lunes, 1 de agosto de 2011

Nota sobre el olvido de la “Saga de Obedaurio”, realizada por Clodio Hiubuscus, y la daga de la muerte de los dioses

Quizá la más pertinente de todas, en una galaxia de respuestas en donde imperan la especulación y las conjeturas, sea la proposición de Alfredo Benamaral (1984): el relato de Clodio Hiubuscus fue rechazado sencillamente por su patente verosimilitud.
Ni un Hércules bactriano ni un Perseo, ni siquiera un Odiseo, Obedaurio cumplió también con sus pruebas antes de ser coronado rey de su ciudad natal. Clodio comprueba que fueron siete las dificultades que venció. Pero Maslah-Sanka, la amanuense de Imena la vieja, nombra doce; Dernio Lano, tres; Honorio de Cólumen, ridículamente, asevera que fueron cuatro. De las hazañas de Obedaurio según Clodio, el asesinato de la Hechicera del Lago Spertis figura en quinto lugar; es la cuarta y última según Honorio; la segunda en el salmo de Maslah-Sanka; Dernio Lano la desconoce.
Descontando ciertas similitudes, sólo el relato de Clodio reúne las fuentes reconocidas y discute con ventaja las contradicciones en la mitología original. Reconoce la sorpresiva exigencia del Órdagon de Mithra de matar a la Hechicera del Spertis, una tarea menor y casi banal en la dura saga guerrera de Obedaurio; reconoce la incongruencia de que sea un colegio como el Órdagon quien decidiera en nombre de un oráculo (el del monte Siká) tan lejano de su zona de influencia religiosa y política, reconoce también la escasez de material adicional sobre esta aventura en particular. Clodio es imparcial incluso con su ignorancia: reconoce que no puede colectar pruebas de la situación temporal de la aventura: sólo responde que los textos (mal llamados) de la segunda pirámide de Bactria y la biblioteca de Prosegamos coinciden en situar el asesinato de la hechicera entre el desplazamiento del monte Siká (para el cual Obedaurio habrái reunido a ciento cincuenta mil trabajadores) y la ruina del castillo de Hannuman, antesala a su entrada triunfal en Bactria. El asesinato del impostor Arumennis no es considerado una auténtica prueba, sino la consagración sacramental de Obedaurio como rey sagrado.
Con la muerte de Arumennis en Bactria y la unción de Obedaurio coinciden en terminar todas las sagas, excepto la de Clodio Hiubiscus. Benamaral (p.4) observa que, de haber terminado ésta última también aquí, ninguna duda existiría acerca de su superioridad. Por estilo, por claridad, por calidad de la información, la saga narrada por Clodio es superior. Tanto Honorio como Maslah-Sanka informan de la existencia del relato de Clodio como referencia y como inspiración. Nermo de Cirne y el inflexible Capsucanis, que no se ocupan de la historia de Obedaurio, lo reconocen como única fuente válida en la materia.
Sin embargo, el resto de los relatos prosperaron, todos son citados por críticos posteriores, todos son reproducidos en todo o en parte en los registros imperiales de Bactria, de Cirne, de Siká o de Prosegamos. No obstante, el tenaz empeño de Clodio no puede callar lo que sigue. Una nota aclaratoria, producto de décadas de problemática investigación en el contexto de las Guerras del Pábilo (en medio de la conmoción causada por las conquistas macedónicas): “... pues aún sí se dudara de la demanda del Órdagon de Mithra, la muerte de la Hechicera Blanca del Lago Spertis es portal de la nueva era, que no soportan los dioses del mundo ni los dioses secretos...”.
Clodio relata, con imparcial sequedad y frialdad de profeta, cómo la muerte de la hechicera produce el cambio de era. Sólo esa terca aptitud para la responsabilidad como relator, cercana a una obcecada necedad, le permite, le obliga en realidad, a continuar. Porque la hechicera madre no sería otra que la vieja Gran Madre, y con  su muerte se apresura el fin del imperio de los dioses secretos. La influencia de éstos en el mundo se disipa, y los dioses del mundo se confunden con la naturaleza. Benamaral sonríe ante la perspectiva, porque pregunta retóricamente (p.15): “¿Qué sacerdocio podría aceptar la doctrina que surge de la comprobación histórica de Clodio?”.
