseos.

Es bastante evidente que, en la vida real, las cosas deben negociarse, hacerse parte de un consenso, debe haber renuncias y ofrecimientos, concesiones amorosas y sentimentales. En resumidas cuentas, se trata de alternar “Me gustaría hacerlo así” con “¿Cómo te gusta hacerlo?”. La obsecuencia de las chicas Manga es satisfactoria porque, precisamente, ni siquiera debemos someter nuestros deseos a consideración: como queremos hacerlo nosotros es como les gusta y se hace, y, además, con mágico beneficio mutuo, lo cual colabora a elevar nuestra autoestima deprimida por una existencia alienante y una autoconsciencia de devastadora sinceridad. Pero con las chicas Manga, como en el paraíso musulmán, no hay celos, reproches, hermanos vengativos, paseos inútiles, cenas caras. No hay concepciones ni necesidad de utilizar condones, porque no puede haber cosa más triste que una fantasía erótica que precise profilaxis. Sólo hay gratificante y natural sexo.

En cambio las heroínas... ¿Qué les pasa? Son tan hermosas que ni siquiera podemos soñar mujeres así. El artista debe crearlas a partir de parámetros precisos de lo que es hermoso y de lo que es mujer en el sentido más depurado de su expresión estética. Pero no debemos ensañarnos inútilmente, pues la cosa ya no tiene remedio. El problema no está en las heroínas. Ellas están bien (o lo estarán después de veinte años de psicoterapia). El problema lo tienen los Ellos.

ELLOS

El cómic Manga de aventuras se diferencia categóricamente de su par erótico. Ha hecho maravillas con el rápido discurrir de la sangre, con la tensión que desencaja los rostros, con el brillo de las espadas contra los fondos oscuros y nebulosos de las historias fantásticas donde el destino juega, en una contradicción casi siempre bien encubierta, una función tan importante como la destreza y el valor. Pero se trata, en definitiva, de un mundo muy diferente al del cómic erótico y sus heroínas femeninas no suelen tener el carisma de las heroínas norteamericanas.

Denunciada la naturaleza relativa de su existencia, su entidad referida a los héroes masculinos de acción, debemos en este contexto comprender la naturaleza social del cómic tal como lo conoció la segunda mitad del siglo XX. Porque nos enfrentamos aquí con un hecho sociológico que sacude los cimientos mismos de la filosofía de la historieta. Pocas actividades adultas son tan marcadamente masculinas, al menos hasta mi generación, como la fascinación por esa rama mixta del arte que combina literatura con dibujo, con pintura, con cine y con fotografía y cuyos productos han sido marginados incluso después de que la estética del cómic penetrara en las salas de arte a través de la pintura pop. El cómic y su multitud de vecinos estéticos es quizá por antonomasia el arte de las clases medias. En él se muestra lo que los sectores medios de las sociedades contemporáneas desean y sueñan.

Naturalmente que tanto niños como niñas suelen ser afectos a ciertas historietas, pero no se expresa en uno y otro sexo la misma fidelidad posterior hacia el cómic. Puede que se trate de un problema educativo o de una falta de demanda, pero lo que parece cierto es que a partir de la pubertad la proporción de varones afectos al cómic es abrumadora. Aunque carecemos de datos, también en el mundo creciente y avasallador de los videojuegos el sexo masculino parece estar más representado y no porque los departamentos de mercadotecnia no intenten ganar el mercado femenino.

Es lógico entonces que, cuando esa juventud crece y comienza a necesitar otro tipo de tratamiento para su mundo erótico interior, aparezcan productos que intenten ocupar ese nicho dejado por las dificultosas relaciones humanas, a las que la vida moderna ha obligado, con sus usos y costumbres, a mantener a la gente menos sexualmente satisfecha de lo que se desearía. Con todo, aun si la tendencia de la supremacía masculina en este campo se debilitara en las próximas décadas ello no invalidaría las reflexiones a las que someteremos al cómic, pues nos basamos en su historia y en sus hechos, y no en sus perspectivas de futuro, opacadas por las nuevas tecnologías que ya han derribado de su altar a los dibujos animados y las historias fantásticas que presidieron y decidieron la infancia de muchos de nosotros.

