miércoles, 9 de noviembre de 2011

El kirchnerismo y las fases regulatorias del capitalismo argentino o “el amor o la destrucción”


En los últimos años estoy atestiguando un curioso proceso de reconciliación. Es una historia de amor que, como toda historia feliz, todavía no ha visto el final.
Los reconciliados amantes son, por un lado, muchos investigadores en el área de las ciencias sociales argentinas y, por el otro, el sistema capitalista de producción. En la juventud de los primeros la relación era más bien de crítica permanente y desprecio e incluso hoy, a pesar de los secretos arrumacos, estos investigadores no lo llaman por su nombre, sino que eligen un mote o sobrenombre que oculta su vieja cara de hechicero: lo llaman kirchnerismo.
El kirchnerismo es una de tantas formas que suele adoptar el capitalismo cuando la intervención de las agencias estatales es lo bastante intensa como para contener y reconducir ciertas tendencias de los mercados de bienes y servicios, financieros y de trabajo, como pueden ser la acumulación de capital financiero, la extensión de la tasa de explotación o la concentración de la riqueza social.
Como en toda historia de amor que se precie de ser apta para la novela, hay villanos. Por un lado, están los malvados representantes del capitalismo ultraliberal, que sólo a regañadientes han cedido las posiciones de privilegio que ostentaban en la última década del siglo XX y que contribuyeron al estrangulamiento del capitalismo argentino en los primeros años del XXI. Por otro lado, están los malvados que intentan descubrir detrás de la bella efigie del kirchnerismo la dura osamenta del peronismo, al cual se asocia con la restricción de libertades civiles y políticas, con autoritarismo y corporativismo emparentados quizá con el fascismo.
Como en los últimos años me he ocupado poco de la situación nacional, ha llegado la hora de volcar alguna opinión interesada en la materia, sobre todo teniendo en cuenta esta paradoja de vivir en un país al cual, de acuerdo a los parámetros capitalistas internacionales, le está “yendo bien” en el plano socioeconómico, al menos en comparación con el estado deplorable del capitalismo central y de las numerosas amenazas que sufren las poblaciones pauperizadas de otras periferias del capitalismo tardío. Eventualmente, tendré que utilizar esa mirada sociológica de mediano-largo alcance para explicar por qué, en el fondo, no puedo compartir esta relación amante que otros intelectuales del área social tienen con las actuales instituciones estatales.
En primer lugar, quizá, debo decir que no me molesta en lo absoluto que a mucha gente le vaya mejor en términos económicos con las actuales políticas. Ante la duda del porvenir, prefiero la inmediatez del achicamiento de la pobreza y la indigencia, a pesar del indudable coste en materia de consumismo exacerbado, propio del capitalismo tardío. Tampoco me molesta que le vaya bien a los investigadores sociales que consiguen un buen puesto fijo y razonablemente remunerado en el estado... aunque me asusta que con esos beneficios confundan la conveniencia personal con la observación objetiva de la situación (y digo objetiva en sentido técnico, sin pretender imposibles neutralidades valorativas).
En segundo lugar, desestimo la idea de que el peronismo que se ocultaría detrás del kirchnerismo sea antidemocrático. Este es un viejo discurso nacional de derecha que no comparto en lo absoluto. Ni el peronismo ni el kirchnerismo son en esencia antidemocráticos (de hecho, el presente gobierno encabezado por Cristina Fernández me parece ser el más respetuoso de las instituciones de la democracia formal desde el restablecimiento de la democracia). Lo que es antidemocrático en esencia es el capitalismo, y cuando digo “en esencia”, lo que quiero decir es que la distribución del poder que existe entre las principales corporaciones que componen su ciclo socioeconómico es tan asimétrica que contradice sin atenuantes las bases discursivas y las pretensiones de validez de cualquier democracia real. Deploro esa idea de que el peronismo arrastra consigo una carga tal de corporativismo que lo hace incompatible con la democracia formal. Muy por el contrario, creo que el siglo XX ha mostrado que las economías capitalistas centrales se han desarrollado mejor en el contexto de democracias corporativistas, en donde existen frenos a la volatilidad y a la voracidad de los mercados (desde la producción de materias primas a la especulación) que en el contexto de políticas ultra liberales cuyos efectos reactivadores casi siempre han sido útiles en cortos y explosivos períodos de tiempo, luego de los cuales una nueva ola de intervencionismo estatal ha sido necesaria para equilibrar el estado de la economía, ante la destrucción de los mercados de consumo interno (que el estado de los mercados externos no podían reemplazar).
Este último aspecto es la base de mi argumentación, en realidad, en mi interpretación particular de la situación argentina actual.
Desde hace al menos un siglo y cuarto existen interpretaciones críticas que asumen que el capitalismo no es un complejo social cuyas relaciones internas son estables y monolíticas. Muy por el contrario, se trata de un sistema internamente muy flexible y dinámico que goza de la posibilidad de atravesar diversas fases, que se distinguen unas de otras por el modo y la intensidad en que las relaciones de clase se disponen recíprocamente para redundar en formas particulares de explotación, expoliación, consumo, distribución de la riqueza y capacidad reguladora del estado, por ejemplo.
Es más, el capitalismo, en tanto sistema globalizado, generalmente atraviesa diferentes “fases” de manera simultánea, articulando las formas particulares de capitalismo en un país o región con las formas capitalistas  particulares de otros países o regiones.  El mayor control estatal en una zona del globo, por ejemplo, puede estimular una mayor liberalización de los controles en otra, mientras que un descenso en el consumo o el esquema de precios en una región puede detonar el efecto contrario en otra región.
Por esta razón, desestimo también la idea de que Argentina y Latinoamérica (a pesar de su aparente fortaleza económica relativa) están atravesando una época de independencia relativa en materia de políticas económicas. Hay, quizá, un mayor rango para la toma de decisiones políticas, los tiempos son más laxos y las urgencias menos graves que en otras épocas, pero eso se debe a la situación en el contexto global. La prueba de ello es que no todos los países de Latinoamérica están en la misma situación, sino que se han ido adaptando a las circunstancias de acuerdo a su trayectoria previa y a su inserción particular en el mercado mundial. El estado de muchos estados de bienestar europeos, al borde de la quiebra, son la prueba de que el proceso es perfectamente reversible.
El proceso de recomposición del capitalismo argentino desarrollado por el kirchnerismo (realidad de la cual es difícil dudar, con los resultados a la vista) supone en realidad el quiebre del modelo anterior y la imposibilidad de continuar por ese camino, a riesgo de socavar tanto las bases estructurales del capitalismo local que se corriera el riesgo de desarticularse respecto del capitalismo global, algo a lo cual ni siquiera las corporaciones económicas locales más conservadoras estuvieron nunca dispuestas, dada su dependencia de la colocación externa de buena parte de sus commodities.   
En perspectiva, lo que puede insinuarse es que, a mediano plazo, en el capitalismo tardío al menos los estados no son libres de desarrollar políticas económicas autónomas. Más bien parece ocurrir que los problemas estructurales que pueden presentarse persisten y se profundizan hasta que el cambio de fase es forzado por las circunstancias, ya que la crisis readapta las expectativas de los actores sociales y nuevos acuerdos son posibles, al menos hasta que las tensiones internas del sistema se hacen insostenibles y un nuevo proceso de crisis las reordena. De allí la aparente (aunque nunca idéntica ni completa) oscilación del capitalismo entre etapas de alta intervención estatal (como ocurre con el kirchnerismo) y etapas más liberalizadas.
Esto ocurre porque ante la crisis de los mercados, es decir, cuando por sus propias tendencias internas vulneran las condiciones de regulación internamente sustentables, los recursos deben ser redistribuidos políticamente hasta alcanzar un nuevo punto de equilibrio dinámico (aunque tal vez sea mejor hablar de un nuevo desequilibrio con apariencia de sustentabilidad, porque en el capitalismo nada puede estabilizarse por más de unas pocas décadas). Dicho de otra forma: ante la crisis de producción y consumo las corporaciones capitalistas ceden posibilidades de acumulación máximas para mantener la posibilidad de acumulación mínima, y el excedente es controlado por la única forma organizacional conocida para la regulación de sociedades complejas: el estado.
No es magia, es ciencia.
El kirchnerismo, en lo que a sus políticas económicas se refiere, es el resultado de la trayectoria previa y de las circunstancias de inserción global y regional y, en cualquier caso, el resto de las políticas públicas (derechos humanos, educación, desarrollo sostenible, etc.) dependen de esa articulación al mismo tiempo que presentan continuidades ideológicas, en las cuales la auto-representación conlleva un diseño ideológico del esquema de expectativas éticas y morales.
No obstante, como lo demuestra el actual estado del capitalismo central, tampoco esta situación de regulación puede mantenerse indefinidamente y, antes o después, los sectores políticos más vinculados a la acumulación creciente de capital encontrarán la brecha para reclamar mayores beneficios y con ellos, necesariamente, la reducción de la intervención estatal en la economía.   
Para demostrar esto, me sirvo de las expresiones de Cristina Kirchner en la última reunión cumbre del G20, en donde reclamaba, no un sistema global diferente y más justo, sino tan sólo el retorno a un “capitalismo en serio”, es decir, librado de la carga de los mercados y operadores financieros y especulativos. Sin embargo, este elemento no explica por qué persiste esta insólita (desde el punto de vista político) dependencia de grandes estados centrales a la opinión y calificación de entidades privadas y explícitamente vinculadas a la especulación financiera. La razón es que en el capitalismo tardío los estados limitan las políticas públicas a lo que permiten las carteras de inversión de los agentes privados, de tal manera que sólo se puede invertir desde el estado en aquellos “sitios” sociales en donde estos agentes perciban todavía posibilidades de generar ganancias aceptables. Si no fuera así, estaríamos frente a un verdadero proceso de revolución social encabezada por los estados.
Tengo que empezar el día, así que voy cerrando. Mi crítica al enamoramiento de los intelectuales en materias sociales con el kirchnerismo es, en cualquier caso, no ver el ciclo potencial del proceso político, por una parte y, por otra, no ver las implicancias del éxito. No extiendo esta crítica a otros observadores de la realidad, porque no es su área de conocimiento específico. Pero los “especialistas” no pueden ignorar esta tendencia al ciclo que se expresa en el capitalismo tardío y que, si no se opera políticamente para profundizar el cambio de modelo social, nos llevará tarde o temprano de vuelta al lugar en el cual el estado abandonará el campo económico a los intereses privados y esta etapa de verano será seguida por un insospechado otoño y luego por un crudo y oscuro invierno.
En el plano personal, cuando me preguntan por qué no soy oficialista o kirchnerista, estas son las principales razones.


