jueves, 11 de agosto de 2011

El capitalismo central en la picota: encorsetados con alambre de púas


Visto lo visto y quizá lo que está por verse, en la izquierda latinoamericana debemos admitir que estábamos un poco confundidos. Cuando en la última década del siglo pasado la pesada mano de “los mercados” escondida en el blando guante del fondo monetario y el banco mundial nos exigía un brutal achicamiento del estado empresario y distribuidor (no así del estado represivo, por otra parte, aunque no se estimuló graciosamente la metodología del golpe de estado, como ocurriera un par de décadas antes) creímos ver allí la negra garra del imperialismo de los países centrales  enel capitalismo. Y nos confundimos. Una cosa resulta ser el gran capital, y otra cosa los estados centrales.
Digo esto atendiendo a que “los mercados”, especialmente los de valores, son en realidad el sensor de los miedos inveterados del gran capital, que ve esfumarse y disolverse la facilidad de las grandes ganancias. No temen caer en la miseria (¡una monedita para este pobre jugador de golf!), temen no poder igualar las ganancias del año anterior, incluso en ocasiones del trimestre anterior. Cientos de gerentes y asesores neuróticos a sueldo trabajan para comprender e impedir esta situación (¡una línea de coca para este pobre asesor financiero, por el amor de dios!). Con cierta sorpresa, vemos ahora que, a partir de la crisis desatada en el año 2008 (aunque había que ser un bicho unicelular del fondo de una fosa abisal en el océano Pacífico para no verla venir), “los mercados” chillan ante cualquier señal de estancamiento en las grandes economías capitalistas (descontando por ahora a los denominados “países emergentes”). Y chillan una cosa perfectamente entendible: “No sabemos cómo mantener la tasa de ganancia, así que: achiquen el estado, cobren menos  impuestos a los ricos, permítannos extender la jornada laboral, pagar menos indemnizaciones, recortar plantillas, cercenar sueldos, podar beneficios sociales. En el nombre del crecimiento económico ¡Permítannos explotar más!”. La sorpresa es que, dadas las actuales condiciones del mercado mundial, no pueden exigir (no tienen el poder para exigir) estas condiciones en las economías periféricas, de modo que desatan su furia en casita... y parecen estar ganando, porque las tijeras del déficit público, manejadas por los evaluadores de las enormes deudas fiscales, trabajan en todos lados.
Y los estados, en general, han ido cediendo ante la presión. Gobiernos de centro-izquierda, como en España, pero también gobiernos de derecha, como en Italia o Francia, ceden a la presión de los mercados, porque las economías no crecen al ritmo considerado aceptable por un capital que pocas veces ha mostrado con tanta fiereza su cara monopolista, su concentración de poder económico y social. No me molesto en señalar lo que ocurre en la periferia europea, Irlanda, Grecia, Portugal. Hablo de lo que ocurre en estos países y los EUA, donde un presidente que ¡al fin! Venía a cambiar las cosas, se ve obligado a configurar un estado más reducido que en la época de los Bushes, más anémico que en la era Reagan.  Y todo esto mientras todavía no se enteran de qué se trata una verdadera crisis económica, que existe cuando el tejido social, comprimido por la violencia y la miseria, amenaza con descomponerse. No. Todavía no han llegado a “nuestro” nivel habitual de crisis, que es algo que cualquiera con una mínima vocación humanista debe no desearle a nadie (aunque se lo haya buscado con su apatía, su condescendencia, su auto-complacencia y su conformismo).
Saldrán los agoreros a decir nuevamente que, esta sí, es la crisis definitiva del capitalismo mundial. Me permito dudar de esta revelación apocalíptica (una redundancia para los entendidos) porque no está amenazado el modo general de organización de la sociedad global.  Puede achicarse, puede reconfigurarse, pueden cambiar los países con roles protagónicos: después de perder dos guerras mundiales el siglo pasado y de haber estado dividida por cuarenta años, Alemania parece amanecer en este escenario como el país capitalista tradicional más sólido.
Claro que el crecimiento económico en América del Sur registrado en la última década es endeble, todavía de recuperación y no de auto-generación capitalista, claro que en un lustro o menos podemos recaer en las amenazas del FMI y el BM. Pero ahora están con la boca llena de problemas más grandes para ellos y, como si estuvieran desesperados, aplican las recetas que “fallaron” en toda la periferia capitalista durante treinta años.