El cómic no ha nacido, seguramente, para restablecer el equilibrio erótico en los hombres necesitados de amor carnal. Pero su auge se ha manifestado directamente relacionado con estas necesidades, aunque de un modo encubierto. Los súper-héroes tradicionales, ya fueran destinados a su oficio por nacimiento (el arquetipo es Superman) o como producto de un trauma infantil (el arquetipo es Batman), comparten su destino de relativa soledad, de angustia vital pero, al mismo tiempo, cuentan para resolverla con habilidades o capacidades completamente ajenas a las que los lectores del cómic pueden tener. Que persigan, en cada caso, la justicia o la venganza (o la venganza disfrazada de justicia), resulta ser secundario. Lo importante es que representan en sus capacidades y en sus acciones la potencialidad del lector para disolver las propias contradicciones y, entre ellas, su posibilidad de ubicarse como objeto de deseo carnal, lo cual no está exento, en todo caso, de cierto carácter voyeur homo-erótico.

No hay superhéroe norteamericano que se precie que sea capaz de mantener una relación amorosa decente con una chica normal. Siempre le echan la culpa a su trabajo, ¡como si los súper-villanos abundaran! Por cierto que, por alguna razón, esos villanos de turno suelen tener algún mágico carácter afrodisíaco, que contrasta fuertemente con la naturaleza solitaria de sus castigadores. Es una velada afirmación de la moral puritana: los malos adoran el hedonista amor carnal, múltiple, sensual, mientras que el bien persigue incansable un amor ideal tan exaltado que sus culpas o problemas cotidianos parecen alejarlos de su posibilidad real. Esto es igualmente válido para los héroes oficiales de Norteamérica, que se caracterizan por portar en sus trajes a la bandera tricolor (Superman, la Mujer Maravilla. el Capitán América), como a los ocultos superhéroes que son también prófugos de la justicia ordinaria, y hacen el bien por las carencias de ésta o contra el gusto de ésta (Batman o el Hombre Araña, por ejemplo). Son, como advierte claramente el lector inteligente, auténticos ejércitos paramilitares de una sola pieza, la última línea de defensa del statu quo, los defensores del orden imaginario. Porque esa es la característica que imprimen con su sello los héroes norteamericanos del cómic: los superpoderes, la excepción, lo diferente, lo inusual, se encuentran al servicio de la normalidad, de la plácida corriente del tiempo fuera de todo cambio, del conservadurismo casi rural, casi medieval, casi obsceno, enclavado en cualquier gran ciudad o pequeño pueblo de los Estados Unidos.

También el cine de acción repite hasta el hartazgo esta letanía: hacen falta los desviados, pero sólo para que todo siga igual. Sí, son los superhéroes. Y de tal costilla, tal mujer. Los cuerpos esculturales no son otra cosa, en posesión de unas mentes pervertidas por el modelo de héroe-padre, que el contrapunto de la también modélica mujer media. Son ajenas a la familia ordenada, al descanso dominical y al coito unitario del sábado a la noche. Al mismo tiempo, las personas normales sólo tienen permiso para salir de su molde cuando algún enemigo ataca su forma de vida, un enemigo siempre exótico al onírico idilio estadounidense con su imagen de América. Si eso no ocurre, sólo servir al sistema cumpliendo su rol en la sociedad bien ordenada es tolerable, aunque esa misma sociedad sea cada vez más injusta y peligrosa para sus propios habitantes. Borges retrató las Crónicas Marcianas de Bradbury con encomiástica mordacidad al afirmar que, a través del relato de la conquista de Marte (que, a su vez, rememora otra impiadosa y muy real conquista), las Crónicas saben contagiar ese reverso atroz del sueño norteamericano que es su tedio.

ARQUETIPOS

Según surge del análisis previo, los superhéroes y sus acompañantes femeninas son agentes encubiertos de un conservadurismo radical. Pero este arquetipo no puede aplicarse a otros universos sociales. Por supuesto que la gran escuela norteamericana ha dejado profundas huellas estilísticas, tanto en lo visual como en lo narrativo, en todas las corrientes del cómic mundial. Su detallado sentido del movimiento y la forma tensa de la acción, por ejemplo, ha encontrado símiles e imitadores en todas partes, y no sin justicia. En boca de “El Cazador de Aventuras”: “¡Están bien dibujado, forro!” (Sic).