Nota: para quienes se pregunten por el entrecomillado del título, los remito a la lectura de "La destrucción o el amor" de Aleixandre

sábado, 29 de octubre de 2011

Lo sociológico y lo político: tríptico-guía para componer discursos tolerantes, o al menos tolerables


Cuadro uno: macro-física
Recientemente, gracias a un enlace de A. Mallimaci, he repasado el informe de la UNFPA sobre el estado de la población mundial de 2011. De lo mucho que hay para comentar, sólo mencionaré ahora que en el prólogo, firmado por Babatunde Osotimehin, Director Ejecutivo del UNFPA, se considera que la aparición de un billón de personas vivas en el mundo cada aproximadamente trece años no es un auténtico problema, sino que el problema es la voluntad de los siete billones que hoy existen de hacer de este un mundo mejor. Sin ánimo de ofender, el planteo (que en alguna medida espero no haber malinterpretado) me parece cargado de una intencionalidad política oculta detrás de un voluntarismo moral que, como sociólogo, carezco de la posibilidad de juzgar positivamente. Esta carencia mía se debe a la observación de que el mundo humano es hoy el que es, al margen de las buenas intenciones y las altivas voluntades. En términos morales, si en el año 1800 (se calcula) habitaba el planeta un billón de personas y hoy es ese número el que la FAO informa que vive en condiciones de hambre crónico, considerando que cada vida humana tiene un valor moral propio, en términos absolutos estamos peor que hace cincuenta años y muchísimo peor que hace dos siglos. Casi cualquier escaramuza civil contemporánea mata más gente que la que murió en el sitio y la destrucción de Troya (sírvanse entender la imagen paralógica como metáfora explicativa).
Es fácil creer, para los que abrimos el grifo y tenemos agua potable y abrimos el refrigerador y tenemos alimentos para una semana, entre otras incontables comodidades y privilegios, que ninguna vida humana en el pasado podía ser mejor que la nuestra. En términos de estas facilidades, las clases medias del mundo son más ricas que muchos reyes medievales. Son cuatro billones de personas viviendo como príncipes, si descontamos sus vidas y trabajos alienados y alienantes y otras desviaciones psicológicas derivadas del consumismo, el exceso de relaciones sociales y la baja intensidad emocional de muchas de ellas, entre otras lindezas de la vida moderna.
No hace falta ser historiador ni sociólogo, por otra parte, para percatarse de la relación cuantitativa y cualitativa que existe entre el aumento explosivo de la población mundial y el desarrollo de ese sistema económico basado en la producción de excedentes en forma de mercancías y que se encuentra estimulado por el sostenimiento de la tasa de ganancia que permite el incremento del dinero invertido en factores de producción, eso que resumimos en el nombre de capitalismo (para quienes deploren el uso del viejo y querido concepto de Modo de Producción Capitalista). La ampliación de los mercados es doblemente demográfica, en este sentido: el capitalismo en su lógica estructural incorpora todos los que puede a su ámbito de producción y consumo e incrementa todo lo posible el tamaño e intensidad de cada uno de ellos: cualquier traba a este proceso de ampliación, por puntual y reducida que sea, es considerada al menos el atisbo de una crisis, de donde se deriva una paranoica e híper-quinésica pasión por el crecimiento económico que invade las inteligentes mentes de los poderosos del mundo.
Tal vez sea posible construir políticas globales a partir del voluntarismo moral aunque, hasta ahora, entre eliminar el hambre en el mundo y preservar las ganancias siempre ha triunfado el segundo término por un amplísimo margen. Estamos dispuestos a todo, absolutamente a todo, para que ningún niño muera de hambre... excepto a renunciar a comprarnos nueva indumentaria todos los años, invertir en bonos de la deuda de Kirguistán, procurarnos las últimas novedades electrónicas o ingerir una enorme cantidad relativa de proteínas y grasas animales, con lo que causamos algunas de las peores epidemias de la opulencia que podían ser concebidas... por no hablar del aire acondicionado, el transporte veloz, el entretenimiento automatizado y, por supuesto, las vacaciones estandarizadas para reponerse del esfuerzo necesario para conseguir todo esto.  
Esta macro-física es temible, ciertamente, y debiera al menos considerarse cuando se habla de la situación de nuestros siete billones de prójimos.