La declaración de Clodio es concluyente, en este sentido, y los sacerdotes, de Himeria a Jerusalén, comprueban en su propia experiencia la verdad que yace en el crimen de Obedaurio. Después de la muerte de la bruja de Spertis ningún milagro vuelve a producirse, ninguna plegaria es respondida con certeza: los portentos sagrados y la magia maligna desaparecen por igual de las historias que cuentan los viajantes. Sólo aquellas religiones que poseen registros sagrados resisten la prueba, pues sus dioses quedan protegidos (y también encerrados) en el pasado. A este pasado se aferran príncipes y sacerdotes, confundidos por la ausencia de los dioses. Es casi un apartado de secuencia lógica la deducción de Clodio: la ruina de Hannuman es prometida y facilitada por la desaparición de los dioses: ¿de qué otro medio podría haberse valido Obedaurio para capturar el castillo del aire de Hannuman?
Clodio Hiubuscus y Honorio coinciden en que la daga con la que Obedaurio mató a la hechicera estaba hecha con una de sus propias costillas, en donde se hallaba tallado el nombre de esa vieja “Madre de todos los vivientes”. La historia no termina de descansar en paz. Iojanán de Jamnia, cuatrocientos años después de la muerte de Clodio, llevó desde Bactria una “costilla sagrada” a Qyriat-Arbá, por orden de Gamliel de Hamma. Tres siglos más tarde la costilla es hurtada por orden del exilarca de Babilonia y el nombre de Gamliel de Hamma es borrado de los registros talmúdicos, y sólo reaparece en la Geniza de Boz Dag, cerca de Esmirna, junto con la locación de la costilla en una escuela rabínica del Monte de la Rosa, en Sicilia.
Pero la costilla ya no estaba allí. En el siglo décimo, Arnaudo de Moravia, al mando de la flota de los caballeros rosacruces, saquea la “nueva escuela”, situada en el predio que hoy ocupa la Casa Circondariale en Marsala y lleva el cofre de la costilla a Lisboa, en cuya iglesia de santa Clara, muy cerca de la Alfama, es expuesta como reliquia, sin permiso de Roma  y con abierta ironía: la costilla de San Clodio. El conclave de Alderigo, durante el pontificado de Bonifacio VIII (1295-1303) y en el contexto de la resolución del conflicto siciliano, admitía que la historia de la costilla negaba los milagros paganos, pero igualmente negaría los milagros de Jesucristo.
En consecuencia la reliquia es unánimemente considerada falsa,aunque permanece en la diócesis de Lisboa hasta que es adquirida en 1756 por Abraham Bausqué, sabio y riquísimo comerciante de Amsterdam, quien la remite en un buque mercante a Puerto Príncipe, pues la consideraba maldita y responsable de los males de los judíos en Europa, en lo que se conoce como la “Maldición de Gamliel”. Bausqué anota en su diario, publicado por el mismo editor que intentó adquirir todos los manuscritos de Baruj Espinoza para destruirlos, que cualquier comunidad judía próxima a la costilla estaba destinada a desaparecer.  
 Muchas veces ocurre, la historia más próxima no es la más fácil de desentrañar. De alguna manera, la costilla llegó a principios del siglo veinte en su cofre original y en una mudanza, desde Santa Cruz de la Sierra hasta el Río de la Plata. La retuvo desde la década de 1980 un anticuario de la calle Cerrito, en Montevideo, en donde la compramos (a mi esposa le gustó la cajita) por menos de cincuenta dólares americanos, a finales del año 2008. Reconocí vagamente los caracteres cuneiformes de la inscripción en la daga: pero el anticuario nos juró que era de auténtico “cuerno de elefante”.
La nota de envío con la firma de Abraham Bausqué guardada (no escondida) dentro de la tapa es todavía fácilmente legible, pero no la encontramos sino hasta hace un año, el veintiséis de julio del año 2010, mientras guardábamos las cosas para la reconstrucción de la casa. La tengo guardada en una bolsita plástica con cierre, porque no sé a qué museo le pudiera interesar algo así. Esto es todo lo que pude encontrar hasta ahora sobre la historia de este objeto que subsiste en algún lugar entre las cajas de libros. Agradeceré cualquier información adicional que alguien pueda darme.