Pero anotemos aquí nuestro interés por aquellos que han resultado diferentes. En el gran cómic de acción japonés, por ejemplo, también se rinde culto a la fantasía heroica, pero se permite el lujo de acompañar a los héroes con viscerales cambios en el mundo. Detallados abismos de decadencia moral y fisiológica, con proliferaciones volcánicas de mutantes y monstruos, acompañan a las aventuras, rememorando la edad de oro de la ciencia-ficción. Es, sobre todo, un cómic en el que el héroe debe reconducir al mundo a una nueva normalidad, ya que la antigua, que el héroe norteamericano sólo debía preservar del cambio, ha sufrido daños profundos, que amenazan siempre con ser definitivos.

El superhéroe japonés, el mutante capaz de alterar el propio universo, el amo del destino, lejos de conservar un orden naturalizado, reconstituye el orden perdido sin conseguirlo nunca realmente. Es también un conservador, pero un conservador de lo pasado, un reaccionario. La forma de lo ideal se ha transferido a un incierto tiempo pretérito que para Superman era el presente de Metrópolis. La experiencia post-atómica quizá explique parcialmente esta singularidad.

De los dos tipos de héroes hallamos en el cómic europeo, pero nos concentraremos en un nuevo espécimen particular pues resultará ser un singular representante de una cautivadora realidad ideológica. Debe mencionarse sucintamente otra singularidad. El cómic conservador obliga a la reiteración, a la recurrencia, al tópico y, consecuentemente, a la irresolución. En términos narrativos esto se refleja en la composición de episodios que se calcan y reproducen. Es sencillo: si un villano desaparece derrotado –aunque generalmente se resisten a morir– debe aparecer otro, pues de otra forma el superhéroe, consumido por la cotidiana belleza de la vida norteamericana, debería jubilarse sin más. Cambian los poderes propios y ajenos, cambian los decorados, pero es una constante espiral que, bien mirada, sólo traza un círculo. Por eso también los superhéroes decaen y resucitan en cada generación: deben llenar las mentes de los mismos niños, que se cansan de los mismos colores y aventuras y no comprenden que, si un año veneran a Batman y al siguiente al Hombre Araña, no han de hacer más que seguir mamando la blanca leche de la autocomplacencia imperial estadounidense.

En el cómic japonés las historias no sólo pueden terminar, sino que deben hacerlo. El guión general gana peso sobre el episodio, pero no por eso se supera la reiteración. En Europa se detectan los dos casos, donde la excepción es el tipo excelente y complejo, tanto en lo ideológico como en lo estilístico, que es Horus-Nikopol, héroe sin igual creado por la virtuosa mano de Enki Bilal. Anotemos en esta línea nuestra admiración por su exquisito dibujo ultrarrealista y su uso maravilloso del color, del pigmento puro asociando su fuerza a la lograda textura del matiz acerado.

Nikopol sí que es un héroe extraño. Es un tipo compasivo que persigue el bien social, que viene de un pasado mejor, que es su presente (y el nuestro) de los últimos años 80. Llega para enseñar al futuro como debe vivirse, aunque él mismo no lo tenga claro. No tiene superpoderes propios, los hereda oportunamente de un dios loco que desea gobernar el universo sin negociar con sus congéneres divinos y sin aceptar la jerarquía de la tradición. Nikopol es un crítico sometido al orden, Horus es su alter-ego revolucionario. Ambos quieren cambiar sus respectivos mundos, su alianza es obligada y contradictoria. El humano quiere el bien, el dios neurótico le obliga a hacer el mal (que es, no muy paradójicamente, el único camino para que los humanos conozcan el bien). El humano adora la vida humana, el dios voraz que lo posee comete uno tras otro homicidio innecesario. El humano no quiere poder político personal, el dios posesivo lo obliga a tomarlo. ¿Cómo soluciona Nikopol tanta tensión? Recita a Baudelaire hasta que cree perder la razón.