Cuadro dos: física
Con las sucesivas revueltas en el mundo árabe y la participación geopolítica de países como Turquía e Irán, dotadas de sociedades muy diferentes entre sí y dirigidas actualmente por gobiernos vinculados a la religión islámica, renace en occidente la imagen del viejo “peligro verde”. Es un terror al fanatismo que me incomoda. No porque me guste el fanatismo, sino porque (parafraseando a Huxley) la severa mirada que dirigimos al mundo islámico se contrapone con la indulgente mirada con la que asumimos nuestros propios fanatismos occidentales. Tememos a gobiernos de determinado signo religioso cuando no nos preocupamos en lo más mínimo por nuestra propia situación. Más importante todavía: tememos a los contenidos sociales de esos gobiernos, tememos hordas fanáticas llevando la Jihad a cada rincón del planeta, cuando las preocupaciones de buena parte de esas poblaciones probablemente tienen más que ver con la macro-física del cuadro uno. Esas masas quieren consumir, aunque sea consumiendo mercancías con la forma exterior de la particularidad religiosa, porque las comunicaciones instantáneas les informan que en el mundo actual las clases medias viven como reyes de la antigüedad. Creo que la ola de revueltas del mundo árabe tiene más que ver con las promesas consumistas que con las promesas democráticas, y muy poco que ver con las promesas mesiánicas. Para usa una imagen: son materiales más que espirituales. Los gobiernos islamistas que pudieran surgir de esta situación, aunque se encuentren embebidos de honrados sentimientos espirituales, deberán igualmente enfrentar este reclamo de llegar al paraíso por el consumo y la opulencia, en vez de utilizar la vieja fórmula medieval de ganarlo por la constricción de los deseos mundanos, banales y venales a la vez. La democracia islamista no me parece un peligro particular, porque la democracia es actualmente democracia capitalista, y que tenga el signo de islamista, de judía, de católica o de protestante (Turquía o Irán, Israel, Argentina o los USA, respectivamente), a mediano plazo pesará lo mismo: la macro-física lo lleva todo a la mercancía y al sobre-consumo, o a nuevas revoluciones para conquistar estos trofeos, que representan un modo particular de funcionamiento de la vida social.
Muchos intelectuales en occidente están temiendo al islamismo. Puedo equivocarme, pero creo que hoy ese es el último de los problemas en una lista no muy larga, pero sí muy contundente de fenómenos sociales a los que hay que atender. Por otra parte, hay aquí otra tensión entre lo sociológico y lo político. Como sujetos que reflexionan moralmente, querríamos ver la posibilidad y la realidad de políticas que rápidamente erradicaran determinados defectos de las sociedades en las que vivimos o con las cuales interactuamos. Eso a menos que tengamos intereses nada encubiertos: el gobierno de los EUA teme por el estado de los derechos civiles y políticos en Cuba, pero ya casi no se acuerda de nombrar el estado de los derechos humanos en China, dado que del comportamiento chino depende buena parte de su propia sustentabilidad económica.
Pero lo cierto es que existen procesos sociales que ninguna política, aun contando con todos los recursos, puede cambiar rápidamente, sino que requieren hasta de generaciones enteras para que se perciba un cambio significativo. El machismo, que ha retrocedido en occidente más que en oriente, no ha desaparecido ni lo hará de inmediato, la lucha por la igualdad entre los sexos continúa y debe continuar. Igualmente, incluso considerando que el islamismo político sea algo intrínsecamente malo o perverso (perspectiva que no comparto) nada hará que desaparezca de un gobierno para el otro, como lo demuestra la propia “primavera árabe” donde la política islamista resurge luego de décadas de gobiernos laicos, dictatoriales, autoritarios, vulneradores de los derechos humanos... y amigos de occidente en muchos casos.

Cuadro tres: micro-física
Hoy por la mañana suena el timbre de mi casa y en la puerta me esperan dos mujeres que se declaran vecinas del barrio (a quienes yo nunca había visto) y se presentan preocupadas por la salud de los gatos de mi vecina (una mujer muy mayor que se encuentra internada). No se preocupaban por la anciana (que es una mujer, por lo demás, muy desagradable, manipuladora y xenófoba), sino por los “pobres gatitos” (un gatito no necesita riquezas y es, por lo tanto, rico en esencia y por definición). El hecho es que la anciana está internada hace más de un mes, de modo que tal preocupación es innecesaria: los gatos, después de tanto tiempo, o están bien o están muertos. Como prefiero a los gatos antes que a los roedores, me cuidé bastante de que estos animalitos desaparecieran (a pesar de las lindezas que me dejan en casa de tarde en tarde). Cuando les contesto a las señoras que los animales gozaban de una buena vida en general, me piden pasar a comprobar la situación. No sólo no confiaban en mi palabra, sino que querían que yo les facilitara el acceso a una propiedad que no es mía. Tan grande era la honrada preocupación y amor por los felinos de estas señoras que incluso se sorprendieron de mi negativa a cometer un delito en beneficio de los gatos.
Como su desconfianza me hirió, aproveché para responderles que, primero, ya hubiera sido tarde para preocuparse por los gatos y, segundo, que en cuatro años de vivir aquí nunca las había visto preocupada por éstos, ni mucho menos por la vieja persona que los cuidaba (y de la cual los gatos eran dueños). En resumen: me dijeron que “cada uno se preocupa de algo”, en su caso, de los animales (aunque malamente, como se infiere). Supongamos que no escondían ninguna otra intención. Muy bien. Esta es la micro-física de la tensión entre sociología y política. ¿Qué explicación, qué enseñanza podría haber modificado ese comportamiento en donde el derecho animal antecede al humano? Probablemente ninguna. Existimos en un contexto que nos otorga incontables situaciones en las cuales volcar nuestros afectos, pasiones y preocupaciones. Para todos existen situaciones máximas: cuidar de la situación de la mujer, de los indigentes, de los trabajadores, de los niños, de los animales, del medioambiente, de la seguridad pública, de los accidentes de tránsito, innumerables oportunidades para poner a prueba nuestra virtud y buenas intenciones, para mejorar el mundo siete billones de veces, como quiere el director ejecutivo del UNFPA.

Cuarta dimensión del tríptico: el observador
Yo, el creador y observador del tríptico precedente, no he querido mostrar círculos concéntricos de lo general a lo particular, o viceversa, porque en la consciencia las tres situaciones y problemas detallados pueden parecer inconexas. Es la tarea del observador en tanto sociólogo mostrar que, en realidad, se superponen y se componen recíprocamente. De la macro-física del sistema a la micro-física de los comportamientos interpersonales, pasando por la física de los fenómenos sociales, la realidad puede reintegrarse discursivamente y, sugiero, esta tarea es necesaria para establecer líneas de acción políticas que tengan razonables expectativas de éxito. Sostengo para mí que la mejor cualidad que puede tener una persona dedicada a la política es la claridad instrumental para reconocer qué es posible hacer en materia de acción pública sin que resulte contraproducente. En este sentido, todos somos responsables de nuestros actos políticos: debemos saber reconocer cuándo nuestras buenas intenciones se entremezclan con prejuicios y deseos de toda calaña.
Desearíamos que nuestros siete billones actuaran los unos a favor de los otros pero eso, simplemente, no es verdad. Desearíamos, quizá, que los estados nacionales adoptaran políticas públicas desligadas de los preceptos religiosos (en la medida en que muchos les atribuyen efectos nocivos para con los principios morales y las perspectivas que son la libertad, la igualdad y la equidad, por ejemplo) prefiriendo formas laicas y con base en el respeto por los derechos humanos, pero eso no se consigue gritando que la religión es mala cosa para la política y olvidando que la religión también se encuentra en un contexto específico, con el cual interactúa de manera necesaria. Desearíamos que la gente compartiera nuestras propias categorías y jerarquías morales, poniendo mayor énfasis en la justicia y el cuidado de las personas, antes que preocuparse por animales indiferentes a tal preocupación.
No obstante y sin embargo y pero... nuestra perspectiva no sería realista si no hacemos de la tolerancia un ejercicio permanente: la fragmentación ideológica ya existe, debemos trabajar políticamente con ella, y con conocimiento y sensatez, además. Porque la única otra alternativa es el reclamo y el uso de la fuerza. Y la humanidad ha crecido tanto, es tan poderosa en su entorno, pesa tanto en este planeta que por el momento es el único disponible, que cualquier exceso de violencia nos conduce a cataclismos sociales más o menos explícitos (no hablo sólo del futuro, ni siquiera principalmente del futuro) y de proporciones crecientes. Me vuelve a doler la espalda, los dejo aquí.  

miércoles, 26 de octubre de 2011

Clara noche de justicia y memoria


Prisión perpetua para Astiz, uno de los símbolos del horror de la dictadura



Al calor del sonido de la televisión escribo estas líneas apuradas y apenas como una vibración, como un parpadeo en la eternidad. Nada que pueda ser recordado, ni siquiera pensado realmente.
No se me acusará con propiedad de ser nacionalista o argentinista, a pesar de mi amor por ciertas costumbres y formas rioplatenses y sudamericanas y latinoamericanas también.
Pero hoy me siento bien en mi pellejo argentino. Porque mientras escribo un funcionario lee las duras condenas en la causa seguida, perseguida, consabida, contra los represores, torturadores, genocidas y perpetradores de los demás ultrajes contra la condición humana a la que pertenecen y de la que no se les niega ahora nada en cuanto a sus derechos humanos, fundamentales y procesales. Y esa es sin duda alguna la nota de la victoria. Hoy están siendo condenados algunos ejecutores de las atrocidades de la última dictadura argentina en el contexto, que para muchos será ya anecdótico y materia de mística, de la Escuela de Mecánica de la Armada.
Entre tantas y tantas muestras de pertinaz impunidad que hay en el mundo, donde tantos genocidas permanecen ajenos a todo juicio, e incluso son tachados de heroicos cuando eliminan por la circunstancial necesidad a otros genocidas, hoy, aquí, en mi país (del que tantísimas veces hablamos tan mal nosotros mismos) hoy refulge y acontece una clara noche de justicia.
Y con toda la aguda consciencia de que mis palabras son innecesarias, erráticas, provisionales, las suelto a rodar por el mundo, a que su única victoria sea acompañar a quienes realmente lucharon por este bien presente y a amonestar, quizá apenas a incomodar a quienes preferían el olvido y hasta la idolatría de las atrocidades.
Que sean siempre estos los laureles de los que habla ese himno nacional que tan poco me gusta y me emociona, y sea siempre ésta la sombra arrancada de la bandera argentina, que tal vez por latinoamericana, tal vez por ser tercermundista y burda, tal vez por ser apenas y simplemente humana, sea en algún futuro innecesaria.