Algunos economistas de primer nivel consideran que se trata de un error. Se equivocan o son cómplices. No es ningún error: el gran capital consiguió durante mucho tiempo enormes ganancias extraordinarias y países y gobiernos dóciles a los gentiles requerimientos de los inversionistas. Sí yo fuera ellos, sí los de ellos fueran mis intereses, también repetiría la fórmula. El error de base consiste en creer que la crisis económica es igualmente mala para todos. Puede ser mala para todos sólo si es una crisis orgánica, terminal. En otro caso, no resultará mala para todos, sino sólo para el ochenta y ocho por ciento de la población. Quienes mantengan la capacidad de producir ganancias, aunque sean menores que en el pasado, ampliarán la brecha entre ellos y el resto de las personas, serán relativamente más ricos, incluso aunque los números absolutos de sus riquezas parezcan reducirse, porque lo que les quede será más capaz de producir futuras ganancias (insisto, si la crisis no es terminal).
Las fórmulas de ajuste económico suponen recortar los derechos de los trabajadores frente al capital, ¿por qué no se llega nunca a un acuerdo para reducir los beneficios netos? Me refiero a uno verdadero porque, aunque bajen los números aparentes de las grandes empresas transnacionales y los grandes capitales, sí se les permite ampliar la tasa de explotación (bajo la excusa de que así podrán generar más empleos, por ganarse en competitividad) en última instancia saldrán ganando, porque se quedarán con una porción mayor de la torta de la riqueza social. ¡Uf! Todavía estamos digiriendo el último plato de “competitividad” que nos hicieron tragar: la educación, la salud, la justicia y las políticas públicas redistributivas destrozadas, anémicas, voluntariosas pero limitadísimas en el mejor de los casos.
Señora europea, señor gringo, no se dejen engañar como indios, o como chinos, o como sudacas... o como quienes sea que han engañado sus países y sus capitalistas en el pasado: los ajustes no son un “esfuerzo nacional”, sino una adecuación brutal de las personas a las necesidades del gran capital, que implican que ustedes tengan menos pan para llevarles a sus hijos. Menos pan, menos juguetes, menos ropa, menos aparatitos tecnológicos... si sus hijos no pasan hambre, la crisis del hambre la pagarán otros, llegado el momento. Afortunadamente, la recesión global abarata el petróleo, y con él el precio de los alimentos de consumo híper-masivo. Al menos en teoría... no todas podían ser malas noticias.
Me preguntaron el otro día si el mundo se estaba yendo a la mierda... contesté que sí, pero... hay que agregar que el mundo empezó a irse a la mierda en algún punto entre el siglo XVII y el XVIII, cuando se hizo visible que el proceso de continua expansión de la división del trabajo y la productividad media inherentes al capitalismo se había convertido en una tendencia consolidada e irreversible de no mediar un drástico cambio de consciencia global (que el diablo sabrá cómo podría producirse con la gente cada vez más idiotizada con las compras y el fútbol)). Las crisis que soporte el capitalismo a lo largo del resto de su historia (¿alguien cree que esto puede durar mucho?) serán comentarios de este proceso de auto-aniquilación.
En algún lado tengo las cuentas de cuanto puede llegar a perderse en términos de vidas humanas (en cantidad y en calidad) si este proceso de crisis continúa hasta que coincida con una crisis de aumento del precio del petróleo (calculé, a precios del año 2000, una recesión moderada como esta con un barril de crudo a 175 dólares). Yo me tomo muy en serio esos números... y a veces el exponente tan alto me marea (sí, tengo que contar en notación científica, en potencias de diez para no llenar la página de ceros), me marea en el sentido que descompone ver un cadáver bastante putrefacto de lo que antes era un chiquito de tres años, una cosa así. ¿Les da “asquito” la imagen? Vean las últimas noticias de África oriental, amiguitos.
Hace unos años, la posición del pensamiento crítico del tercer mundo frente al capitalismo global era que “otro mundo es posible”: hermanitos europeos, hermanitas yanquis, expoliadores nuestros del siglo pasado... espero que empiecen a darse cuenta que, para ustedes también, otro mundo no es posible... es necesario. No confío demasiado en ustedes (ni mucho menos en nosotros), la verdad. El capitalismo, con toda probabilidad, superará esta crisis, volverán los estados benefactores, y ustedes volverán a sus casas, a sus iglesias, a votar una vez cada dos años y a sentir que “eso” es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo... ¡Che! Háganme creer por lo menos que estoy equivocado, que cuando pase la tormenta no dirán “no fue para tanto”, y vuelvan a mirarnos por encima del hombro y a preguntarse si estamos preparados para la democracia con nuestros populismos corporativistas y nuestros revuelos sociales cotidianos.
Lo más triste para mí: en los buenos tiempos de mi inocencia sociológica yo creía también que después de toda esta porquería capitalista vendría un comunismo del bueno, un comunismo de los pueblos, y no de los estados ni de los ejércitos. Ni esa esperanza me han dejado en mi experiencia, váyanse todos a la puta que los parió.