La “Trilogía Nikopol” (La Feria de los Inmortales, La Mujer Trampa y Frío Ecuador) expresa tres alternativas ideológicas. En la primera entrega Nikopol se enfrenta al fascismo con las últimas esperanzas del socialismo revolucionario. Vence, pero a costa de perder a su dios personal y, con él, la razón (imagen del sentido de la lucha). Los ideales son salvados por su hijo, un clon personal carente de su neurosis pero, también, carente de divinidad. En la segunda entrega recupera la razón (el sentido), justo en el momento en que el dios loco retorna al mundo. ¿Cuál es su nueva misión? Reencontrarse con él para volverlo más humano y, de paso, darse un bien merecido atracón sexual con enfermeras y periodistas. Su pesada pierna de acero, nuevamente, no es un impedimento, pues el dios que lo controla está allí para ayudarlo a soportar su peso. Hay menos sangre, menos conflictos políticos (es decir, hay menos conflictos políticos con sentido). El mundo real está así: el muro de Berlín ya ha caído y el imperio soviético ve el fin. En la última entrega Nikopol y el dios loco entran en conflicto, han perdido el camino y con él, nuevamente, la razón. Nikopol ya no quiere ni siquiera intentar cambiar el mundo: sólo destroza por casualidad a una mafia multinacional y a un pedante ajedrecista-boxeador, en una hermosa metáfora de la demencia que supone la búsqueda de la perfección. Su desazón se refleja en su hijo, que de líder político pasa a ser un exiliado, un apátrida y, lo que es peor, un sujeto triste y sin salida ideológica personal. Ambos cometen un par de asesinatos injustificados y sin verdadera intención. El dios loco, por su parte, renuncia también a la rebelión y decide rendirse a sus pares, abandonando a su socio mortal a la locura de no tener memoria ni muerte. Le queda el poder de los dioses, eso sí, y la solución que encuentra es destrozar todo lo que parezca organizado, retornar al confortable caos primigenio donde no hay sentido y, por lo tanto, no puede haber conflicto. Nikopol termina su aventura recitando nuevamente a Baudelaire y gozando de una mujer que lo confunde con su hijo. Éste último, por su parte, termina su aventura en el destino que empezó siendo el de su padre: permanecer congelado en el espacio exterior durante treinta años. Magnífica imagen del eterno retorno y de la insensatez.

Si el cómic norteamericano es conservador y el japonés restaurador del orden, la trilogía Nikopol expresa la rendición intelectual ante un orden que termina por imponerse: “Quisimos ser racionales y buenos; el mundo, irracional, nos obligó a ser malos. Quisimos construir un mundo mejor; debemos resignarnos a lo que nos toca”. Es también una lectura conservadora, como la yanqui, pero de coloración pesimista. Conoce la destrucción, pero termina por admitir que toda reconstrucción es una recaída en el mismo mal, el mismo fascismo o la misma opresión, la misma carencia de opciones, el mismo hastío, el esplín de vivir escapando hacia ningún lugar. Mejor es abandonar la política (y también a su ex compañera, embarazada y con problemas legales), volver al sexo con una mujer treinta años más joven y a la poesía condenatoria de la auto-conmiseración, esa muerte de Baudelaire que nunca es mero vacío, sino muerte cargada en forma barroca de los indicadores estéticos de la muerte: carroña, hedor, putrefacción.

Hemos recorrido entonces tres caminos para llegar al mismo lugar: el héroe existe para hacer que las cosas sigan como están, sean como deben ser o se queden así sin importar lo que opinemos de ellas. ¿No hay salida, entonces? No la hay. No hay ninguna salida para los ganadores que se resignan a triunfar, les parezca ello bueno, necesario o malo.

Sólo hay salida para los perdedores. Y no conocemos a otro que haya salido del mal trance que Juan Salvo, un fabricante de televisores al por menor que se vio transformado dos veces en el héroe más impresionante de todos los tiempos. No vive en Metrópolis, Nueva York, Ciudad Gótica ni París, no conoce El Cairo ni el Frío Ecuador. Vive en un suburbio de clase media de Buenos Aires, conoce a todos los vecinos. No tiene superpoderes, ni ambiciones espectaculares. Sus triunfos son casuales, aislados, puede decirse que banales: su mujer es valiente y hermosa y le tocan buenas manos cuando juega a las cartas. No tiene ningún dios ni un destino que lo guíe o que lo ayude; no tiene mucho dinero, y si lo tuviera, no le serviría. No tiene una identidad secreta (¡Para qué!). Pero tiene un seudónimo. Juan Salvo es, para siempre, el Eternauta.