martes, 18 de octubre de 2011

Laclau y Balibar me ayudan a terminar el techo flotante de mi casa con sus reflexiones sociopolíticas


Esperando a que vinieran a pasarme un presupuesto para cerrar el techo de mi casa, encendí la tele dispuesto a pudrir mi cerebro con algo de deportes o ciencia ficción barata. Fracasé. En el canal Encuentro me tropiezo con una charla empezada entre Ernesto Laclau y Étienne Balibar. Como suele ocurrir cuando uno capta de refilón una conversación político-filosófica (en ese orden) entre dos tipos muy bien formados y que hablan en entendible francés subtitulado, me pareció imposible captar nada seriamente pero, por vicio, no cambié de canal (a pesar de que había dos larguísimas cubanas disputando un partido de beach vóley, serán idiotas mis instintos domesticados, mi libido extrañada en el pensamiento sociológico).
Como (me) suele ocurrir, hasta que no terminaron de filosofar no pude formarme una idea muy precisa de cuáles eran mis intereses en la discusión.  Sin embargo, las vinculaciones de la charla con la experiencia política latinoamericana actual y el estado de las relaciones geopolíticas en el contexto de este atribulado capitalismo tardío mundializado me resonaron  entre el hígado y el intestino delgado de manera consistente (aunque puede que eso haya sido también resultado de mi costumbre de comer parado y tomar café frío).
Balibar, después de una inteligente tipificación de Laclau, deslizó en la charla una categoría vinculada con las significaciones sociopolíticas que no pude dejar de apreciar: la flotabilidad. Efectivamente, me dije como si la idea hubiera sido mía, los conceptos significantes, epónimos[1] (“Europa”, “democracia”, “pueblo”, “mercados”, casi cualquier elemento significativo, en realidad) oscilan en el lenguaje representando una variedad de significados diversos, mezclados, opacos. Impuros totalmente, como quizá señalaría el querido Joaquín Herrera[2]. Ninguna representación, en tanto construcción discursiva e ideológica, escapa a esta flotabilidad que es subproducto de la historia y la complejidad social, haciendo que incluso los contenidos morales más fuertes sean comprensibles sólo en un contexto, y sólo por un breve lapso de tiempo: el segundo oyente, el tercer auditorio, ya habrán hecho un desplazamiento de sentido, como el operador lingüístico lo hace a lo largo del discurso. Balibar lo sabe bien, después de su trabajo con el concepto marxista de “trabajo” (sírvase entender un guiño intelectualoide psicobolche y anicónico).
“Europa” señalaba el filósofo francés, es una idea oscilante, flotante en términos ideológicos. Puede representar la aspiración de la unidad de los pueblos europeos en un contexto de protección del trabajo, de los salarios, de los trabajadores, o puede representar la aspiración de los mercados financieros de controlar sus problemas trasladando las pérdidas económicas a las poblaciones (la herencia marxista de ambos intelectuales en pantalla hace difícil suponer que no tuvieran en cuenta esta tensión que, no obstante, es una inducción mía, porque en eso tuve que ir a... tuve que irme un ratito). En este contexto de la flotabilidad terminé por percibir la socarrona profundidad de la charla que me atrapaba.
Porque, tradicionalmente, casi axiomáticamente, nos acostumbramos a pensar los términos del desorden sociopolítico latinoamericano en función del orden europeo o norteamericano. Pero ahora, por un lado, una década de reorganización en los principales países sudamericanos y unos pocos años de crisis financiera en el capitalismo central producen otra oscilación violenta que afecta a esa costumbre, como la extinción de los mamuts afectó a la economía de los constructores de chozas con colmillos y pieles de mamut.
No es una “inversión” de las situaciones, no existe consistencia ideológica suficiente para creer que ahora “Europa debería aprender la lección latinoamericana”, endureciendo la postura frente a los organismos financieros internacionales o potenciando el rol económico del estado, por ejemplo. Mucho menos se trata de copiar para el centro las recetas “populistas” del chavismo venezolano o del kirchnerismo argentino, en la periferia del capitalismo. Ni siquiera el aparentemente exitoso modelo brasileño sería un espejo para las sacudidas economías europeas (la situación en Estados Unidos es diferente, pues las expectativas de ganancias de las grandes corporaciones no se han visto realmente afectadas por la crisis financiera y la adyacente crisis social).
Por el contrario, Balibar destacó con sonriente fiereza y condescendencia francesa su oposición a la idea de que la experiencia chavista fuera un ejemplo de “nueva democracia” (con su sentido flotante), a lo cual Laclau respondió con determinados ejemplos fácticos de cambio social positivo desarrollados en este proceso, donde los resultados cubrían o disipaban la falta de “forma” democrática que el personalismo chavista vulnera ostensiblemente. A su vez, Balibar destacó la tendencia de esta clase de democracia basada en el personalismo y el apoyo popular ciego a revertirse en tecnocratismo, burocratismo y restricción de las libertades (su ejemplo básico, difícil de amonestar, fue la evolución  de la democracia soviética, del soviet al politburó autoritario, lo cual en Latinoamérica se traduciría quizá en la transformación del movimiento de base en movimiento trans-clasista totalitario y, en última instancia, defensor de la evolución del capitalismo local)[3].
(Suena el timbre insistentemente, viene el hombre del presupuesto del techo, charlamos un rato, se va, sigo escribiendo).
Por otro lado, también se destacó la perplejidad no sorpresiva de que la reestructuración de la economía brasileña, sustentada en un notable ascenso económico de amplios sectores sociales subordinados, se representara actualmente como uno de los puntos de apoyo más sólidos del capitalismo mundial, como lo es desde hace años el desarrollo chino o indio, y esto tanto en el rol de la producción competitiva como en el espacio del consumo masivo. Balibar se concentra: el costo del crecimiento capitalista debe ser pagado por alguien en última instancia, campesinos, aborígenes, el medio ambiente, como sea. En Argentina nada de esto constituye ya un problema, porque ya hemos destruido o domesticado todo eso.    
Las categorías son flotantes. Móviles, para los intelectuales; “líquidas” nos diría Bauman tal vez. De hecho, hace muy poco Bauman sostuvo que los movimientos sociales en Europa y el resto del mundo a raíz de la crisis son emocionales, intelectualmente inconsistentes[4]. Tiendo a concordar en eso, lo cual supone decir que, en los términos Laclau-Balibar, se trata de que estos movimientos operen con conceptos híper-flotantes, polisémicos, sea de justicia social o de eficacia distributiva del estado y el mercado.
En términos arcaicos pero significativos en este caso, estos movimientos no podrían (la teoría dice que no deberían poder) constituir una consciencia de clase, ni mucho menos una resolución de la falsa consciencia pequeño-burguesa, esta que desafía y critica al capitalismo cuando no la favorece en sus pequeños intereses materiales y cierra la boca y se somete a su orden cuando siente que su presente de consumo de tecnología e indumentaria en cuotas está cubierto y su futuro económico garantizado. En este veranito económico kirchnerista argentino se ha visto esta oscilación en muchos casos de antiguos pensadores sociales críticos del capitalismo, porque la identidad anticapitalista es tan flotante o líquida como muchas otras. No es incoherencia, es coherencia con la agenda tácita de las clases medias a las que pertenecen la mayoría de los intelectuales, que se contradice sólo con la agenda manifiesta en el discurso.
Balibar asume que sólo yendo más allá de la resolución de los problemas puntuales de la crisis que hoy se desarrolla Europa podría trascender, a través de los movimientos sociales, de su actual realidad de mercado, para constituirse en sociedad en torno a instituciones estatales comunes. Al mismo tiempo, resalta enfáticamente que ese no es su proyecto, su utopía para esta Europa que, desde mi latitud con techos en etapa de planificación, es sólo un concepto flotante en el panorama del capitalismo contemporáneo.
Desde hace muchos años prefiero entender que Europa, Asia, América Latina o los EUA son denominaciones políticas útiles pero insuficientes para captar el desenvolvimiento social del capitalismo global, que no es un capitalismo global, sino la interacción de varias formas de capitalismo inter-dependientes y con proyecciones multilaterales. Por ejemplo: el capitalismo de estado chino y las economías capitalistas emergentes como Brasil sosteniendo el “sistema mundial” (muy diferente de aquel diagramado por Wallerstein), que se encontraría en fase de transición indeterminada a nadie sabe exactamente dónde.
En fin. Cuestiones flotantes para pensar. Y muchas gracias al canal Encuentro, que me hizo perder a las cubanas del beach vóley y el partido entre el Real Madrid y el Lyon.


[1] “Epónimo” significa “que da nombre”.
[2] Hace dos años ya se nos ha perdido... pero no totalmente.
[3] Lo cual, por ejemplo, siempre fue la prédica del kirchnerismo: esa mística insoluble en la realidad que es el “capitalismo popular” liderado por un movimiento trans-clasista anclado en el poder burocrático y técnico del estado.

viernes, 14 de octubre de 2011

Nosotros y Helios: notas al proceso de circulación energética en los sistemas históricos


Hasta el momento no he leído nada en el contexto de las ciencias sociales que tome al sol realmente en cuenta, si se exceptúan las aproximaciones clásicas a los contenidos simbólicos y mitológicos presentes en la historia de las religiones conocidas. En este contexto, por supuesto, el Sol ha sido siempre una figura importante, aunque no necesariamente principal. Sin embargo, la ausencia a la que me refiero aquí no es la de la figura, sino del auténtico Sol como lo comprendemos actualmente en la existencia material: esa estrella amarilla situada en un brazo de la galaxia pobremente nombrada “vía láctea” y alrededor de la cual giramos elípticamente.

Este pequeño ensayo, que es en realidad una derivación de mi principal trabajo teórico, no llega tanto a completar dicho hueco sino más bien a acentuar esta ausencia, con la esperanza de generar una incomodidad suficiente como para que otra gente, más sagaz e inteligente que yo, le preste atención a la cuestión. Mis verdaderas preocupaciones se encuentran en los procesos de circulación de energía en tanto procesos ligados a los sistemas simbólicos construidos culturalmente, y que constituyen los aspectos particulares del gasto de energía desarrollado por los seres humanos en sociedad, aquello que la sociología clásica denominó “trabajo humano” y que se encuentra socialmente determinado.

Considerado en términos comparativos con otras estrellas, el Sol no es ningún gigante pero, considerando también que contiene el 99% del total de la masa del sistema solar, podemos considerarlo un objeto importante en relación con nuestro planeta. Éste, a su vez, es el mayor en tamaño de los llamados planetas telúricos (que no son gaseosos ni helados) e interiores (que cuentan hasta el cinturón de asteroides situado entre Marte y Júpiter). 

Dos elementos fundamentales hacen a la relación entre nuestro planeta y el Sol. En primer lugar, que se trata de la más importante influencia gravitacional próxima y, en segundo lugar, que es la mayor fuente de radiación electromagnética que llega al planeta. La existencia del planeta tal como lo conocemos se deriva de su relación con el sol.

También la vida es un fenómeno dependiente de  la relación Sol-Tierra. No solamente la distancia de la tierra en relación con el astro, como factor principal, permite la existencia de agua en estado líquido (hecho considerado elemental para la existencia de vida, al menos en el ecosistema terrestre), sino que establece las condiciones climáticas de la superficie y la atmósfera, cuya dinámica se explica principalmente por esta relación con el Sol. Los vientos soplan por la diferente incidencia del calor solar en regiones y latitudes, y otro tanto ocurre con las corrientes marinas. Las lluvias se producen por efecto de la evaporación de agua marina y oceánica, cuya traslación atmosférica se vincula a los factores anteriormente citados. Los ríos corren, lógicamente, según los orienten la orografía y la gravedad terrestres. Pero sólo pueden continuar circulando en la medida en que la energía calórica del sol continúe trasladando agua por evaporación y ventilación de la superficie del océano a las tierras altas.

Como el ser humano se ha encargado de demostrar en los últimos siglos, el sol no es en absoluto la explicación única de los cambios climáticos, pero continúa siendo el primordial factor explicativo de estos cambios y, principalmente, de esas regularidades que venimos relatando.

Principalmente, el Sol es, junto con la actividad telúrica derivada de la existencia de un núcleo caliente y líquido que expulsa calor y presión y es responsable de la existencia del campo electromagnético terrestre (y con él de la atmósfera gaseosa), el principal factor de la dinámica propia de la tierra. En una cuestión que es fundamental para esta presentación, la energía proveniente del sol es la principal fuente de energía dinámica que existe en la biosfera de nuestro planeta. La tierra ha prestado a la existencia de la vida sus elementos básicos constitutivos, pero la organización y el desarrollo de la existencia orgánica (al menos la predominante) sólo es posible por la incidencia de la radiación solar. El Sol no sólo brinda las condiciones térmicas y ambientales adecuadas para la existencia de vida, sino que proporciona también esa energía suplementaria que permite a la vida combatir exitosamente la entropía. En otras palabras, la lenta evolución del material nuclear solar y las emisiones por él generadas constituyen el origen de la inmensa mayoría de la energía circulante por los sistemas orgánicos.

Sin el sol, no existirían seres capaces de realizar fotosíntesis, y estos seres son, a su vez, el inicio de la cadena trófica que permite el “círculo de la vida”. No hay que engañarse, dicho círculo no es cerrado[1]. Su reedición sólo es posible por la continua recepción de la luz solar que los vegetales sintetizan para desarrollarse. Todo ser orgánico pervive hasta el punto de reproducirse al menos porque es capaz de alimentarse de la luz solar o de los seres vivientes capaces de obtener nutrientes de las plantas o de otros seres que se han alimentado de las plantas. El “círculo de la vida” es, en realidad, la circulación de la energía solar dentro de los seres orgánicos hasta que se libera en forma de calor o se estabiliza en forma de nuevo material inorgánico cuya carga energética es mayoritariamente potencial.

El ser humano, sin importar la organización social en la que se encuentre situado, nunca escapa de esta caracterización. Incluso si llegara el día en que todos los alimentos fueran sintéticos (un mundo que me induciría a un inmediato suicidio egoísta), la energía para producirlos seguramente estaría vinculada al sol. Los hidrocarburos de toda especie son reservorios de energía solar, derivada de la extinción continua de antiguas criaturas (principalmente vegetales) que la procesaron mientras estaban vivas (aunque la energía geotermal y la presión terrestre contribuyen a la formación del petróleo, en todo caso no existiría sin este proceso precedente). Sí el viento es producido por la desigual incidencia de la energía solar, la energía denominada eólica es, en realidad, calor solar revertido en energía dinámica; la energía hidroeléctrica está dentro de la misma lógica, pues es el resultado de una dinámica que tiene al calor solar como protagonista del acarreo del agua oceánica a las alturas desde las cuales cae aprovechando la gravedad y cuya energía dinámica es transformada por las usinas hidroeléctricas. Creo que no hace falta insistir en que la denominada “energía solar” es solar, aunque existan varios modos de transformarla.

Que yo sepa, pocos tipos de energía consumida actualmente por la humanidad escapan al origen solar. De ellas, las principales son la energía mareomotriz, la energía geotermal y la energía nuclear. Ninguna de estas tres fue aprovechada sino hasta pasado el ecuador del siglo XX, y siguen sin ser mayoritarias. Son energías caras y ambientalmente inestables; las más efectivas son contaminantes y riesgosas. Hasta ese momento, es decir, durante casi toda su existencia, la humanidad no había utilizado ninguna fuente de energía de manera regular que no estuviera directamente vinculada a la transformación de la energía solar.   

De esta manera, el  Sol es el principal regulador de la circulación energética  de la vida en general y de la vida humana en particular, en un sentido muy preciso: sólo gracias a la energía solar se reintroduce en nuestro planeta la energía disipada en obediencia a la segunda ley de la termodinámica, considerando a la tierra en su conjunto como un sistema energético. Sin el Sol, la tierra sería una roca compuesta en el espacio, que de manera lenta pero invariable perdería su calor interno remanente, que se disiparía en el espacio vacío circundante.