EL RESISTENTE

El Eternauta compuesto por Oesterheld comparte un signo narrativo con el cómic japonés y con la serie Nikopol (indirectamente, también con Superman): su mundo ha sido destruido. Pero Juan Salvo no luchará para reconstruirlo. No es que no quiera, es que no puede. Se salva por casualidad del exterminio y sólo sobrevive gracias a su ingenio, a su habilidad con materiales y herramientas, gracias al coraje del cobarde que debe proteger a sus seres queridos y que no encuentra otra solución que ser valiente. Debido a la necesidad de preservar la vida de su familia consigue mantener la calma y no caer en la desesperación. Se debe a los conocimientos y al valor de la gente que encuentra en su experiencia de resistencia y hace de esa experiencia la resistencia misma. No puede vencer, sólo escapar de la derrota. No es más fuerte que otros hombres, ni más firme, ni más valiente, ni más humano. Los sobrevivirá sólo porque tiene suerte. Porque debe, no porque lo desee, resiste a la invasión.

Superman tiene sus superpoderes estelares y su traje de lujo technicolor; Batman sus millones bien habidos y sus aparatitos de interminables usos; los héroes del Manga sus poderes mutantes, sus “katanas” relucientes del mejor acero, su predestinación a la victoria final; Nikopol tiene su dios interior. Juan Salvo tiene un traje de tela engomada, una máscara antigás de la primera guerra mundial y un rifle calibre 22 con escasa munición. Esa, amigos míos, es la diferencia de ser un héroe en el tercer mundo. En la vida real, el Che tampoco tenía mucho más cuando llegó a Bolivia.

El mundo de los demás es mejor o peor, el de Juan Salvo desaparece. Los demás actúan, se resignan a actuar o se resignan a que la acción carezca de sentido. Él reacciona y resiste, lo pierde todo. De paso, en otro plano, digamos que los demás suelen tener colores, mientras que tanto Solano López como Brescia (dos estupendos artistas que trazaron el Eternauta) se conformaron con el blanco y negro.

Vemos a Superman y a Batman en las portadas, mirando hacia el frente, al enemigo que habrán de batir con ciega seguridad norteamericana, o cruzando los cielos ajenos a todo posible Vietnam; los demás héroes-paramilitares, como los japoneses, miran con furia a sus enemigos o a su destino. Nikopol, el atildado y triste Nikopol, nos mira, ya sonriendo, ya relajado, como si estuviera posando, como si la cosa esa de estar dominado por un dios paranoico en un mundo espantoso no tuviera nada que ver con él.

La impresionante portada dibujada por Bolillo para una reedición del Eternauta original, de 1957 (Ed. Record; 1998), nos muestra varios cuerpos caídos, asesinados por la nevada mortal; entre ellos hay una mujer con un bebé. No hay concesiones al melodrama fácil. En el centro está Juan Salvo (no recibirá su seudónimo hasta el final del relato), tiene su traje de parches, sus guantes fijados con cinta aislante. En la mano sostiene una palanqueta de hierro y la escopeta le cuelga a la espalda. Pero lo impresionante es su mirada. A través del visor de su máscara mira al cielo con una furia sin contener. Es la ira de quien no se somete al invasor, la cólera del perdedor ante su destino, la indignación del derrotado que pese a todo resiste. Esos son los sentimientos que nos atraviesa desde abajo. Porque nos vemos colocados en la posición del vencedor, y no nos gusta.

No somos ciegos. La segunda edición de la historieta, estilísticamente revolucionaria e ideológicamente combativa, se publicó en un medio conservador, ya en 1969. Pero por eso mismo fue denigrada por los lectores y directores de la publicación, recortada y finalmente anulada. Los dos últimos tercios de la trama quedan reducidos a tres escasas páginas. Esta abrogación delata la intolerancia ante la nueva propuesta, pero también destaca la denuncia encendida presente en el guión.

Dentro de la historieta nada es irreal, sólo hay hipérboles y alegorías. Constantemente se lucha con otros vencidos, con esclavos que no pueden dejar de obedecer maquinalmente. A veces es la dominación ideológica o tecnológica, otras, el puro miedo encarnado en la “Glándula del terror”. En alguna ocasión es tan sólo la estupidez lo que impulsa a los esbirros de un poder amplio y tenaz que no tiene nombre. Sólo son los “Ellos”, empujados por una compulsiva necesidad de dominar el Cosmos. De pronto, cuando no tenemos más opción que traducir la metáfora, se comprende que el Eternauta está luchando contra Ellos, pero unos Ellos que son conocidos en un Cosmos que es nuestro cosmos. Parecen venir del espacio exterior, pero han llegado desde el espacio interior. Sólo un lector de historietas acomodado en el primer mundo podría omitir esta evidencia.