Transformado en movimiento, la presencia del poder solar explica casi todo lo que se desplaza de una u otra forma sobre la superficie del planeta. Partiendo de este elemento podemos considerar que, en esencia, la vida humana es energía solar incorporada a materias terrestres que, gracias a la peculiar distribución orgánica de estas últimas, asimila esa energía circulante, se mueve, se reproduce, se asocia con otras formas de vida (generalmente para consumirlas), se asocia entre sí, posee un sistema nervioso complejo en el que se combinan una matriz de actividad refleja, una matriz de actividad instintiva, una matriz de intercambio  de información (que llamamos “inconsciente”) y, finalmente, una matriz de actividad cultural o social (que en este sentido amplio son equivalentes). La interacción entre estas matrices de circulación de energía e información, es muy compleja, pero todas funcionan en una tensión energética de carga, retención, tensión y descarga cuya persistencia depende, en última instancia, de que el Sol no deje de enviar a la tierra su energía. El rey-sol no se engañaba: él era el sol. Pero también lo son las cucarachas, el moho y los parásitos intestinales.

Hasta hace unos pocos siglos no teníamos por qué saber esta relación, no obstante lo cual era una sospecha importante. Cualquier labriego competente podía apreciar la importancia de la incidencia de la luz solar en sus cultivos, comparando zonas de incidencia diferenciada. Cualquier persona podía apreciar la diferencia de temperatura que se asocia a la presencia o ausencia del sol en el firmamento (aunque no fuera insensata alguna teoría alternativa). Sin embargo, es al moderno conocimiento que debemos la consciencia de la relación que existe entre el Sol y el comportamiento dinámico en la biosfera.

Todas las especies con las cuáles habitualmente el ser humano está vinculado experimentan la misma necesidad de la luz solar. Las plantas la precisan para realizar la fotosíntesis, los animales herbívoros para alimentarse de las plantas y los carnívoros para alimentarse de los herbívoros y así, hasta llegar a nosotros, omnívoros actualmente predominantes en la cadena trófica, aunque hasta una o dos centenas de miles de años éramos competidores menores de los grandes predadores. La propia organización evolutiva de la vida muestra fuertes indicios de estar vinculada a los ritmos marcados por la rotación terrestre, a partir de la cual existen el día y la noche y la diferencia de temperatura. Estos ritmos, denominados ritmos biológicos o circadianos, configuran la vida en la mayor parte del planeta según la presencia de cantidades rítmicamente oscilantes de energía solar suplementaria (incluso para protegerse de las siempre peligrosas radiaciones ultravioletas).

El sistema biológico, por su complejidad y dinámica de intercambio con el entorno, es quizá uno de los más interesantes casos de sistema energético que puedan existir. En este contexto, el ser humano y las sociedades integradas por él se encuentran en absoluta dependencia de las leyes que regulan la circulación de la energía en seres orgánicos. De allí que ninguna sociedad pueda vulnerar permanentemente sus reglas, a riesgo de desaparecer, lo cual supone la preservación general de las mismas en los individuos que la componen.

Si una sociedad agota en su entorno la capacidad de las plantas de reproducirse, puede tenerse la seguridad de que se trata de un camino a la extinción social. Cuando se habla, entonces, de la relación que existe entre el hombre y la naturaleza (como si se tratara de objetos diferenciados), debe considerarse la cualidad unidireccional de la circulación energética (del Sol a la disipación en el espacio) en la cual la vida en la tierra es apenas una interrupción ínfima y momentánea, un fugaz rodeo que da la energía para entregarse finalmente al vacío. En este rodeo, que es un suspiro en la historia cósmica, acontece todo lo viviente, todo lo humano y, también, todo lo social y lo cultural.

Que el ser humano sea capaz de reconducir la energía para modificar su entorno no es más que otro detalle en este rodeo, que puede alargarse más o menos, pero no evitarse (al menos con los conocimientos y tecnologías actualmente disponibles: tengo alguna esperanza en futuras modificaciones a ciertos principios actualmente hegemónicos). Sin embargo, lo verdaderamente notable en el ser humano es la manera única que tiene para producir y reeditar esta circulación de la energía.

Porque el ser humano ha desarrollado un circuito energético en el cual no sólo influye el procesamiento orgánico de la energía, sino que ha llegado a generar un sistema evolutivo que modifica el medioambiente y las conductas de los integrantes particulares de una sociedad humana para producir determinados circuitos energéticos que facilitan la re-circulación de la energía. Al mismo tiempo, estos circuitos no dependen totalmente de las  respuestas condicionadas, ni de los instintos ni del intercambio social básico. Para desarrollar estas modificaciones no se instala simplemente un nuevo sistema material en el espacio de otro, sino que debe producirse un intercambio comunicativo que coordine las acciones sociales a los efectos de producir tal cambio y que, a su vez, dependen del aprendizaje social e histórico y no de información acumulada en el sustrato genético u orgánico. Tampoco se trata de un mero comportamiento asociativo instalado instintivamente, sino un sistema de modificación socialmente programada de los individuos que se efectúa mediante la socialización y el aprendizaje, para lo cual se instala en cada integrante de la sociedad una parte de la experiencia simbólica que permite interactuar con el entorno (lo que he llamado: memoria sistémica subjetivada). En otras palabras, el sistema material que es la sociedad humana depende para la circulación de la energía de la existencia de una serie de sistemas simbólicos que habilitan el comportamiento social en los sujetos.

Se trata de un complejo evolutivo complejo y maravilloso (por lo mucho que tiene todavía de misterioso, lo cual lo aproxima a lo mágico) que ha dado lugar a formas de comunicación y supervivencia material muy variadas y dinámicas, catalogadas como “estrategias culturales de supervivencia”. En estos complejos, los sistemas simbólicos dependen de las bases materiales, pero también las articulan y re-articulan permanentemente, a tal punto que una determinada estructura material histórica dependen en cierta medida para su organicidad y continuidad de esos sistemas simbólicos.

Sí bien es cierto que todo sistema simbólico requiere para su existencia de un sistema material, en el caso de la sociedad humana los sistemas simbólicos son indispensables para la configuración de ésta en tanto circuito particular de la circulación energética, de tal manera que casi todo acto social de circulación energética está comunicativamente cargado, lo cual supone que está también ligado en términos psíquicos y cognitivos, ya que la comunicación sólo se produce cuando al uso de la energía se le adiciona información localizada en y procesada por seres humanos, portadores así de una manera única de energía en tanto capacidad de trabajo.

Es esta condición lo que ha permitido una circulación diferente de la energía y de la regulación de la entropía que afecta a todo sistema material. Y es también lo que permite definir a la sociedad humana como un sistema histórico, pues se trata de un sistema particular que define sus parámetros de adaptación al entorno mediante la mutación de sus mecanismos materiales, pero también mediante la mutación de los sistemas simbólicos que los gestionan.

Mientras tanto, el “primer principio” continúa operando incesantemente y, sin él, nada sería posible: ni la evolución de la materia orgánica en organismos, ni la evolución de los organismos en comunidades, ni tampoco el salto de la vida gregaria a la vida social simbólicamente dispuesta. Carl Sagan, en su famoso ciclo de divulgación científica llamado “Cosmos”, retrataba poéticamente al ser humano como “materia estelar”. Sin embargo, es igualmente fácil aproximarnos a nuestra subespecie: “somos materia solar”.

En la literatura rabínica persiste la tensión entre la aristocracia y la democracia: mientras que algunos pretenden ver en la descendencia de Israel, el nieto de Abraham, la marca de la identidad y la diferencia, otros insisten en la relación originaria, ya que todos los hombres y mujeres del mundo serían, en sentido estricto, descendientes de Eva y Adán. Elija usted a éstos como representantes míticos de la tierra y el sol (y nada me importa cuál sería cuál) y en este artículo estaremos de acuerdo. Aproximadamente.


[1] Los denominados sistemas auto-poiéticos en biología (Varela-Maturana) o sociología (Lhuman) son capaces de producir condiciones particulares para mantener la circulación interna de energía pero, como no pueden vulnerar el primer principio de la termodinámica, dependen de la existencia de fuentes de energía dinámica, o potenciales que sean capaces de desorganizar y asimilar. 

domingo, 11 de septiembre de 2011

Como una imprecación a la memoria del 11 de septiembre


Una cosa son los gobiernos, las élites políticas que circulan en el poder, las élites económicas y las corporaciones que lo configuran desde incontables operaciones financieras y mediáticas... y otra cosa es la gente, las masas y los sujetos que se desenvuelven en la vida cotidiana de cada nación y sociedad luchando por adaptarse a un medio ambiente hostil de mercancía y frustración, de alienación y estrés.
Como ni desde este espacio ni desde ningún otro he defendido jamás la lucha armada basada en atentados y violencia que involucren a población civil para la consecución de conquistas sociales de tipo económico o cultural (incluso cuando la opresión se hace insoportable, lo cual me genera más de un estremecimiento interior en mi cómoda vida de clase media), no creo que pueda acusárseme de intentar justificar por ningún medio intelectual los acontecimientos del 11 de septiembre de2001. Alguien es responsable de la muerte de miles de personas que no deberían haber muerto, personas con vidas valiosas y, desoyendo los comentarios de quienes no conocen los truculentos caminos de la ideología y la dominación, inocentes en términos de ninguna guerra. Porque las guerras modernas las libran los pueblos y las sufren y pierden los pueblos, jamás las ganan... pero las promueven y las aprovechan los gobiernos, las élites, los que dominan y no pisan el campo de batalla.
Miro hoy, como a veces hago, las portadas de la gran prensa internacional, y no se deja de recordar las torres gemelas, el sufrimiento de los neoyorquinos, las consecuencias globales de ese acontecimiento, las imágenes abrumadoras que convencen de cualquier cosa... pero no veo con la misma intensidad, ni siquiera en nuestro medio, el 11 de septiembre que más debería importarnos aquí, el del pueblo de Chile doblegado por sus propios guardianes, el de Salvador Allende vencido y de Augusto Pinochet Ugarte y Nixon victoriosos el año en que Henry Kissinger recibía el premio Nobel de la Paz, el de los miles de ejecutados, torturados y millones de damnificados por más de dieciséis años opresión directa y empobrecimiento.
Sin intentar minimizar lo trágico del 2001, el 11/9 de 1973 fue muchísimo peor y debería ser más doloroso en la memoria. ¿Por qué tanta empatía y simpatía hacia el New York y tan poca hacia Santiago y todo el país andino? Incluso desde un punto de vista egoísta muy argentino, el golpe de 1973 en Chile es la piedra de toque que dijo a los militares argentinos que la metodología podía funcionar, y que la gran potencia occidental apoyaría de manera discreta pero suficiente la interrupción de la formalidad democrática. Y aquí no se derribó a ningún gobierno socialista revolucionario amigo de la Unión Soviética ni se libró ninguna guerra contra el enemigo marxista.
Angustiémonos cuanto queramos por esa pobre gente que apuraba la muerte saltando desde las altísimas aberturas de las torres: la insensibilidad es para débiles emocionales... pero la insensibilidad forzada por las versiones oficiales hacia los pueblos de Afganistán e Irak es para tontos. En cuanto a la memoria de Chile recortada, su olvido por nuestra parte es casi un crimen, debería ser un crimen.
Un acto que roza la traición es no recordar ese 11 de septiembre de 1973 en el que un “viejo gobierno de difuntos y flores” dibujo su sonrisa perfecta sobre un fondo de opresión y expoliación. Quede mi recuerdo de esa fecha en esta letra de Víctor Jara:

Soldado, no me dispares
Soldado.
Yo sé que tu mano tiembla
Soldado, 
No me dispares.

¿Quién te puso las medallas?
¿Cuántas vidas te han costado?
Dime si es justo soldado
Con tanta sangre ¿Quién gana?
Si tan injusto es matar,
¿Por qué matar a tu hermano?

sábado, 10 de septiembre de 2011

Inteligencia, racionalidad y comunicación inteligente: se solicita información sobre su paradero para hacer algo con la crisis mundial