En la primera versión no es tan explícito lo que ocurre, en la segunda es transparente. Una radio deja escapar la única noticia que tienen los supervivientes de la nevada mortal: “Traición inconcebible grandes potencias... Sudamérica entregada al invasor para salvarse... lucharemos igual...”. No es una metáfora, apenas un pleonasmo dotado de una leve transferencia simbólica: los Ellos no son otros, son las grandes potencias, son sus superhéroes conservadores o restauradores, incluso sus héroes “progresistas” resignados a su propio triunfo social.

Son inagotables los recursos para mostrar la destrucción y la desolación. No caben dudas de que la delgada capa de normalidad que cubría el pasado no sólo ha caído, sino que se ha convertido en cenizas. La nieve mortal inunda las calles de muertos (calles con nombre, muertos conocidos y queridos), lanza-rayos asolan la avenida General Paz, nubes tóxicas emponzoñan la cancha de River Plate, gigantescos Gurbos destruyen la zona de Palermo y Plaza Italia. Liberados por la muerte, los esclavos descubren la belleza perdida en una cafetera y cantan canciones de cuna. La resolución del argumento es igualmente significativa. La base invasora está frente al congreso de la nación: es la dominación política, que sigue al control militar, cuando lo militar es, en realidad, metáfora de lo social y lo económico.

Con sus limitados medios y argumentos, con su escasa esperanza, con su dolor sin límite que termina en la maldición de errar por la eternidad y la desmemoria, el Eternauta vuelve al inicio sin concedernos ninguna ventaja, como una funesta profecía bíblica: conocer el futuro sirve para ampliar la acción de nuestro dolor, no para mitigarlo ni mucho menos para prevenirlo. Lo que fue, será. Lo que será, será peor; mucho peor.

Juan Salvo termina por no tener memoria de su viaje por la eternidad, del cual, por lo demás, tampoco sabemos mucho. Se intuye que el nombre no es más que una promesa incumplida de “aventuras” convertidas en episodios clónicos “El Eternauta en Saturno”, “El Eternauta contra los veganos”, “¡Lucha en Palmax 3!”, que afortunadamente no han existido. Son aventuras cuya naturaleza degradante Sartre ya descubrió en La náusea, La trascendencia descedente y autodestructiva que Huxley encontró en la regente de una casa de monjas ursulinas. A veces hay que agradecer que ciertas cosas, increíblemente buenas, lleguen a su fin.

Porque tener un fin, aunque sea apresurado, contribuye a darles continuidad en la memoria y el respeto. En cuanto a la perfección: el cómic no ha nacido para la perfección estética, aunque en la segunda edición abundan las obras de arte, tanto en imágenes estáticas como en secuencias. Son particularmente impactantes las imágenes estáticas que componen secuencias emocionales: un gato muerto que cambia de escala pero no de perspectiva es una imagen de extraordinaria potencia emotiva. No vamos a mentir: hay en nuestra opinión cómics norteamericanos que dominan mejor la estrategia visual, la continuidad de la acción, el control de la forma y la perspectiva anatómica. Pero el Eternauta resiste, porque la resistencia es su contenido esencial.

Y ahí seguimos: frente a las grandes potencias y a sus supermanes; frente a los progresistas del primer mundo, tibia bondad europea que es siempre y sobre todo europeísta, que no consiguen hacer nada por evitar aplastarnos; frente a los fenómenos paramilitares que parecen acompañar el triunfo del conservadurismo radical. Nosotros, cada uno de los desterrados de la tierra, somos pequeños eternautas (como Juan Salvo es un hombre entre tantos, ni un Clark Kent ni un Bruce Wayne). En nuestras propias casas debemos encontrar los medios para la resistencia, sin confiar en milagros aunque un milagro, al fin, pueda llegar. Trabajando para que, en todo caso, el milagro no sea necesario. ¡Gloria al héroe tercermundista, al Eternauta, que ata con alambre y cinta aislante su futuro, que amontona provisiones y abandona a los suyos para pelear sin ganas contra un enemigo superior! Ese adversario invisible que cuenta con esbirros y sicarios en todas partes y ejércitos en la vanguardia y en la retaguardia, en el cielo y bajo tierra. Estando todo el espacio ocupado por el enemigo, no es extraño que el tiempo fuera para Juan Salvo la única vía de escape y que el único medio para recuperar lo perdido fuera retornar al pasado y olvidar su fatídico destino.