Cada vez que puedo aprovecho para sublevarme contra las falsas dicotomías que se esbozan para intentar comprender diferentes aspectos de la realidad social argentina, judía, mundial y demás. La razón general de este rechazo es que el pensamiento dicotómico suele representar una simplificación de algo que es constitutivamente complejo, y cuya evolución no sólo depende de su evolución interna, sino también de su interacción con otros espacios complejos.
Es cierto que, en ocasiones, la tentación es fuerte. Por ejemplo, cuando aparecen ciertas cuestiones relacionadas con los derechos humanos, suelo responder que lo que más me preocupan son los humanos involucrados, antes que los derechos, porque son los humanos los que sufren las violaciones de esas construcciones ideológicas que son los derechos, y son los humanos los que interpretan y malinterpretan esos derechos, y son los humanos también los que vulneran los derechos de otros humanos. Mi crítica es, en realidad, a esos defensores de los derechos humanos que se preocupan más por el derecho que por las condiciones reales de existencia de los humanos que pretenden defender.
La experiencia me dice que la inteligencia y la racionalidad no son siempre suficientes. A veces, simplemente hay que ser razonables. En un mundo tan interdependiente como el nuestro, en donde el capital tecnológico de la humanidad ha multiplicado sus potencialidades, el riesgo no es un reblandecimiento progresivo de nuestro cerebro colectivo, ni la caída de la racionalidad instrumental. El riesgo es la incapacidad de comunicarnos para resolver problemas, de hacer renuncias razonables para que el futuro no sea una “escabechina”, un inmenso matadero de seres humanos y de sus derechos.
La pregunta que debemos hacernos es, por lo tanto, que factores llevan en el orden mundial y local al debilitamiento de la comunicabilidad razonable. Aquí, inmediatamente, nos enfrentaremos a dos factores interconectados de gran importancia. Por un lado, la magnitud de las partes involucradas, el tamaño de las poblaciones, impide toda comunicación directa, de lo cual colegimos un elemento clave: en estas condiciones no son las sociedades ni las personas las que se comunican entre sí. Por otro lado, el poder. Más precisamente, esa constitución del poder en la cual se presenta como saber legítimo, es decir, como inteligencia y razón prácticas con pretensión de incontestabilidad. Reunidos, estos dos factores determinan que, en realidad, las sociedades humanas no se comunican entre sí sino en la resultante de la influencia y poder de los sectores dominantes.
Dicho así, es casi como descubrir que el fuego quema si lo tocamos, pero es que, increíblemente, cuando hablamos de grandes organizaciones (estados, sindicatos, partidos políticos, corporaciones económicas, regiones del mundo y demás) solemos olvidarlo y damos características antropomórficas, singularmente en las capacidades de comunicación, a entidades conformadas por seres humanos, pero que no son en sí mismas seres humanos. Nada hay más difícil para el sociólogo que explicar a los demás que la sociedad a la que pertenecen no sólo es constituida por ellos, sino que los constituyen.
En líneas generales, la relación entre extensión social y poder es problemática: no necesariamente una mayor extensión social supone una mayor concentración del poder, ni mucho menos supone un  incremento en la comunicabilidad entre poderosos. Es tragicómico ver cómo, en la actualidad, en Europa y los Estados Unidos los comportamientos políticos son casi infantiles, en el sentido de que las comunicaciones recíprocas son débiles de contenido. En los Estados Unidos, por ejemplo, ha renacido con el Tea Party la política parlamentaria de la no-comunicación, donde los sectores confrontados deben lidiar con un interlocutor que no confronta, sino que expresa su posición y luego se retira a rezar esperando que dios le de la victoria sobre sus enemigos. En Europa, por otra parte, el poder de ciertos países quiere imponer a sus amados socios más débiles políticas económicas que han causado estragos sociales en varias regiones del mundo (incluyendo nuestra sorprendentemente bien posicionada América Latina). No hay debate. Algunos funcionarios del gobierno alemán han llegado a proponer que la comunidad económica europea ocupe las funciones soberanas del estado griego (y eventualmente lo harían del irlandés, del portugués, del italiano y del español –de toda la zona euro, excepto de Alemania y quizá Francia (mientras Francia hace las cosas bien)–. ¿Para qué se plantea esta intromisión? Para esquivar el retraso impuesto por la comunicación que supone escuchar la resistencia y los reclamos del pueblo griego, que no quiere que sus hijos comiencen a pasar penurias para que al estado griego (o al alemán, o a Europa) les cierren las cuentas.    
Ciertamente, si una ocupación  de este tipo se produjera, estaríamos tentados a aplaudir, porque se trataría de una perfecta victoria militar, ya que el vencedor ni presentaría batalla, ni mataría un solo adversario, ni arrasaría la capacidad productiva del territorio conquistado, sino que limpiamente ganaría el derecho de imponer sus propios principios jurídicos y económicos. Las únicas renuncias son tonterías: soberanía, democracia, derechos humanos, civiles económicos y culturales. Todo ello es posible porque existe un contexto: la crisis económica.
Desde el tercer mundo haríamos el siguiente llamado a la reflexión: pueblos europeos, norteamericanos queridos: ustedes ya no se acuerdan lo que significa una verdadera crisis económica, esas que producen hambrunas y guerras globales. La crisis actual no es una crisis por la carestía de alimentos y otros insumos básicos, sino una crisis de expectativas de ganancias, en donde el capital financiero o productivo, aterrorizado, no sabe a dónde huir para mantener la tasa de ganancia, es el proceso de la crisis de sobreproducción. ¿Y cuál es la respuesta? Disminuir el alcance del único (y defectuoso) instrumento con el que cuentan las sociedades para enfrentar estas crisis: el estado empresario, que invierte a pérdida para mantener la actividad económica, llenando el impasse hasta que el reacomodamiento de las fuerzas productivas genera una reacción económica (que, digámoslo también, nadie puede asegurar que efectivamente llegará). Esta crisis no es una crisis de la economía de los pueblos, es una crisis de los poderosos que los dominan, que intentarán por todos los medios transferir las pérdidas a la población.
Indignados en España, huelgas en Italia, manifestaciones multitudinarias en Israel (de siete millones de habitantes se han movilizado cuatrocientos mil recientemente en las principales ciudades israelíes: la proporción relativa de movilizados es impactante, pues implica que uno de cada dieciocho ciudadanos has salido a contestar el rumbo elegido por su gobierno), ¿cómo podría esta situación  ser sorprendente? Los “pueblos” en las democracias contemporáneas tienen menos posibilidades de comunicarse con  los sectores del poder que la plebe romana ante la aristocracia gobernante.
Y los sectores dominantes no escuchan, no quieren escuchar, porque están aterrados: los altos cargos gubernamentales están aterrados porque temen perder sus cuotas de poder interna, temen que los alcancen los recortes presupuestarios, temen ser reemplazados por jóvenes, ambiciosos y austeros funcionarios; más aterrados todavía están los directivos de las grandes empresas y corporaciones, que no encuentran espacios productivos o especulativos para desarrollar las ganancias, y temen igualmente la reducción de los mercados de bienes y servicios.
Se nos comunican cosas que no nos deberían interesar en lo más mínimo. Se suele criticar que las masas están narcotizadas por los canales deportivos, pero los canales de noticias permanentemente bombardean con información financiera que sólo puede importar realmente a los poseedores de valores y divisas, es decir, a los sectores sociales más próximos al poder. En ningún lado se abren las alas democráticas para preguntar: ¿cuál es la mejor manera de superar esta crisis sin empeorar las condiciones de vida de la gente?
No es que falte información, no es que no haya canales de comunicación, sino que el miedo nos empuja lentamente a la comunicación poco razonable, a perder de vista la naturaleza social de los problemas económicos y políticos, y a confundir competidores y adversarios con enemigos.
El resultado de estos procesos reunidos es que perdemos imperceptiblemente, pero con firme progresión, la capacidad de comunicarnos razonablemente y, con esta pérdida, comenzamos también a perder la perspectiva y la memoria.
En épocas más felices de ingenuidad sociológica podríamos imaginarnos en la antesala de la realización de la utopía: la hora de los pueblos, la crisis terminal del capitalismo, el imperio de la razón universal después del caos, los huesos resecos que se levantan para formar una gran nación de hermanos y hermanas. Menos optimistas, podemos creernos más bien en la antesala de un nuevo período de sinrazón y estupidez globales, en donde una mala paz ya no parezca tanto mejor que una buena guerra, en donde la miseria creciente sea un campo de oportunidades económicas, en donde los derechos sigan siendo importantes, pero los seres humanos no.
Y nadie está a salvo, nadie puede tener la seguridad de que este proceso no terminará por afectarlo. Incluso si tal seguridad llegara a existir, en sociedades “blindadas” contra la crisis global (como se escucha por estas pampas, ante la clásica pasividad egoísta de muestras clases medias, que hasta hace un par de años imperaba también en los países centrales) nadie debería sentirse feliz por esta seguridad, que se contrastaría contra el sufrimiento de millones de personas.
En este panorama, muchos “líderes” políticos parecen cada vez más ciegos e idiotas. No lo son. Sólo tienen menos capacidad de maniobra, y menos poder. La crisis, en la que la neurosis reduce la razonabilidad de los actores económicos, reduce los elementos y los medios para el debate y la búsqueda de soluciones: la ley del mercado termina por imponer la ley del más fuerte, incluso cuando este cumplimiento debilita al más fuerte.
No obstante, en algunos lugares los líderes parecen bastante imbéciles de todas formas: obstinados y ajenos a la realidad social. Tampoco lo son en este caso: sólo ocurre que están cooptados por las corporaciones que les dan sustento político o están acorralados por el desarrollo de los acontecimientos: muchos líderes tradicionales de los países árabes, juzgados, amenazados, sancionados y perseguidos (al margen de que lo merezcan o no) podrían atestiguarlo.
En otros lados, la imbecilidad aparente se consuma y se consume en aires de victoria y prepotencia: el gobierno israelí, jaqueado por su propia población, acusa a las autoridades palestinas de renunciar a las negociaciones directas (que a la vez rechaza mientras todas las facciones palestinas no asuman determinadas posiciones que le parecen básicas) y debilita sus relaciones con sus hasta ayer aliados regionales. Ni siquiera parece capaz de aprovechar la tremenda debilidad de su principal adversario próximo, que era Siria después de la destrucción de Irak, y sus admoniciones contra Irán van cayendo en saco roto, porque los países centrales tienen ahora otras preocupaciones, más inmediatas y reales, que el peligro nuclear iraní o el islamo-fascismo, una caracterización que se va desmoronando con las rebeliones populares en el mundo árabe, aunque ni Cristo, Buda o Shaitán podrían decir en qué va a terminar este proceso.
En China o Rusia, cuyo crecimiento económico depende actualmente de su relación con occidente, la expectativa es ambigua. Reina también el temor por la recesión mundial, porque a fin de cuentas sus ganancias mercantiles son tan capitalistas como las de Wall Street o Frankfurt, pero sus fuertes cuadros políticos-estatales se relamen ante la debilidad de los clásicos adversarios.   
Cuando el hambre se recrudece en África, cuando las crisis humanitarias y sociales se multiplican, la ONU vuelve a fallar miserablemente. Siento un gran respeto internacionalista por la idea de comunicación global que encarna esta organización, pero no parece una gran sorpresa decir que es probablemente la organización más orientada al fracaso de todos los actores globales. Sólo su antecesora, la Liga de las Naciones (todavía en un mundo dibujado por el lápiz del imperialismo) fracasó más miserablemente en sus objetivos al no poder impedir la segunda guerra mundial.
La debilidad de la ONU me parece alarmante como síntoma, porque es, en esencia, un espacio de comunicación. Pero no podemos sorprendernos, si ni el parlamento europeo parece estar sirviendo de mucho que digamos y hasta la larga y fructífera tradición parlamentaria estadounidense está en problemas evidentes (además de los no tan evidentes problemas de siempre).
En resumen, sin comunicación, sin voluntad de entendimiento recíproco, sin espacio para la renuncia consensuada de intereses propios en función de un menor mal futuro para muchos (nunca es correcto escribir aquí “todos”, porque de la guerra y del exterminio también unos cuantos se benefician), sin estas expectativas, la razón será únicamente razón instrumental, acordada según objetivos inmediatos y la inteligencia solamente razón operativa, razón para ganar una guerra y no para construir una paz diferente.
Hay quienes creen que es momento de abrir el paraguas. La idea quizá no es mala... a menos que el paraguas nos impida ver en donde están los botes salvavidas. Porque eso que nos salpica no es lluvia, es salado como las lágrimas, es lo que se desprende de las olas que golpean cada vez con más fuerza contra los costados de nuestro lujoso transatlántico.