El Eternauta es, con todos sus defectos, nuestro auténtico héroe nacional. Nuestros demás personajes de historieta, cuando no son estancieros conservadores disfrazados de indios, son niñitos voladores o cosas por el estilo. Tenemos antihéroes mucho más patéticos todavía, vividores, borrachos y sexópatas, como el inolvidable Isidoro. Existen, claro, Mafalda, Matías, Inodoro Pereyra y otras grandísimas creaciones de la historieta argentina que emulan en sus pequeños reinos llenos de excelente humor la resistencia feroz del Eternauta. El humor gráfico, en general, ha sido bien desarrollado en Argentina, pero creo que el Eternauta es nuestro único héroe trágico significativo. No necesitamos más.

Y es que tenemos limitaciones. En el tercer mundo, un superhéroe no puede dejar de ser un traidor. Porque si el meteorito-pedacito de Kriptón que trajo a Superman hubiera caído en la Patagonia, al crecer no habría sido Clark Kent, periodista conservador, sino Amadeo Santos Sábalo, esquilador anarquista, y se habría convertido en la amenaza mayor al orden mundial en vez de ser su última línea de defensa. Nadie podría imaginar que Batman fuera miembro de las oligarquías locales, aristocracias satelitales y mezquinas incapaces de dar vuelo a sus buenas intenciones, que todo lo más llega a la triste caridad. Digamos de paso que el propio Hombre Murciélago es, de manera algo inverosímil, hijo de un médico, como Superman lo es de un granjero y el Hombre Araña un huérfano proveniente de una familia de clase media urbana. Provienen de estamentos inferiores pero advenedizos al verdadero poder. De hecho, a veces es patético como estos súper-hombres intentan congraciarse con los poderosos de turno. Por eso mismo, nunca debaten con el poder y se buscan enemigos entre los psicópatas de turno que, en el fondo, merecen algo de pena y consideración. En vez de tratamiento médico, el American dream les ofrece su propia psicopatía conservadora en forma de súper-represores paramilitares.

Ya lo hemos anticipado. Si no tuvieran súper-villanos, estos héroes tendrían demasiado en qué pensar. Atención entonces, que el malvado de turno, loco, anormal, monstruo, es la verdadera defensa ideológica del statu quo. Y, si no está él, invariablemente el héroe necesitará de la heroína (o atractiva villana) que convierta en un infierno su vida amorosa.

Cuanta riqueza en nuestro lenguaje cosmopolita. Los superhéroes serían aquí “cipayos”, es decir, hijos de la tierra consagrados en cuerpo y alma a luchar del lado de los opresores extranjeros; “tilingos” admiradores del oropel y la magia de “lo de afuera”; censores permanentes de nuestras costumbres e importadores de ideologías llenas de sometimiento y humillación.

Pero no Juan Salvo. Él no. Él no se rinde, no se entrega, no envidia. Su asombro ante la fuerza del invasor no consigue nunca hacerle olvidar que es su enemigo mortal. A menudo el malvado súper-villano norteamericano fue amigo del alma del superhéroe, es decir, su alter-ego, al menos cuando el propio paladín no es un esquizoide. Allí están Lex Luthor y las peligrosas amistades esquizofrénicas de Peter Parker, alias el Hombre-Araña, para probar el aserto.

Juan Salvo no. El no tiene tiempo para volverse loco ni para ajustar cuentas con su pasado personal. No podemos decir que forje su destino, ni que haga la historia de su pueblo. No tiene con qué hacerlo. Es uno de nosotros y una permanente advertencia: si no podemos evitar la invasión, al menos no tiremos todas esas viejas herramientas e ideas que pueden servirnos para resistir cuando llegue el momento de sacudirnos nuestra vulgaridad cotidiana y prepararnos para un combate que no buscamos, pero que se librará en nuestro propio patio.